El sueño olímpico no vale 10.000 horas de práctica
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El sueño olímpico no vale 10.000 horas de práctica

Como cada cuatro años, este verano hemos asistido a uno de los mayores espectáculos deportivos del planeta. En estos Juegos Olímpicos de Río 2016 hemos sido testigos no sólo de cómo los mejores deportistas del mundo llevaban sus cuerpos al límite, sino de cómo siguen rompiendo récords y superando sus propias marcas y las de sus predecesores. En un afán por conocer hasta el último detalle sobre estos deportistas, es cada vez más común que los medios –al menos los que no están ocupados siendo sexistas, racistas, homófobos o intolerantes con deportistas de otras religiones– lleven a cabo profundos análisis sobre los detalles de su ejecución y rendimiento. Sirva como ejemplo este maravilloso reportaje del New York Times sobre la gimnasta Simone Biles, una de las grandes sorpresas de estos JJOO de 2016.

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Aimee Boorman, la entrenadora de la gimnasta Simone Biles, dice que ésta sólo necesita 3 días para dominar una nueva técnica debido a su gran conciencia del espacio y de su cuerpo. ¿Será algo innato o cuestión de práctica? Fuente: Wikicommons.

Gracias a estos hombres y mujeres que dedican su vida a arrancar unas décimas al cronómetro o unos puntos al marcador, nuestro marco de referencia cambia. Ellos establecen lo que es posible y lo que, de momento, no. Les admiramos, ávidos por saber cómo se puede llegar tan lejos. Pero, ¿qué hace que una persona sea capaz de alcanzar los extremos de lo posible?

El eterno debate entre herencia y ambiente

Sir Francis Galton, un personaje del s. XIX bastante conocido en la ciencia –hizo contribuciones a campos tan diversos como la psicología, biología, geografía, estadística o meteorología entre otras– fue la primera persona que investigó la posibilidad de que hubiera una causa común detrás de todas esas personas que se convierten en grandes expertos, sin importar el campo. Observó que en determinadas familias era común encontrar que, si uno de sus miembros era sobresaliente en su ámbito, otros miembros del núcleo familiar cercano lo serían también, aunque cada miembro se dedicara a una cosa distinta. Esto llevó a Galton a pensar que la excelencia debía transmitirse de padres a hijos como una suerte de “habilidad natural” o talento innato. Más tarde, el psicólogo estadounidense y fundador del conductismo John Watson desafiaba las ideas de Galton en su obra Behaviorism (El Conductismo) con una de las citas más famosas de la historia de la Psicología:

“Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón— independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados”.

Como explica Miguel Ángel Vadillo en su blog, esta cita refleja bien el rechazo de Watson a esa idea de que capacidades como la inteligencia o la excelencia serían innatas. Desde entonces, ambas ideas han sido ampliamente debatidas, e incluso han llegado a calar en el lenguaje popular: ¿el líder nace o se hace?

En el año 1993, los psicólogos Anders Ericsson, Ralf Krampe y Clemens Tesch-Römer publicaron un popular artículo en el que resumieron las ideas con las que habían estado trabajando durante años. Estos investigadores se habían dedicado a estudiar a personas con distintos perfiles profesionales que habían llegado a destacar entre el resto, a los que podríamos llamar “expertos”. Concluyeron que, de media, todas estas personas habían tardado unos 10 años desde que empezaron a tocar su instrumento musical, a practicar su deporte, o a llevar a cabo su trabajo, hasta que se convirtieron en expertos. Además, todos tenían algo en común: horas y horas de práctica. Esto llevó al grupo de psicólogos a establecer una regla de oro que muchos habréis oído: hacen falta 10.000 horas de práctica (20 horas a la semana, 50 semanas al año, durante 10 años) para dominar cualquier empresa que nos propongamos. Es decir, práctica, práctica y más práctica.

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¿Has intentado alguna vez aprender a tocar un instrumento? Decir que es cuestión de práctica puede motivarnos a seguir intentándolo aunque no sea fácil. Pero cuidado, también puede hacernos pensar que, si fracasamos, es única y exclusivamente por nuestra culpa, por no haberlo intentado lo suficiente. Fuente: Flickr (Phil Roeder).

Sin embargo, este argumento ha recibido bastantes críticas también. Cabe preguntarse, entonces, si el hecho de que a veces fracasemos en nuestros intentos implica, simple y llanamente, que no lo hemos intentado lo suficiente. Por otro lado, podemos preguntarnos si no hay nadie que sea capaz de alcanzar la maestría en su especialidad en menos de 10.000 horas. De lo contrario, tendríamos que admitir que existen diferencias individuales que no se explican por el número de horas de práctica. Por tanto, ¿es la cantidad de práctica el único factor –o el más importante– que determina si podremos alcanzar nuestras metas?

Un meta-análisis para comprenderlos a todos

En el año 2014, un meta-análisis volvió a agitar este largo debate. Los meta-análisis son estudios especialmente valiosos ya que permiten poner en común los resultados de muchos experimentos previamente publicados. De esta forma, podemos detectar si los estudios han estado omitiendo resultados negativos, dirimir entre resultados contradictorios o, simplemente, comprobar si de verdad existe una relación entre las variables que estamos midiendo. En este caso, el meta-análisis publicado por los psicólogos americanos Brooke Macnamara, David Hambrick y Frederick Oswald fue el primero que incluyó todos aquellos estudios que habían evaluado el efecto de la práctica deliberada en el rendimiento deportivo, musical, profesional y educativo. En total, fueron 88 estudios que incluían datos de 11.135 personas. El objetivo del estudio era claro: ¿qué proporción de la diferencia en el rendimiento de estas personas se debe a las horas de práctica?

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La cantidad de práctica (en morado) sólo puede explicar un pequeño porcentaje de las diferencias en el rendimiento entre distintos individuos. Otros factores (en gris) tienen un gran peso a la hora de saber por qué dos personas que han practicado las mismas horas pueden rendir de forma muy diferente.  Elaboración propia basada en los resultados de Macnamara, Hambrick y Oswald (2014). SAGE Publications Inc.

Como se puede ver en el gráfico de arriba, los resultados fueron mucho menos optimistas de lo que el artículo original de Ericsson y sus compañeros había puesto de manifiesto. Para juegos como el ajedrez, la cantidad de horas de práctica sólo parece explicar una cuarta parte de las diferencias en el rendimiento de distintos ajedrecistas. Para los músicos y los deportistas desciende a una quinta parte, y para el rendimiento educativo o profesional es aún menor. Es importante añadir que los autores, quizá viendo la que se les venía encima, explicaron que la práctica es importante, y que todas estas personas que habían estudiado habían sido seleccionadas porque ya presentaban un rendimiento alto gracias, en parte, a dedicarle horas y horas a sus respectivos campos. Pero quizá no es tan importante como pensábamos para comparar distintos individuos.

También es conveniente señalar que sabemos muy poco sobre los otros factores que afectan al rendimiento. Es decir, este meta-análisis no fue una comparación entre práctica y talento innato en el sentido descrito por Galton, sino entre práctica y, literalmente, todo lo demás. Esto incluye rasgos físicos, personalidad, imaginación, creatividad, motivación, pasión, inspiración, oportunidades, apoyo o, simplemente, suerte.

Quizá te preguntes si se puede aplicar esto a los deportistas olímpicos, aquellos que son la élite entre la élite. Pues bien, eso mismo es lo que se preguntó a continuación el equipo de Macnamara, la autora principal del meta-análisis.

Entonces, ¿la práctica no hace al maestro?

En el pasado mes de mayo, un nuevo meta-análisis (el último que citamos, palabrita) estudió exclusivamente la relación entre horas de práctica y rendimiento deportivo. Para profundizar más en el tema, esta vez comprobaron cómo dicha relación varía en función de otros factores. Por ejemplo, ¿es igual la relación entre cantidad de práctica y rendimiento en deportes de equipo y deportes en solitario? O, ¿cómo afecta haber empezado a practicar el deporte desde más joven?

. Elaboración propia basada en los resultados de Macnamara, Hambrick, y Oswald (2014). SAGE Publications Inc.

Los deportistas de élite se afanan por arañar unos puntos al marcador. Estas pequeñas diferencias parecen no ser cuestión de añadir más y más horas de práctica (en morado). Elaboración propia basada en los resultados de Macnamara, Hambrick, y Oswald (2014). SAGE Publications Inc.

Una vez más, parece que los resultados indican que la cantidad de horas de prácticas no nos dice tanto sobre las diferencias en el rendimiento de los deportistas, especialmente entre los mejores de los mejores. Además, los autores no encontraron diferencias entre deportes individuales y de equipo, o entre deportistas que empezaron a practicar desde pequeños o cuando eran adultos.

Entonces, ¿qué?, ¿no sirve de nada practicar? Tampoco es eso. Lo que estos resultados indican es que echarle más horas de práctica no es lo mismo para una persona que juega en la liguilla de su ciudad que para el que compite a nivel mundial. Además, la propia Macnamara puntualiza que no hay que confundir un aspecto clave del estudio: ellos compararon la relación entre cantidad de práctica y rendimiento entre individuos, no para cada persona. Es decir, si una persona practica, mejorará. Lo que no podemos es atribuir que las diferencias entre deportistas de un mismo nivel –y especialmente en los niveles más altos– se deban esencialmente a la práctica. Para una persona que practica deporte de forma habitual y que incluso compita en campeonatos de menor rango, más horas de práctica pueden darle una ventaja competitiva. Sin embargo, los deportistas de élite no se benefician apenas de añadir más horas de práctica. En el nivel al que han llegado, otros factores son más importantes. Y quizá algunos de ellos ni siquiera estén bajo su control.

De hecho, a día de hoy existen investigadores que se dedican a estudiar algunos de esos otros factores que hacen diferente a los atletas de élite. El equipo del investigador médico Euan Ashley en la Universidad de Stanford lleva años estudiando a los mejores deportistas de EEUU, Escandinavia, Reino Unido, Japón, Brasil o Kenia. Su objetivo es mapear por completo el genoma de estos portentos de la naturaleza y desentrañar cómo la genética influye en nuestra capacidad para llevar nuestros cuerpos al límite. Por ejemplo, se sabe que existen variaciones genéticas que afectan a la capacidad de la sangre para transportar el oxígeno o para metabolizar la grasa que podrían aportar una ventaja competitiva a ciertas personas.

Pero como decía recientemente Maria Konnikova, escritora y periodista en The New Yorker: “Los genes están bien, pero necesitan de un entorno rico para florecer. No te limitas a dar a luz un genio, ya sea en lo académico, en lo deportivo o en lo artístico. También le tienes que dar el entorno apropiado, entrenarle, animarle, apoyarle, retarle, responder a su individualidad” (traducción propia).

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No hay que olvidar que tanto la genética como la cantidad de práctica son sólo algunos de los factores que afectan a nuestro rendimiento. No olvidemos la motivación, la estrategia, las oportunidades o el ánimo que nos dan los demás. Fuente: Flickr (Vin Imagery).

En definitiva, si estás practicando deporte, no dejes que estos resultados te desanimen. Seamos honestos, quizá no llegues nunca a jugarte el oro olímpico. Pero eso no quita que a ti, personalmente, la práctica te vaya a ayudar a mejorar. Incluso si, como parece ser, nuestra genética nos impone un límite máximo de rendimiento, aún tenemos un amplio rango de mejora en el que entran en juego muchos factores sobre los que podemos trabajar para seguir mejorando cada día.

Sobre Daniel Alcalá López

Psicólogo, Máster Oficial en Fisiología y Neurociencia y estudiante de doctorado por la Universidad Técnica de Aquisgrán (RWTH Aachen, Alemania). Anteriormente en París (Francia), colaborando con el grupo PARIETAL en el NeuroSpin, un centro de investigación en neuroimagen centrado en el modelado de la estructura, función y conectividad cerebral. Su investigación se centra en el uso de herramientas de aprendizaje automático (machine learning) para explorar la conectividad cerebral asociada al procesamiento de la información social y afectiva.

1 Interacción

  1. 24/10/2016

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