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Votar sin cabeza, votar por el halo

Estas semanas estamos siendo bombardeados (y vamos a seguir estándolo) por constantes análisis de quién gana o pierde los debates electorales y cómo ello puede abrir o cerrar las puertas de la Moncloa a estos candidatos. El foco en estos eventos nos puede parecer esperanzador para la calidad de nuestra democracia, pero al mirar detenidamente observaremos que gran parte de lo que se analiza no es precisamente la calidad de los argumentos. Hay más, mucho más… La batalla no se juega en los programas electorales, se juega en nuestras mentes, se juega en el efecto halo.

Halo

Éste consiste en cómo la valoración de un aspecto concreto de una persona o cosa nos afecta a la hora de juzgar otros aspectos del mismo. Por ejemplo, si un teléfono móvil es bonito, al juzgar su rendimiento es más probable que nos parezca mejor que uno más feo. ¿Se aplica este efecto sólo a la belleza o al atractivo? No, es aplicable a tantas características positivas como pensemos, pero en casi todos los estudios se demuestra que el atractivo es el factor que más se extiende a otras áreas de nuestras opiniones. A lo largo de este artículo vamos a hacer un repaso sobre este concepto en distintas facetas de nuestra vida y después pasaremos a centrarnos en su uso en la política.

El primero en estudiar este fenómeno tan frecuente fue uno de los pesos pesados de la Psicología clásica, Edward Thorndike. Aunque este psicólogo norteamericano es más conocido por la Ley del Efecto (que sentaría las bases del Conductismo y el reforzamiento), también describió este “error constante en la calificación psicológica” cuando pidió a oficiales del ejército que valoraran a soldados según su físico, liderazgo, carácter, etc. Encontró que los soldados más agraciados eran constantemente mejor valorados como líderes, habilidosos o capaces que los que tenían una peor apariencia.

A la vista de lo anterior, puede que tenga sentido decir que somos esclavos de las apariencias, y que somos muy superficiales. Que vivamos en una cultura de la imagen en la que su influencia sea cada vez mayor puede significar dos cosas: o bien que somos mucho más irracionales de lo que pensamos y nos dejamos llevar por estos sesgos, prejuicios y tópicos; o bien que racionalmente pensamos que las personas más atractivas o cuidadas son más válidas. Creo que todos coincidiremos en que preferimos que sea por lo primero.

Pensándolo objetivamente, todos estaremos de acuerdo en que esto no debería pasar. No deberíamos contratar a una persona porque nos guste sino por sus aptitudes para la labor que buscamos cubrir. No deberíamos creer que una persona es inocente de un delito porque tenga cara de buena persona y, por último pero no menos importante, no deberíamos votar o dejar de votar a un candidato porque nos parezca más o menos atractivo, formal o desaliñado.

Pensemos en el contexto de una entrevista de trabajo… ¿Cuál es el atuendo apropiado para esa tensa situación? La mayoría contestará rápido: “Elegante, pero sin pasarse”. ¿Acaso la ropa que llevemos puede reflejar nuestra aptitud para el empleo que queremos conseguir? ¿Dice nuestra chaqueta si dominamos más o menos el programa de contabilidad que utiliza la empresa a la que optamos? ¿Dice nuestra falda el dominio de los conocimientos de Derecho que necesitaremos en ese bufete? La respuesta es un claro no. Dar una buena imagen es deseable socialmente, y cobra más sentido en nuestros grupos de familia o amigos, pero ¿por qué queremos gustar a alguien desconocido como un entrevistador? Porque es más fácil que la gente haga lo que queremos si les resultamos atractivos, si les caemos bien o si se identifican con nosotros. Sin darnos cuenta, intentamos continuamente explotar este efecto.

Desde la acuñación del efecto halo por Thorndike ha habido una marabunta de investigaciones para medir este fenómeno, desde nuestro ya conocido Solomon Asch, hasta el reciente y llamativo estudio llamado Dress Nicer = Know More? Young Children’s Knowledge Attribution and Selective Learning Based on How Others Dress (¿Vestir mejor = saber más? La atribución de conocimiento y aprendizaje selectivo de niños pequeños en función de cómo visten los demás). En éste, la investigadora Kyla McDonald, presentaba fotos de ocho mujeres a dos grupos de niños de entre cuatro y seis años. Estas mujeres tenían varias fotos cada una, la mitad vestidas de forma casual (camiseta y vaqueros) y la otra mitad con camisa y chaqueta. Las fotos se presentaban en orden aleatorio y todas tenían un nivel de atractivo físico similar. La investigadora de la Universidad de Ryerson les preguntaba sobre quiénes sabían más sobre cualquier tema y a quién solicitarían ayuda. Coherentemente con estudios previos, encontró que los pequeños identificaban como personas más sabias a las que iban vestidas de manera más formal, y que incluso les pedirían ayuda para entender algo nuevo antes que a las vestidas de forma más casual.

Resultados similares se han encontrado a la hora de pedir a adultos que señalaran a la persona más fiable (en el sentido de confianza), profesional y amable de entre dos opciones que se presentaban a la vez, disponiendo de poco más de un segundo para responder. De nuevo, el efecto halo hacía de las suyas, y las más atractivas eran consideradas mejores en casi todos los aspectos de forma instintiva.

Como dijimos al inicio, estos efectos no se aplican exclusivamente a las personas. En los últimos años, un gran número de estas investigaciones están focalizadas al sector empresarial, desde el cual se invierten millones en encontrar la más mínima pista que lleve a aumentar los beneficios. Ya lo vimos en la fiebre por los mensajes subliminales, que llegaron a ser prohibidos en Estados Unidos, y se extiende al concepto de marca. Una marca no hace que un producto sea necesariamente mejor. La mayoría de empresas, conscientes de que pueden incrementar sus ventas sin mejorar excesivamente sus productos o que aún teniendo uno mejor que el rival venden menos, se han puesto manos a la obra. Un smartphone puede tener un diseño genial pero ser problemático en su rendimiento. Un coche puede resultar atractivo visualmente pero no ser nada práctico o seguro. Ejemplos así tenemos para todos los productos. Al comprar, nos dejamos llevar mucho más por lo que la marca significa para nosotros que el modelo en sí (y sus prestaciones). En parte por ello, los anuncios han dejado de centrarse tanto en las características del objeto que venden y han pasado a hacerse más abstractos, asociándolas con un estilo de vida atractivo, sociable, triunfador…

Halo 2

Hasta ahora nos puede parecer que no es demasiado importante, pero si pensamos que su influencia también se ha encontrado en contextos como en el de un jurado que decide sobre la culpabilidad o inocencia de un acusado puede que ya no nos haga tanta gracia. En el lado contrario, puede que muchos recuerden el caso de un preso de EEUU que se hizo mundialmente famoso por su belleza en la foto de archivo, y que, pese a ser detenido por poseer numerosas armas ilegales de gran calibre, comenzó a recibir muestras de apoyo y “amor” sólo por el hecho de ser físicamente atractivo. Al poco, el “preso guapo” no sólo recibía atención mediática, sino que una agencia de modelos llegó a ofrecerle un contrato millonario. Reinserción de la buena… Por suerte, en nuestro país no se recurre tan frecuentemente a personas sin conocimientos legales (como lo son los miembros de un jurado) que pueden dejarse llevar en mayor medida por estos sesgos. Y menos mal, si no que Zoolander nos coja confesados.

Volviendo al principio (y sin alejarnos demasiado de los procesos judiciales), en política la imagen y el efecto halo pesan tanto como en el resto de ámbitos de nuestra vida y, como en el caso anterior, es particularmente peligroso que así sea. Los sucesivos debates electorales a los que estamos asistiendo nos están brindando una oportunidad de oro para contemplar el funcionamiento de este sesgo. Llegados a este punto, que quede claro que quien espere encontrar aquí una preferencia o deriva política puede esperar sentado. Sin embargo, sólo hay que reparar en el enorme séquito de asesores de imagen que tienen nuestros políticos para darnos cuenta de que debe ser importante. El fragmento de debajo, de la película Destino Oculto (The Adjustment Bureau, 2011), ilustra muy bien el énfasis que los especialistas en campañas electorales ponen en cada detalle para hacer que sus candidaturas lleguen a buen puerto. Desde la ropa, los gestos… todo debe ir imbuido de una espontaneidad que atribuyamos (erróneamente) a esos mismos candidatos, cuando en realidad es todo lo contrario. ¿Cómo les afectan estos factores a los nuestros?

Si bien, éste no es un campo de estudio muy prolífico en un país como el nuestro, de tan poca historia democrática, en países como EEUU es el pan de cada cuatro años. Ahora, tan cerca del día decisivo, pudimos observar en el debate retransmitido por A3Media que los participantes tenían un lenguaje corporal muy poco espontáneo (sin gestos bruscos, sin girar demasiado la cara de la vista de las cámaras…) y controlado. De nuevo, sus asesores les impusieron los criterios que debían transmitir a los telespectadores, con resultados más o menos acertados, según medios como Infolibre o El País. De momento, los análisis de estos “expertos” son lo más concreto que tenemos al respecto en nuestro país, pero la mayoría no son psicólogos. Por ello, el estudio de aspectos como el lenguaje corporal está más cerca de la comunicación política o del coaching, que de la Psicología, por lo que hay que permanecer algo escépticos acerca de sus conclusiones sobre su efecto en nosotros. Los análisis más prudentes y con los pies en la tierra, como los de la Liga de Investigadores en Comunicación, son más recomendables.

Pongamos un ejemplo. Judi James es una de las personas más famosas, sobretodo en el Reino Unido, por dedicarse al análisis de lenguaje corporal, tanto aplicado al contexto político de su país como a la edición inglesa de Gran Hermano llegando, incluso, a poseer un programa propio. En uno de sus libros, “La biblia del lenguaje corporal” (Paidós, 2010, que incluyen en su colección de “Psicología”), afirma que “Estas señales (corporales) pueden ser las responsables del éxito o del fracaso en cualquier aspecto de su carrera profesional o de su vida social y sexual”. En sus abundantes libros realiza mucho hincapié en la importancia de modular nuestro lenguaje corporal para enviar las señales adecuadas a nuestro interlocutor, o público, y así conseguir nuestros fines. Toma como ejemplo la elección habitual de ropa gastada de Carlos de Inglaterra o la conducta no verbal de Lady Di. Dada la elección de estos dos personajes, más cubiertos por la prensa rosa que por medios centrados en política, nos haremos cargo de la poca seriedad que puede tener este campo. Además, James no es psicóloga, y sus libros se acercan peligrosamente a lo que podría considerarse autoayuda. Este ejemplo nos sirve para ilustrar lo cuidadosos que tenemos que ser a la hora de dotar de credibilidad a esta clase de análisis, totalmente subjetivos. Existe, sin embargo, una excepción; el análisis de conductas no verbales a nivel fisiológico (como sudar, temblar, ruborizarse…) aplicado, sobretodo, al análisis de la mentira, y que sí goza de un respaldo académico más abundante a sus espaldas.

Sin embargo, el efecto halo sí ha sido muy estudiado. Hay una cosa clara, mientras que Albert Rivera y Pedro Sánchez son ampliamente descritos como atractivos, seguros, educados y formales en todos los espectros de edad, la apariencia de Iglesias le resta poder de convicción, en lo referente a este sesgo. El mismo Sánchez ha llegado a usar explícitamente este hecho para atacar a Iglesias, a lo que éste contraatacó dándole la vuelta. Por supuesto, esto también afecta negativamente a Rajoy, mucho mayor que los otros candidatos, que podría dar la imagen de descartable para satisfacer las demandas de regeneración democrática de buena parte de la población. Esto, en la práctica, hace que públicos más amplios puedan identificarse con las propuestas de los candidatos del PSOE y Ciudadanos, que con los líderes de Podemos o del PP, a los que puede penalizarles el efecto halo. Probablemente, Iglesias también se beneficie de su imagen de persona normal y corriente, pero la parte de la sociedad que es receptiva a esas interpretaciones puede no ser tan amplia como la del resto. En cualquier caso, falta mucho camino por delante para saber cómo nos afectan exactamente las estrategias de imagen de los políticos, y de momento, parece que tendremos que contentarnos con estar seguros de que lo hacen.

Halo urnas

Por una vez, voy a dejar de hablaros de análisis o experimentos que otros han realizado y os voy a pedir que hagáis uno vosotros. En una situación con un 35% de votantes indecisos, a pocos días de la elecciones, han surgido en Internet varios cuestionarios online que nos permiten comparar fácilmente nuestras ideas sobre temas como el paro, la inmigración o la sanidad con las distintas propuestas de los partidos que optan a las elecciones. Uno de los que más éxito está teniendo es Qvoto. No tarda en rellenarse más de cinco minutos y al final nos da nuestro grado de acuerdo con los distintos programas de los partidos políticos que concurren a las elecciones generales. Como mínimo, os echaréis unas risas comparando los resultados con vuestros amigos y familiares. Con algo de suerte puede que incluso descubramos que nos dejamos guiar mucho más de lo que pensábamos por nuestros prejuicios y empecemos a ser más críticos y objetivos de ahora en adelante. Salga el partido que salga, de izquierda o derecha y decidáis lo que decidáis, puede que después de obtener los resultados descubramos que votar es algo demasiado importante como para dejar que sesgos, como el efecto halo, voten por nosotros.

Sobre Alfonso Muñoz

Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Es además Experto Universitario en análisis del terrorismo yihadista, insurgencia y movimientos radicales.

1 Interacción

  1. 17/12/2015

    […] Votar sin cabeza, votar por el halo […]

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