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¿Las mujeres y los niños primero? Sexismo ambivalente

Este artículo es el resultado de la colaboración de las profesoras e investigadoras de la Universidad de Sevilla Águeda Parra, Inmaculada Sánchez-Queija, Marta Díez, Izarne Lizaso, Enrique Arranz y Carlos Camacho con Psicomemorias. Queremos dedicar estas líneas a agradecerles su contribución a este proyecto, llevado a cabo gracias a financiación del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Ref EDU2013- 45687-R).

La discriminación de género es cada vez menos aceptada en las sociedades modernas. No obstante, aunque las formas obvias de sexismo son a menudo condenadas socialmente (baste recordar el enorme revuelo social que generó hace escasas semanas la sentencia contra Santiago Romero, catedrático de la Universidad de Sevilla condenado por acosar y abusar sexualmente de tres compañeras de su departamento), las formas más sutiles de sexismo no lo son. Y lo que es peor, pueden ser incluso promovidas, en la medida que parecen positivas en su tono y resultan galantes y caballerosas para las propias mujeres.

El sexismo ambivalente es un marco teórico propuesto por los estadounidenses Peter Glick y Susan Fiske en los años 90 y principios del 2000 que postula que el sexismo tiene dos componentes: el “sexismo hostil” y el “sexismo benevolente”. El sexismo hostil incluye actitudes de prejuicio o conductas discriminatorias basadas en la supuesta inferioridad o diferencia de las mujeres como grupo, y se basa en tres ideas. Por un lado, un paternalismo dominador que defiende que las mujeres como grupo son más débiles, por lo que las figuras masculinas deben dominarlas. Por otro lado, la diferenciación de género competitiva, según la cual mujeres y varones poseen cualidades diferentes, cualidades que las orientan a ellas al ámbito privado y a ellos al público, a ellas a lo doméstico y a ellos a gobernar las instituciones sociales, políticas y económicas. Y finalmente, la hostilidad heterosexual, que considera que las mujeres tienen un poder sexual que las hace peligrosas y manipuladoras. Manifestaciones de este sexismo hostil son figuras femeninas como la rebelde Lilith, primera esposa de Adán, las pérfidas sirenas que intentaron embaucar a Ulises, o cualquiera de las mujeres fatales de nuestro imaginario colectivo que usan sus atractivos sexuales para atrapar a desventurados héroes. Mujeres todas a las que obviamente hay que controlar y dominar por su propio bien y por el de sus desamparados compañeros.

De forma complementaria al sexismo hostil encontraríamos al sexismo benevolente, una orientación aparentemente positiva de protección, idealización y afecto hacia las mujeres, que también sirve para justificar su estatus subordinado respecto a los hombres. Al igual que el hostil, este sexismo también se sustenta sobre el paternalismo, la diferenciación de género y la heterosexualidad, pero con diferencias. Si bien en el sexismo hostil el paternalismo es dominador, en el benevolente es protector; de hecho, representa a las mujeres como personas dulces pero incompetentes o débiles, que necesitan protección y apoyo de los hombres. De igual forma, el sexismo benevolente también parte de la diferenciación de género, pero no competitiva, sino complementaria. Así, considera que las mujeres tienen de forma natural muchas características positivas que complementan las características de los hombres. Características como la sensibilidad o la amabilidad femenina que complementarían la independencia o la competitividad masculina. Por último, el sexismo benevolente también tiene en la heterosexualidad un elemento central, pero a diferencia del hostil, basado en la hostilidad heterosexual, el benevolente se basa en la intimidad heterosexual, al entender que los hombres dependen de las mujeres para criar a sus hijos e hijas y para satisfacer sus necesidades sexuales. Como vemos, aunque más amable en su tono, este sexismo parte de la misma inferioridad e incompetencia de la mujer que subyace al sexismo hostil. Como ejemplos de este tipo de sexismo tendríamos a figuras femeninas como Penélope, que tejía y destejía esperando que Ulises regresara de sus aventuras y escarceos por el Mediterráneo, o a cualquiera de las perfectas esposas entregadas, sensibles y “almas” del hogar que protagonizan nuestros anuncios de alimentos infantiles, detergentes y demás productos domésticos.

Manifestaciones de sexismo hostil y benevolente, la pérfida Lilith seduciendo a Adán y la devota Penélope esperando a Ulises (Fuente: Google).

En definitiva, el sexismo hostil castiga a la mujer que no se alinea con los roles y estereotipos de género, mientras el benevolente premia a las que lo hacen, pero ambas son formas de sexismo en cuanto tratan a la mujer de forma diferente por el simple hecho de ser mujeres. Es decir, el sexismo hostil y el benevolente son justificaciones complementarias de la desigualdad de género y ejercen su efecto conjuntamente para perpetuarla. No obstante, si bien el sexismo hostil casi con toda seguridad provocará el rechazo y la indignación de muchas mujeres y algunos hombres, probablemente el benevolente sea tolerado e incluso aceptado en mayor medida por unos y otras.

Consideren, por ejemplo, un hombre que ayuda a una mujer a llevar su equipaje o paga la comida de ambos en un restaurante. ¿Es sexismo o caballerosidad? Obviamente, no hay nada negativo en ayudar a otra persona, el tinte sexista de los dos ejemplos anteriores lo da el hecho de que la ayuda se da a una mujer por el simple hecho de serlo, incluso aunque ella no lo haya pedido. Ambos comportamientos, insistimos, cuando se emiten hacia mujeres por ser mujeres, aceptan implícitamente su inferioridad. La inferioridad de unas mujeres incapaces de llevar su propio equipaje o sin la suficiente capacidad económica para pagar su comida. En este sentido, el sexismo benevolente puede ser incluso más dañino que el hostil, ya que ese tono aparentemente positivo y agradable para las propias mujeres, estaría escondiendo la premisa común a ambos tipos de sexismo: que la mujer es inferior al varón.

Un estudio sobre el sexismo benevolente y sus consecuencias en adultos emergentes españoles.

No existen muchos estudios sobre el efecto que estas creencias sexistas tienen sobre varones y mujeres. Algunos de estos estudios, como el realizado por Jost y Banaji en 1994 o por Napier, Thorisdottir y Jost en 2010, partiendo de la System Justification Theory sugieren que las creencias sexistas, al menos las benevolentes, estarían relacionadas con la satisfacción vital de varones y mujeres, en la medida que contribuirían a justificar a nivel cognitivo un sistema social que es claramente desigual para unos y otras. En otras palabras, en la medida que las creencias sexistas van acorde con la realidad social, las personas que las comparten, aunque puedan verse perjudicadas (caso de las mujeres), estarían más ajustadas que las que se oponen, que experimentarían las dificultades de “ir a contracorriente” del sistema. Sin embargo, según otros trabajos, las creencias sexistas tienen consecuencias negativas, y las mujeres que presentan este tipo de ideas tienen relaciones más negativas y menor bienestar que las mujeres que las rechazan.

El sexismo benevolente puede ser incluso más dañino que el hostil, ya que ese tono aparentemente positivo y agradable para las propias mujeres, estaría escondiendo la premisa de que la mujer es inferior al varón (Fuente: Google Images).

Con el objetivo de arrojar luz sobre las consecuencias que las creencias sexistas, tanto hostiles como benevolentes, tienen sobre el ajuste psicológico de varones y mujeres, desarrollamos una investigación en el marco del proyecto TAE (Transición a la adultez en España). La adultez emergente, de la que ya os hablamos en Psicomemorias en otra entrada, es una etapa significativa que supone el inicio de la vida adulta y la entrada al “mundo real” de las relaciones de pareja estables y del mercado laboral. Mundos y esferas en las que subsisten muchas desigualdades de género, estereotipos y creencias sexistas que sin duda contribuyen a entender los papeles que desarrollamos unas y otros. Así, nos propusimos analizar el sexismo hostil y benevolente y sus relaciones con el ajuste psicológico (bienestar y malestar) en una muestra de 1500 estudiantes universitarios del norte (Universidad del País Vasco/Euskal Erriko Unibertsitatea) y sur de nuestro país (Universidad de Sevilla).

Entre los resultados más destacados de esta investigación podemos señalar que en general, los y las jóvenes presentan bajos niveles de sexismo hostil y benevolente, y que las mujeres se muestran menos sexistas que los varones. En una escala de 0 a 5, los chicos presentan una puntuación de sexismo hostil de 2.16 y las chicas de 1.38; en cuanto al sexismo benevolente, ellos presentan una media de 1.8 frente a 1.25 de sus compañeras. Otro resultado a nuestro juicio interesante es que el sexismo hostil es más elevado que el benevolente (puntuación media de sexismo hostil de 1.69; puntuación media de sexismo benevolente 1.47). Por otro lado, nuestros datos indican que ambos tipos de sexismo están relacionados, lo que reafirmaría que son dos caras de la misma moneda, dos formas de justificar y mantener la superioridad del varón frente a la mujer. En tercer lugar, los niveles de sexismo son más elevados entre los y las jóvenes de la Universidad de Sevilla (US) que entre los de la Universidad del País Vasco (UPV/ EHU), presentando en Andalucía puntuaciones de 1.98 y 1.71 en sexismo hostil y benevolente respectivamente, y en Euskadi de 1.40 y 1.22.

Respecto a la relación entre las creencias sexistas y el bienestar emocional, los datos de nuestra investigación han puesto de manifiesto que para los hombres sus creencias sexistas no se relacionan con su bienestar psicológico. Sin embargo, para las mujeres, tener este tipo de ideas se relaciona negativamente con su autonomía: las jóvenes que tienen más ideas sexistas se sienten menos autónomas y con menos capacidad para dirigir sus propias vidas que sus compañeras menos sexistas. Por otro lado, respecto al malestar emocional, la investigación reflejó que la asunción de creencias sexistas hostiles y benevolentes se relaciona con mayores niveles de ansiedad en ellos y mayores niveles de ansiedad, depresión y estrés en ellas. Así, los postulados sexistas mostraron relación con las dificultades emocionales de unos y otras, pero la relación fue mayor en el caso de las mujeres.

Nuestra investigación ha puesto de manifiesto que las creencias sexistas no son inocuas, sino que tienen consecuencias negativas para el bienestar emocional, especialmente de las mujeres. En este sentido, y según nuestros datos, a pesar de cualquier posible beneficio colateral que el sexismo benevolente pueda tener para las mujeres (no llevar nuestro equipaje o no pagar nuestra comida en un restaurante), detrás de esta ideología subyace una imagen de la mujer como incompetente e inferior, una mujer a la que hay que cuidar, proteger, y… ¿por qué no?, educar y dominar.

Las jóvenes que tienen más ideas sexistas se sienten menos autónomas y con menos capacidad para dirigir sus propias vidas. Fuente: El País (El Roto más feminista http://bit.ly/roto_feminista).

La violencia contra las mujeres es una lacra social que lejos de disminuir, va en aumento. Según datos de la OMS, alrededor de una de cada tres mujeres en el mundo (35%) han sufrido violencia física y/o sexual por parte de su pareja-expareja o violencia sexual por parte de terceros en algún momento de su vida. Cada 10 minutos un hombre mata a una mujer que es o fue su pareja en algún punto del planeta, y España, a 22 de febrero de 2017, 15 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas, siendo esta la peor cifra de mujeres asesinadas por violencia machista desde 2008. De hecho, y siguiendo a Ban Ki-moon (2007), Secretario General de la ONU, “Lo más grave es que la violencia contra las mujeres y las niñas persiste sin disminución en todos los continentes, todos los países y todas las culturas, con efectos devastadores en la vida de las mujeres, sus familias y toda la sociedad. La mayor parte de las sociedades prohíben esa violencia, pero en la realidad frecuentemente se encubre o se tolera tácitamente”. Y se encubre o tolera a través de muchos mecanismos, uno de los cuales son las creencias sexistas, tanto hostiles como benevolentes.

En los últimos años estamos asistiendo a la puesta en marcha de medidas para la lucha contra la violencia hacia las mujeres basada en el género, como la ley orgánica 1/2004 o 13/2007. De hecho, en el Congreso se ha constituido una Subcomisión con el objetivo de crear un pacto de estado sobre violencia de género. Ya veremos… Pero la realidad no cambia a golpe de decreto, y la violencia contra las mujeres se va a seguir manteniendo mientras no combatamos las ideas sexistas y machistas que la justifican y mantienen.

Como afirmó Kofi Annan el año 2000, siendo Secretario General de la ONU, en el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer: “las medidas para eliminar la violencia contra la mujer son responsabilidad de todos nosotros: la familia de las Naciones Unidas, los Estados Miembros, la sociedad civil y las mujeres y los hombres como individuos. Este día, (…) nos brindan la oportunidad de comenzar a construir un nuevo Milenio sin violencia contra las mujeres y las niñas, una era en que toda la humanidad sepa que cuando se trata de violencia contra la mujer no hay lugar para la tolerancia ni hay excusas tolerables”. Ni siquiera las de corte más benevolente.

Para saber más…

Bonino, L. (2004). Los micromachismos. La Cibeles, 2, 1-6.

Expósito, F., Moya, M. C., & Glick, P. (1998). Sexismo ambivalente: medición y correlatos. Revista de Psicología social, 13(2), 159-169.

Lorente, M. (2014). Tú haz la comida, que yo cuelgo los cuadros. Trampas y tramposos en la cultura de la desigualdad. Barcelona: Ares y Mares.

Glick, P., & Fiske, S. T. (2001). An ambivalent alliance: Hostile and benevolent sexism as complementary justifications for gender inequality. American Psychologist, 56, 109.

Glick, P., & Fiske, S. T. (1996). The ambivalent sexism inventory: Differentiating hostile and benevolent sexism. Journal of personality and social psychology, 70, 491-512.

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  1. 22/03/2017

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