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La vida en un instante

Es conocido el mantra de que la vida vuela, que pasa en un suspiro, o que es equiparable a un instante. Los mayores advierten a los jóvenes, generación tras generación, incansable pero vanamente, de cuán grande es su potencial, que el tiempo vuela y que vida sólo hay una. Pero, ¿a qué se debe esto? ¿Por qué una especie animal capaz de reprimir sus instintos básicos, superar su determinismo genético y soñar con el conocimiento del Universo, no aprende de un error tan repetido y básico, como el desperdicio de la juventud? ¿Y qué tiene que ver la vida con la relatividad?

La película Interstellar (2014) fue una buena ejemplificación cinematográfica de cómo funciona la relatividad y sus potenciales consecuencias. El concepto de relatividad viene a decirnos que el tiempo y el espacio se describen de manera diferente dependiendo del sistema de referencia; dado que no hay un sistema de referencia universal, todo es relativo. En la misma película vemos el espacio tiempo dilatarse y contraerse, experimentándose de diferente manera para la pequeña Murph y su padre, Cooper.

La relatividad no es sólo un concepto físico o una entrada en el diccionario, puede ayudar también a explicar por qué la juventud no valora su tiempo, y por qué la adultez añora tanto la juventud. En el libro “Por qué <<el tiempo vuela>> cuando nos hacemos mayores” (Draaisma, 2006) exploran el problema haciendo uso de investigaciones sobre la memoria hechas durante el último siglo, así como de diversas ideas a nivel explicativo y estético.

Todos recordamos los largos meses de verano de la infancia, cuando viajábamos con nuestros padres, íbamos a la piscina o a la playa con la sombrilla y las sillas plegables, y toda la familia alrededor: tíos, primos, el cuñado de, la tita Paqui y la abuela Encarni. Cada día estaba repleto de nuevas experiencias, aprendíamos y nos divertíamos a la vez, y cada historia era una aventura que ayudaba a forjarnos como personas. Parecía, más que nunca, que el tiempo se había detenido y nunca iba a acabar el verano. Nada cambiaría.

Niños disfrutando de su eterno verano (Fuente: google Images)

Niños disfrutando de su eterno verano (Fuente: google Images)

Pero el verano termina. Termina y al siguiente año se repite la experiencia, pero con una diferencia: se hace más corto. Casi imperceptiblemente, caemos en una espiral de la que nunca saldremos. Cada verano será vivido como más breve. El paso del tiempo va cogiendo carrerilla, y terminamos dándonos cuenta, tarde o temprano, de que el tiempo vuela.

Existen muchos factores que pueden afectar a nuestra percepción del tiempo, llegando a provocar auténticas ilusiones perceptivas. El neurocientífico David Eagleman, de la Escuela de Medicina de Baylor en Texas (EEUU), ha investigado cuáles son estos factores. Un ejemplo conocido señala que, a mayor número de eventos, más lento parece pasar el tiempo (Eagleman, 2008). Eso explicaría que, cuanto más jóvenes somos, más lenta parece transcurrir la vida, dado que cada día contenía algo nuevo y excitante. Según crecemos, nuestro cerebro crea patrones de percepción y abstracción que, paulatinamente, hacen menos llamativa la vida cotidiana y el número de eventos que grabamos en nuestra cabeza. A pesar de todo esto, el estado actual de investigación parece arrojar una contradicción: al final de nuestra vida, el tiempo se percibe tan lentamente como al inicio. Los cinco últimos años son equivalentes a los cinco primeros. ¿A qué se debe esto?

Aquí es donde podemos hacer uso de la idea de relatividad: nosotros, como punto de referencia, no somos estáticos tampoco, de forma similar al espacio físico. Somos moldeados por el ambiente, la genética y la interacción de ambas. Al final de nuestra vida la genética dicta que el organismo tienda a ralentizarse. El núcleo supraquiasmático, que trabaja para la regulación del reloj interno, pierde importancia y espacia cada vez más los tic-tacs (Draaisma, p. 322). De esta forma, por una causa fisiológica, experimentamos (psicológicamente) el tiempo más lentamente.

Pero también somos a un nivel psicológico, no sólo fisiológico, variables. Como experimento mental, imaginemos que una persona tiene acceso durante toda su vida, a una pantalla donde puede verse a sí mismo en cada momento de su existencia, tanto pasada como futura. Esta persona, en su infancia, adolescencia, adultez y vejez, contestará a dos preguntas: “¿Cómo te describes? ¿Cómo describes a la persona (tú) que ves en las otras etapas de tu vida?”. Queda claramente reflejada la idea, la definición de uno mismo variará a lo largo del tiempo, al igual que la opinión que tendremos, en cada etapa de nuestra vida, de cómo éramos y seremos. En resumen: la persona para la que sacas fotografías de aquí a veinte años te es totalmente desconocida, no eres tú; tendrá probablemente otras aspiraciones y vivencias que no eres aún capaz de imaginar. El punto de referencia, una vez más, varía.

El núcleo supraquiasmático hace la función de reloj, interno y personal (Fuente: Google Images)

El núcleo supraquiasmático hace la función de reloj, interno y personal (Fuente: Google Images)

Puede uno preguntarse, sin embargo, por qué si esos largos veranos estaban llenos de historias que nos marcaron, el vacío en la memoria es tan grande. Sin duda recordamos más de nuestra adolescencia y adultez temprana que de nuestra infancia. Esto mismo se ha investigado durante años, arrojando principalmente dos potenciales explicaciones no excluyentes. Desde un punto de vista fisiológico, se dice que el cerebro de un niño no está suficientemente desarrollado y, por tanto, aunque quedemos marcados, esos recuerdos quedan aislados, no asociados con el resto, e inaccesibles. La otra idea intenta encontrar una explicación psicológica, esgrimiendo que el “yo” (entendiéndolo como el concepto de sí mismo) o bien no estaría formado o no lo estaría con la suficiente solidez. De esta manera, los recuerdos no tienen un punto de referencia interno al que asociarse.

Estrechamente relacionado con lo anterior, está el estudio de la memoria autobiográfica, clave para entender cómo se experiencia el paso de nuestra vida. Ocurre con frecuencia que, si le preguntas a alguien por alguna memoria de su infancia, sea capaz de evocar nítidamente alguna vivencia desagradable. Una humillación en el colegio, un penalti fallado en el club de fútbol o un comentario desafortunado para un niño en alguna cena familiar. Estas memorias nos acompañarán a lo largo de nuestra vida, encontrándose que incluso personas en la última etapa de su existencia, son todavía capaces de revivir tales experiencias desagradables, paso a paso y con todo lujo de detalles. ¿Por qué se da esto? Una de las explicaciones que intenta arrojar luz y tiene cierta plausibilidad, apunta a la idea de que estas situaciones normalmente entran en contradicción con nuestra idea de nosotros mismos, atacan directamente a la idea del “yo”. Tiende a ser información con un alto nivel de contraste, al ir contra nuestras creencias más elementales, que nos hace sentir profundamente mal, y nos fuerza de una manera u otra a reconsiderar nuestro “yo”. Tales historias desagradables suelen observarse mentalmente de una manera distinta a las agradables: nos vemos desde fuera, distanciandonos de quiénes éramos, e intentando ponernos en el lugar de terceros, imaginando cómo nos veían.

La creación de un “yo” es tan importante en la infancia, que hasta que este no está formado, los recuerdos no tienen tanta estructura, orden y coherencia como cuando no lo está. Es por esto que, aunque nuestro primer recuerdo puede ser de entre los dos y cuatro años, las historias capaces de ser verbalizadas, con principio y final, no comienzan a ser frecuentes hasta los siete años de edad. Antes de eso, tenemos instantáneas de momentos vividos, no necesariamente emocionalmente fuertes.

Según Povinelli, Landau y Perilloux, hasta los 2 años no tenemos un concepto de nosotros que sirva de anclaje a los recuerdos autobiográficos (Fuente: Google Images)

Según Povinelli, Landau y Perilloux, hasta los 2 años no tenemos un concepto de nosotros que sirva de anclaje a los recuerdos autobiográficos (Fuente: Google Images)

Podemos encontrar lo que parece una contradicción derivada de ser nosotros mismos el punto de referencia. El tiempo pasa lentamente cuando nos aburrimos o realizamos actividades monótonas, y vuela cuando está lleno de historias. Eso es lo que contestamos cuando somos preguntados por el tiempo presente. Sin embargo, cuando nos preguntan por el pasado, ante una existencia vacía y rutinaria, tenemos la impresión de que el tiempo se ha esfumado más rápidamente, que las semanas, meses y años han volado dejando paso a no sabemos muy bien qué. Cuando volvemos la mirada atrás, a periodos convulsos, llenos de historias en nuestra vida, tenemos la sensación de haber vivido más de lo que marca el reloj. Dicho de otro modo, tenemos resultados inversos simplemente cambiando el tiempo que evaluamos.

Finalmente, de estas investigaciones se deriva una idea de interés para el que quiera alargar su vida sin esperar a que la Medicina haga milagros: si vives la vida plenamente, pasará más lenta. Viaja a nuevos lugares, explora nuevas culturas, degusta exquisitas comidas y vinos, inmiscúyete en proyectos de todo tipo y, en general, lucha por romper tus límites. De esta forma cada día aprenderás algo nuevo, significativo, que te hará percibir que el mundo a tu alrededor se ha ralentizado. De repente, ese largo verano de tu infancia ha vuelto para quedarse.

Y no lo olvides, haz caso a tus mayores.

Para saber más…

  • Draaisma, D. (2006). Por qué <<el tiempo vuela>> cuando nos hacemos mayores. Psicología, Alianza Editorial S.A.: Madrid.
  • Povinelli, D. J., Landau, K. R., and Perilloux, H. K. (1996). Self-Recognition in Young Children Using Delayed versus Live Feedback: Evidence of a Developmental Asynchrony. Child Development, 67, 1540-1554.
  • Eagleman, D. (2008). Human time perception and its illusions. Current Opinion in Neurobiology, 18, 131–136.

Sobre Jose Antonio Jiménez

Licenciado en psicología con más de dos años de experiencia en investigación básica, así como experiencia en un centro psiquiátrico. Ha colaborado anteriormente en otras revistas digitales de ámbito local escribiendo sobre psicología.

En Psicomemorias es autor y... hace cosas.

3 Interacciones

  1. Anabel hernandezez dice:

    Interesantes reflexiones sobre la relatividad del tiempoA ver si se publica mas sobre ese tema

  1. 18/09/2016

    […] La vida en un instante […]

  2. 18/12/2016

    […] Como nos decía nuestro compañero José la sensación en la que percibimos el tiempo y la sensación en la que estamos disfrutando de una tarea, y que además nos sale especialmente bien, se le conoce en Psicología como estado de flow. […]

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