Monkey business: somos igual de sociales que los monos
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Monkey business: somos igual de sociales que los monos

Han pasado ya más de dos décadas desde que la psiquiatra estadounidense Leslie Brothers hablara por primera vez del cerebro social. Esta investigadora de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA) intentaba estudiar de forma controlada cómo el cerebro de los monos responde ante estímulos sociales, como por ejemplo observar a otros monos que se comunican o interaccionan entre sí. El artículo científico que publicó en 1990, basado en los trabajos de su equipo durante los últimos años, describe una serie de áreas cerebrales que se activan especialmente ante este tipo de comportamiento social, como la amígdala, la corteza temporal o distintas regiones de la corteza prefrontal. Sin embargo, ¿tiene sentido buscar en el cerebro las huellas de la sociedad, o se está metiendo la neurociencia donde no le llaman?

Cerebro social monos

A veces somos testigos de ciertos comportamientos en los animales que nos hacen preguntarnos cómo puede haber gente que niegue la teoría de la evolución. Un buen ejemplo es el de este mono y su selfie, que recorrió los principales periódicos del mundo. Si Darwin levantara cabeza…

Monos con más amigos que tu Facebook

Antes de que existieran las técnicas de neuroimagen como la tomografía por emisión de positrones (PET) o la resonancia magnética funcional (fMRI), contábamos con escasas herramientas para estudiar las relaciones entre el cerebro y nuestro comportamiento. En humanos, por ejemplo, las únicas oportunidades que tenían los investigadores eran las operaciones quirúrgicas y los casos de lesión cerebral. Por ello, resultaba difícil investigar algunos temas que, por sus propias características, resultaban demasiado complejos, como la imaginación, la empatía o la llamada “cognición social”. Este concepto hace referencia a nuestra capacidad para entender a los otros, comprendernos a nosotros mismos, y ser capaces de procesar todo lo que ocurre entre nosotros y ellos.

Para intentar arrojar un poco de luz, los investigadores recurrieron a finales del siglo pasado a la investigación animal. Algunos primates resultan especialmente útiles para este ámbito, ya que de forma habitual se desenvuelven en grupos sociales e interaccionan de forma similar a nosotros. El antropólogo británico Robin Dunbar se propuso investigar qué características hacían que los humanos y los primates superiores tuviéramos mejores habilidades cognitivas (como ser capaces de aprender un nuevo lenguaje, o reconocernos ante un espejo) que otros animales. A principios de los años 90 llevó a cabo un estudio en el que midió un puñado de variables en busca de una relación que pudiera explicar dichas diferencias evolutivas a nivel cognitivo. Encontró que el tamaño del grupo social de los monos correlacionaba con el tamaño de su corteza cerebral, de tal forma que a mayor es el grupo de monos, más grande es esta región. Esta relación no se encontró con otras variables, como la cantidad de fruta que ingerían, el tamaño del área donde viviesen o la duración de sus jornadas. Curiosamente, este investigador no se quedó ahí, y propuso una idea interesante: si existe una relación entre nuestro cerebro y la cantidad de relaciones que tenemos, debe haber un límite en nuestra capacidad de procesar información social, pues la cantidad de neuronas que podemos dedicar a las relaciones no es infinita. Así nació el concepto del número de Dunbar. Para sus primates, el británico calculó que el valor máximo de individuos con los que se puede mantener una relación es de 149.7 individuos aproximadamente.

Este número de Dunbar ha tenido una gran repercusión. Basándose en los estudios del antropólogo inglés, la actual compañía responsable de las prendas Gore-Tex comprobó que si tenían a más de 150 empleados trabajando en el mismo edificio, surgían problemas de convivencia, así que se pusieron manos a la obra y empezaron a construir edificios para 150 trabajadores. En caso de necesitar más, construyen un nuevo edificio, et voilà!

Hoy en día sabemos que el tamaño del cerebro no nos aporta mucha información sobre la conducta. De hecho, existen animales con un cerebro mayor al nuestro en proporción a su cuerpo, como las musarañas, y no por ello parece que vayan a suponer una amenaza para nuestra supervivencia. Es por esto que los investigadores hoy en día se centran en otros aspectos del cerebro, como bien explica Antonio Martínez Ron en su blog Fogonazos. Entre ellos, la densidad de neuronas en determinadas regiones, o el número de conexiones que se establecen entre ellas, parece que resulta más importante que el tamaño en sí.

Cerebros comparados

El cerebro ha variado mucho en tamaño y forma a lo largo de la evolución de las especies. Sin embargo, esto no nos dice mucho sobre la inteligencia o las capacidades cognitivas de cada animal. Aquí, el tamaño no importa. Fuente: Frontiers in Neuroscience.

Una mente para comprenderlos a todos

Son muchos los aspectos que se engloban en la denominada “cognición social”, como la empatía, el razonamiento moral o la capacidad de entender las expresiones faciales de los demás. Sin embargo, un aspecto básico para entender cómo somos capaces de relacionarnos con los demás es la denominada teoría de la mente. Para comprender este concepto, imagina por un momento que eres un investigador de la Universidad de Pennsylvania. Hoy, en el laboratorio, le planteas a tu peluda compañera Sara un problema. Evidentemente, Sara es un chimpancé, no una investigadora a la que el verano le ha pillado por sorpresa este año. El problema que planteas a Sara es el siguiente: en un vídeo, un hombre intenta regar su jardín, pero la manguera no está conectada al grifo. A continuación, el vídeo se para, y enseñas a la chimpancé algunas fotografías. En ellas se muestra al hombre haciendo varias cosas, pero sólo en una de ellas el hombre conecta la manguera. ¿Qué crees que pasará?

Este experimento es el que llevaron a cabo los investigadores David Premack y Guy Woodruff. Querían comprobar si los primates no humanos (orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos) son capaces de entender las intenciones de los demás. Al fin y al cabo, para darse cuenta de que el hombre del vídeo intentaba regar su jardín, hay que ser conscientes de que ese hombre tiene una mente propia distinta a la nuestra, así como unas intenciones, deseos, o pensamientos que no son los mismos que los nuestros. Y ¡vaya si Sara lo sabía! Desde el principio entendió que el propósito de aquel hombre era regar el jardín, y que la única manera de hacerlo sería conectar la manguera al grifo.

¡Bah!“, podrá decir tu cuñado. “Tampoco es para tanto. ¡Eso lo hago yo con los ojos cerrados!“. Porque claro, es algo natural en los humanos. ¿O no? ¿Qué pasa si le planteas un problema similar a un niño de tres años?

Como podemos ver en el vídeo, ser consciente de que los demás pueden pensar o querer cosas distintas a nosotros no es algo que se deba tomar a la ligera, pues por lo general los humanos no somos capaces de entenderlo hasta aproximadamente los 4 años. Durante el gran desarrollo cognitivo que se produce durante la infancia, una de las cosas que aprendemos es a atribuir estados mentales a los demás. Esto, además, es un paso imprescindible para cosas tan cotidianas como la mentira. Después de todo, si no somos capaces de entender que los demás tienen una mente distinta a la nuestra, ¿para qué mentir? Es necesario darse cuenta de que lo que los otros saben no tiene por qué ser igual a lo que nosotros sabemos, y por tanto podemos elegir qué queremos decir y qué no.

Teoría de la mente

Casi sin darnos cuenta, somos capaces de entender las intenciones de los demás. Además, al imaginar las posibles consecuencias de nuestros actos, podemos adelantarnos e intentar predecir cómo responderán. Elemental, mi querido Watson.

La bautizada como “hipótesis del cerebro social” fue toda una revolución en el panorama científico. Antes de los años 90 la investigación neurocientífica estaba dominada por estudios sobre la percepción, la atención, la memoria o la inteligencia. No fue hasta entonces que los investigadores se han aventurado a estudiar la relación entre nuestro cerebro y el mundo social en el que nos desenvolvemos. Sin embargo, a día de hoy falta de un marco teórico que señale en qué dirección hemos de avanzar para evitar el riesgo de plantear las cosas de forma equivocada. Afortunadamente, la ciencia consiste precisamente en eso: si una forma de hacer las cosas no se ajusta bien a la realidad, se trabaja para conseguir una nueva explicación más completa, una nueva forma de entender las cosas que explique mejor el mundo.

Sobre Daniel Alcalá López

Psicólogo, Máster Oficial en Fisiología y Neurociencia y estudiante de doctorado por la Universidad Técnica de Aquisgrán (RWTH Aachen, Alemania). Anteriormente en París (Francia), colaborando con el grupo PARIETAL en el NeuroSpin, un centro de investigación en neuroimagen centrado en el modelado de la estructura, función y conectividad cerebral. Su investigación se centra en el uso de herramientas de aprendizaje automático (machine learning) para explorar la conectividad cerebral asociada al procesamiento de la información social y afectiva.

3 Interacciones

  1. 03/09/2015

    […] En este episodio de Redes, Eduard Punset entrevista al antropólogo británico Robin Dunbar, sobre el que hemos hablado esta semana en el artículo Monkey Business: somos igual de sociales que los monos. […]

  2. 12/10/2015

    […] muestran conductas que podrían ser formas anteriores de los mismos comportamientos complejos, como la teoría de la mente. Un ejemplo de conducta compleja lo encontramos en el Aphelocoma Californica (Grajo Azulejo o Chara […]

  3. 18/09/2016

    […] van desarrollando la capacidad de averiguar lo que alguien piensa y sabe (lo que conocemos como Teoría de la Mente). Este hecho va a marcar un antes y un después en el uso de mentiras, puesto que serán capaces de […]

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