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Psicólogos en Cuidados Paliativos: aceptando la muerte para vivir la vida

El psicopompo

La vigésima tercera letra del alfabeto griego, la letra Psi (Ψ), es el símbolo que se usa para representar a la Psicología. Esta unión surge de asociar esta letra con la palabra griega psiqué, que originariamente significaba mariposa (de ahí que la letra Ψ, pueda asemejarse a la silueta de una mariposa con las alas desplegadas). Posteriormente, pasó a utilizarse el término como soplo de brisa, aliento, ánimo y, finalmente alma.

Psiqué significaba mariposa por un motivo: los griegos creían que cuando una persona moría, la exhalación de su último aliento despojaba al cuerpo del alma, la cual se iba volando en forma de mariposa.

La mariposa representa a la muerte en muchas culturas.

La mariposa representa a la muerte en muchas culturas.

Desde los inicios, por tanto, la Psicología tiene mucha relación con el concepto de la muerte y con la trascendencia. Pero hay más: en prácticamente todas las mitologías o religiones, existe la figura del psicopompo, que significa el que guía o conduce el alma. Su función era la de llevar las almas de los fallecidos hacia el más allá. Y esta figura ha sido representada tradicionalmente por todo tipo de animales, entre ellos, como no podía ser de otra forma, la mariposa.

Vemos así como el papel del psicólogo ante la enfermedad terminal se acerca mucho a la figura mitológica del psicopompo: su función principal, entre otras muchas, es la de acompañar y guiar al enfermo terminal en su propio duelo, que más pronto que tarde, desencadenará en la muerte.

¿Qué hace un Psicólogo ante la enfermedad terminal?

Un enfermo terminal es aquel que padece una enfermedad de evolución avanzada, progresiva e incurable, y sin respuesta a los tratamientos establecidos por el especialista médico. Es en este momento donde el paciente pasa a recibir los que se conoce como Cuidados Paliativos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo define como el enfoque que mejora la calidad de vida de pacientes y familias que se enfrentan a los problemas asociados con enfermedades amenazantes para la vida, a través de la prevención y alivio del sufrimiento, por medio de la identificación temprana y la impecable evaluación y tratamiento del dolor y otros problemas físicos, psicosociales y espirituales.

Esta labor no se entiende sin la presencia de un equipo multidisciplinar completo. En el mejor de los casos, los pacientes pueden contar con un médico paliativista, enfermeros, psicólogos e incluso voluntarios de diferentes asociaciones de pacientes. Todos ellos ejercen funciones diferentes pero complementarias. El soporte emocional del paciente y sus familiares, así como tratarlos de forma empática, comprendiendo sus necesidades; corre a cargo de todos los profesionales, pero es el psicólogo el que se encarga de prestar una atención especial a los problemas de índole psicosocial derivados de la situación crítica que vive la persona y su entorno.

Estos equipos están adheridos normalmente a las Unidades de Cuidados Paliativos del Sistema Nacional de Salud (SNS), aunque también existen lugares privados (tradicionalmente llamados hospicios) que prestan estos servicios. La mayoría de las personas que necesitan un tratamiento paliativo lo reciben de forma ambulatoria en su domicilio, junto a sus seres queridos.

La mayoría de los enfermos terminales prefieren vivir sus últimos días en su hogar, junto a sus familiares.

La mayoría de los enfermos terminales prefieren vivir sus últimos días en su hogar, junto a sus familiares.

Los tres campos de acción en los que se desarrollan las funciones del psicólogo son: el propio paciente, sus familiares y del equipo de cuidados paliativos.

Con respecto al paciente terminal

Aunque los síntomas físicos estén controlados por el médico, también es necesario que el psicólogo identifique y evalúe el sufrimiento que éstos ocasionan en el paciente. Por ejemplo, hay síntomas respiratorios o gastrointestinales que pueden ser muy limitantes y hacer que el tiempo que queda de vida sea de una peor calidad. Ayudar a sobrellevar estos síntomas o incluso proporcionar herramientas psicológicas que los aminoren o modulen podría ser una labor importante ante ciertos pacientes.

Vista desde fuera, muchas personas piensan que la profesión del psicólogo de cuidados paliativos implica siempre enseñar nuevas herramientas que el paciente necesita para afrontar esta etapa de su vida. Y aunque no dejan de tener razón, se nos olvida la importancia que tiene el potenciar los recursos que los propios pacientes ya tienen. En muchas ocasiones los enfermos terminales sólo necesitan acompañamiento y comprensión, saben gestionar la pérdida y viven con tranquilidad esta fase. Los modos en que uno responde habitualmente a las crisis cotidianas nos dan claves sobre la manera en que se responderá a la crisis provocada por la enfermedad o la muerte.

Desde una postura más cercana a la Psicología clínica, se intenta prevenir la aparición de lo que pueden ser trastornos del estado de ánimo, de ansiedad, adaptativos o de estrés. La pérdida de la propia vida implica perder un futuro que damos por sentado, lleno de proyectos y de deseos. La no-aceptación de perder ese porvenir que aún no existe puede generar trastornos psicológicos secundarios a la enfermedad (que surgen a raíz de esta).

Por otro lado, hay pacientes que ya tenían previamente diagnosticados trastornos psicopatológicos que se ven agravados con la enfermedad o incluso hacen más difícil el trabajo del equipo (por ejemplo, un paciente que padezca fobia a las agujas que dificulte la inyección de fármacos, o un trastorno delirante que le hace creer que se le quiere hacer daño e impida la labor del médico).

Todos estos puntos comentados anteriormente buscan que el grado de satisfacción vital percibido por la persona se mantenga o incluso aumente. Puede parecer contradictorio, pero despedirse puede llegar a ser un alivio si se hace acorde a los valores del individuo, se respeta su voluntad y se le deja vivir como necesita cada una de las etapas que le llevarán a la aceptación de su situación. Morir en paz es el objetivo.

Con respecto a la familia

La familia del enfermo puede estar muy afectada por la situación de crisis que están viviendo. Puede que no se necesite llevar a cabo una intervención específica, pero se debe apoyar en todo lo posible a los familiares.

Una de las posibles maneras es informándoles de los diferentes recursos psicosociales de los que pueden hacer uso (talleres, grupos de apoyo, actividades de ocio para toda la familia, etc.).

Otra forma es permitiendo la liberación de emociones, especialmente por parte del cuidador principal. Es frecuente la sobrecarga emocional de la persona que ocupa este rol. Son muchos los cuidados, que sumados al ritmo normal del día a día (trabajos, colegios, tareas del hogar, etc.) hacen de éste un grupo de riesgo de posibles problemas psicológicos, los cuales hay que prevenir.

Desde el principio el psicólogo debe preparar a los seres queridos para la muerte del paciente, facilitando la comunicación entre todos ellos y ayudando para que se solucionen conflictos pasados y posibles estancamientos en sus relaciones. Esto contribuirá a que la despedida, dentro de lo posible, sea menos dolorosa y más amena.

Una vez se da el desenlace y la persona fallece, se inicia el proceso normal de duelo. Éste se define como la serie estereotipada de fases por la que atraviesan los familiares tras la muerte de un ser querido. Algunas personas pueden necesitar una atención especial al respecto, ya sea para orientar durante el proceso, o para prevenir y/o tratar lo que se conoce como duelo patológico (síntomas depresivos asociados a la muerte de un ser querido que duran más de lo esperable y/o con una mayor intensidad). Este duelo patológico puede producirse a raíz de padecer trastornos psicológicos previos que complican la aceptación de la pérdida.

Con respecto al personal sanitario

Todo el personal sanitario, incluido el psicólogo, son seres humanos a los que el sufrimiento ajeno también afecta. Aunque son profesionales muy preparados, hay fluctuaciones naturales en nuestras vidas que nos hacen más o menos vulnerables a según qué situaciones en según qué momentos. Y el trabajo con los pacientes terminales y sus familias está plagado de circunstancias de todo tipo.

Al igual que puede pasarle al cuidador principal, el día a día también puede “quemar” al personal sanitario. Este fenómeno se conoce técnicamente como síndrome de burnout o del desgaste profesional. Prevenirlo y/o tratarlo también es tarea del psicólogo, generando un clima de apoyo mutuo en el equipo para permitir la expresión de emociones o pensamientos negativos que puedan influir en el trabajo y en la vida privada de cada uno de ellos. Incluso el propio psicólogo también debe buscar apoyo de otros colegas de profesión para el mismo fin.

También se puede asesorar al médico a la hora de dar pronósticos, comunicar noticias difíciles a pacientes y familiares, o enseñar nociones básicas sobre muchos de los conceptos que acabamos de tratar.

Los aspectos espirituales

En ocasiones puede resultar polémico tratar la espiritualidad, al entenderse que es un terreno subjetivo e íntimo, donde los profesionales no deben inmiscuirse. Sin embargo, se encuentre ausente o presente en el día a día de la persona, cuando llega el final se vuelve crucial.

La espiritualidad es un pilar fundamental en la intervención con pacientes terminales.

La espiritualidad es un pilar fundamental en la intervención con pacientes terminales.

Esto no significa que todo el mundo se vuelva religioso ante la llegada de la muerte, pero es cierto que suele producirse un desbarajuste en las creencias y el paciente puede ver necesario hablar de ello. Se plantean muchas preguntas difíciles de responder, en algunos casos se resuelven de forma religiosa tradicional, en otras se alcanza una espiritualidad personal y única, y en otros se concluye con la no-creencia, el ateísmo (que no deja de ser una creencia). A veces puede ser útil pedir colaboración a un representante de la religión o creencia que nuestro paciente profese, para que lleve a cabo ritos que le ayuden.

Una de las herramientas que usa el psicólogo en esta etapa se conoce cómo Revisión de la vida: la persona hace un relato de toda su historia o de los momentos que considere más significativos y, junto con el psicólogo, va reflexionando y dando sentido a lo que ha sido su vida, lo que ha significado, cómo quiere que se le recuerde, etc. Es una forma de “leer” lo que ha sido nuestra “autobiografía” e intentar darle el mejor de los finales, como ocurría en la película Big Fish. En palabras de Cicely Saunders: “Permitir a los enfermos enfrentarse con la realidad, reconciliarse y despedirse, en una palabra, ser verdaderamente ellos mismos, es uno de los desafíos continuos de los que acompañan a los enfermos”.

El momento del final de la vida, aunque amargo, también puede ser una balanza en la que medir el valor de las cosas: los momentos que en el ajetreo diario suelen perder su importancia, se ven revalorizados; y los problemas que nos hacían tediosa la existencia, dejan de ser tan urgentes como antes. Y con todo ello, el paso previo a la muerte puede convertirse en lo que uno quiere que sea, pues, como dice Victor E. Frankl “si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”.

Para saber más…

Sobre Javier Corchado

Psicólogo. Ha participado en diversas investigaciones sobre Psicooncología en la Universidad de Sevilla. Desde 2010 a 2015 colaboró con la Asociación Española Contra el Cáncer, al principio como voluntario en el Hospital Virgen de Macarena y desde 2012 como voluntario online en www.aecc.es. Actualmente estudia para pertenecer al Cuerpo Superior Técnico de Instituciones Penitenciarias en la especialidad de Psicólogo, a la vez que es editor y autor en Psicomemorias.

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