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Visión ciega

¿Qué es eso de “visión ciega”? ¿No es contradictorio? El siguiente es uno de tantos casos donde los científicos no supieron bien cómo reaccionar ante un descubrimiento que negaba algo, tan asumido por la sociedad, como que “los ciegos no ven”. Veámoslo (nunca mejor dicho).

Retrocedamos la friolera de casi cincuenta años. Mientras Franco aún poblaba estas tierras, a miles de kilómetros de distancia, en Cambridge (Inglaterra), Helen es sometida a una operación para extraerle gran parte de su corteza visual, una sección del cerebro. Como podemos suponer por el nombre de la zona intervenida, esto altera enormemente su capacidad para ver, dejándola ciega. Antes de seguir, tenemos que aclarar que Helen, pese a su nombre, no es una persona sino un mono rhesus, que no salió precisamente satisfecha de su visita al médico.

Incluso con su ceguera, comprobada por los investigadores, Helen reaccionaba a estímulos visuales e incluso cerraba los ojos cuando le acercaban objetos a los mismos. Esto puso en guardia a los científicos, ¿no habían extraído bien toda la corteza visual primaria? ¿Cómo era posible que respondiera a lo que tenía delante sin ver? La confusión aumentó aún más cuando Helen, durante los ocho años que la estudiaron, llevaba a cabo puzles visuales… sin poder verlos. Durante los años posteriores, siguiendo esta línea de investigación mostraron que el sistema visual, uno de los más complejos de la evolución, tiraba por la ventana la idea de “ceguera” como fenómeno único y unitario. Así, Helen se convirtió en uno de esos casos, como el pequeño Albert o Phineas Gage, que marcaron un antes y un después en la forma de entender el cerebro y su complejidad.

Del mono al (super)hombre

Si has leído hasta aquí puede que te haya venido a la mente el personaje de cómic Daredevil, un superhéroe al que ser ciego no le impide dar hostias como panes. Hace poco, el personaje se ha vuelto a poner de moda y este mismo agosto pasado has podido verlo combinando el bastón y las gafas de sol con las artes marciales. Como además de gustarme, puede hacer más amena la lectura de un artículo con vías y zonas cerebrales, vamos a hacer que nos acompañe el resto del viaje.

Hemos de aclarar que la mejora de la investigación ha permitido una puntualización muy importante: la ceguera es la pérdida de visión, pero puede ser causada por daños en distintas zonas. Dependiendo del dónde podemos distinguir daños están en los órganos sensoriales (ojos), en los nervios que llevan sus señales, o en las zonas del cerebro que las interpretan y dan sentido. En este último caso hablamos de la ceguera cortical, que es la que los científicos produjeron en Helen para poder estudiar sus efectos (tranquilos, las operaciones “para ver qué pasa” ya no están permitidas).

Volviendo al tema, se han encontrado bastantes ejemplos de personas ciegas (corticales) con visión ciega, muy parecida a la de los simios en laboratorio. La mayor ventaja que tiene el estudio de este fenómeno en humanos es que traen la ceguera de casa, por lo que los científicos no tuvieron que poner la ética a prueba a golpe de bisturí para encontrar respuesta a sus preguntas. Además, éstas pueden usar el lenguaje para solventar dudas que los otros primates no pueden responder.

Enfermedades del sistema visual (Manual de diagnóstico CIE-10) clasificadas según el lugar afectado, ¿no resulta un poco absurda la idea unitaria de ceguera que solemos tener? (Fuente: Wikicommons)

Gracias a personas como Daniel (nombre falso para proteger su identidad; en la literatura científica es conocido como “D.B.”), un chico de Londres al que una operación a cerebro descubierto dejó ciego de la parte izquierda de su campo visual, pudo corroborarse que los sujetos que tienen visión ciega dicen no ver nada y creen que es así. Sin embargo, a pesar de que Daniel no podía ver nada que le llegara desde la mitad izquierda de su campo visual, al pedirle su médico que le agarrara la mano (situada en esta dicha parte “oculta” de su campo visual), acertaba al hacerlo. Esto dejó al médico patidifuso, sabiendo que con los daños que tenía en el cerebro no debería poder hacerlo por lo que, tras investigar un poco, se puso en contacto con los psicólogos especialistas en el tema que, un tiempo más tarde, acuñaron el término “visión ciega” (blindsight): Elizabeth Warrington y Lawrence Weiskrantz.

Los tests visuales que hicieron a Daniel sirven para explicar mejor la naturaleza de la visión ciega. En estos, se le ponía enfrente una pantalla donde aparecía un círculo de luz en diferentes posiciones y le pedían que lo señalara. Daniel, lógicamente, decía que no lo podía ver pero le pidieron que probara igualmente. En otro test, se le pedía que dijera si la línea que le mostraba la pantalla cada vez era horizontal o vertical. Al final del experimento, Daniel, que decía no haber visto uno solo de los estímulos había acertado más del 80 %, mucho más de lo que es normal acertar por azar. Con pruebas diseñadas así zanjamos la posibilidad de que dichas personas se apoyaran en el resto de sentidos “mejorados” para suplir la carencia de visión, algo muy estudiado en las últimas décadas pero que no se aplica en el campo de la visión ciega.

¿Ojos que no ven, corazón que no siente?

Pero Daniel, o D.B., ha tenido una vida muy prolífica colaborando con la ciencia, ya que gracias a él y a otro paciente (al que “cariñosamente” llamaron G.Y.), colaboradores de Weiskrantz como Marco Tamietto y Beatrice de Delger encontraron un fenómeno relacionado: la llamada “visión ciega afectiva” (affective blindsight).

En este caso, a ambos participantes se les presentaban sucesivamente caras felices o con expresión de miedo, así como cuerpos con posturas de alegría o miedo. No debió sorprender tanto a los investigadores, que ya conocían de cerca el caso de Daniel, lo que pasó a continuación. Tanto D.B. como su compañero reaccionaron como lo haría cualquier persona que viera de forma normal: responder automáticamente a las expresiones de alegría con gestos casi imperceptibles de alegría y, al contrario, cuando las que les mostraban implicaban miedo. Esto se llama “contagio emocional” y es común a muchas especies de mamíferos, la mayoría de las cuales, como la nuestra, vive en comunidad. Esta capacidad de reconocer emociones de los semejantes y reaccionar instantáneamente a ellas ha sido algo muy positivo durante nuestra evolución.

Posturas y caras que responden a emociones de “miedo” y “felicidad”  del experimento de “visión ciega afectiva” y a las que los sujetos con visión ciega responden sin saberlo.

Además de reflejar las expresiones faciales y corporales que “no podían ver”, al pedirles que las categorizaran como “felices” o “temerosas” lo hicieron con un acierto que rondaba el 90 % en el caso de Daniel, y un 80 % en G.Y.

En otro experimento, con una persona con visión ciega que andaba con bastón como cualquier invidente, le pidieron que lo dejara y que andara por un pasillo con muebles que obstaculizaban el paso. Poco a poco, dicho participante pudo ir esquivando dichos obstáculos sin siquiera saber que lo hacía (puedes descargar en vídeo dicha prueba aquí). Como apunte, Helen también pasaba con éxito la prueba del pasillo. No veía, pero simplemente sabía dónde estaban los obstáculos. Como Daredevil, que no ve dónde están los malos, pero “los siente”, por lo que está claro que la información les llega de una u otra forma, aunque no sea conscientemente.

Anatomía de la visión ciega

La comunidad científica cogió con pinzas la afirmación de Weiskrantz de que la visión ciega existía, por lo que muchos se lanzaron a experimentar para intentar arrojar algo de luz. Décadas más tarde, tenemos abundante evidencia de que hay un enorme abanico de cegueras, según la parte del circuito visual que se dañe, algo que comentamos antes con el concepto de “ceguera cortical”.

Un caso de persona a la que se le dañan los ojos, o nace con ceguera que afecta a sus vías neuronales no es igual a alguien como Daniel, con los ojos en perfecto estado pero con la mitad de su corteza visual primaria (la de uno de sus hemisferios cerebrales) dañada. Y ya si te cae un producto radiactivo en los ojos y tienes la suerte de ser un personaje de viñetas, puedes incluso acabar con superpoderes… Aunque no recomendamos probarlo en casa.

Sistema visual en humanos simplificado. Las zonas más importantes del mismo en cuanto a visión ciega son la corteza visual primaria (V1) y el núcleo geniculado lateral (NGL) (Fuente: elaboración propia)

La función principal de la corteza visual primaria (también llamada V1) es ser un “mapa” de lo que ven nuestros ojos. Desde el ojo hasta ésta V1, la zona cerebral con un papel más marcado en visión ciega de todo el sistema visual, hay un trecho. Las señales visuales tienen que ir desde el ojo por el nervio óptico, pasando por varias “estaciones de repetición” que siguen moviendo las señales, como el quiasma óptico o el tálamo, hasta la V1. Ésta, a su vez, las reenvía a zonas especializadas en aspectos concretos de nuestra visión como el color, movimiento, figuras, caras, etc.  Aunque conocemos más de cuarenta partes del cerebro humano que participan en la visión de una u otra forma, es precisamente la lesión en V1 la que se encuentra en quienes ven de forma inconsciente. Estas pinceladas ayudan a hacer ver por qué es absurda la idea de la ceguera como unitaria cuando hay tantas variables en juego.

¿Quieres saber algo más de los trastornos del sistema visual? Clica aquí

Pero, si tienen dañada la corteza visual primaria, ¿cómo pueden ver? Aquí es donde entramos en conjeturas, ya que hay varias hipótesis. Según algunos investigadores, aunque se haya eliminado la mayoría de la corteza visual primaria, puede quedar parte de ella, lo suficiente para que haya visión, aunque no sea consciente. Otros acuden a una respuesta más evolutiva, ya que defienden que en el interior de todo mamífero coexisten dos vías de la visión complementarias; la más reciente y desarrollada, de la que forma parte dicha V1 lesionada, y otra más primitiva y similar a la de ancestros comunes (como reptiles, anfibios o peces) que seguiría dándonos información visual aunque no seamos conscientes de ello, como si de un sistema de respaldo se tratase.

Dada la enorme complejidad del cerebro y del sistema visual en particular, aún no se sabe a ciencia cierta cuáles de sus partes corresponden a una u otra vía, aunque cada vez hay más señales que apuntan a una parte concreta del circuito visual, el núcleo geniculado lateral (NGL), como artífice de la visión ciega.

El NGL es parte de esa “estación de repetición” de la señal, como la llamamos antes, que es el tálamo. El tálamo interviene prácticamente en todo lo que pasa en el cerebro, como si fuera las operadoras de antaño. “¿No es redundante entonces que haya dos zonas con un papel similar?” podríamos pensar, dado lo parecidas que pueden ser V1 y NGL, visto lo visto.

Aunque no haya nada definitivo aún, ya que la neurociencia avanza día a día, al NGL le falta algo muy importante que la distingue de la V1: la consciencia de poder ver. Ya el concepto de consciencia sigue siendo un mundo por descubrir y objeto de debate con palos e ira en el mundo de la psicología y neurociencia. Sea como fuere, es algo importantísimo para todos nosotros. ¿De qué sirve ver si no se es consciente de ello? Puede servirnos para esquivar el pelotazo de turno en la playa, pero las personas con visión ciega siguen viviendo una realidad muy desmejorada con respecto a personas con visión normal. A efectos prácticos estas personas necesitan la ayuda que toda persona ciega, ya que, al no tener visión consciente, no se fían de andar por la calle sin bastón y acompañados ni de que pudiesen transitar lo suficientemente bien. Al fin y al cabo, reaccionar a unos pocos tipos de estímulos en laboratorio es más simple que ir por la calle y estar pendiente de otros transeúntes, semáforos, bordillos, coches…

Hacer que mejoren su visión ciega o conseguir métodos alternativos de visión consciente es una de las líneas de investigación más importantes ahora para mejorar sus vidas. Por mucho que Daredevil pueda llevar la justicia a su barrio, seguro que preferiría poder andar por ahí sin bastón… y Helen y nuestros anónimos pacientes también.

Sobre Alfonso Muñoz

Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Es además Experto Universitario en análisis del terrorismo yihadista, insurgencia y movimientos radicales.

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