Orificios en el cerebro: el curioso caso de Phineas Gage - Psicomemorias
¿Quieres publicar tu artículo en Psicomemorias y ayudarnos en nuestra misión de divulgar psicología?
¡Claro que quiero!

Orificios en el cerebro: el curioso caso de Phineas Gage

El 13 de septiembre de 1848 la vida de Phineas Gage, joven capataz de 25 años que trabajaba en la construcción del ferrocarril Rutland & Burlington Railroad en Cavendish (Vermont, Estados Unidos), se vio modificada para siempre.

Ese día, como era habitual en su trabajo, debía volar unas rocas con explosivo para permitir el paso de las vías del tren. Primero realizó un agujero estrecho con una barra de hierro y luego lo rellenó con pólvora, un detonador y arena. Finalmente, apretó y compactó la carga con la barra de hierro. Quizá por un descuido en el relleno o porque se olvidó de colocar la arena, la carga explotó de improviso y la barra de hierro salió disparada alcanzado a Gage en el pómulo izquierdo, por debajo del ojo, y saliendo por el centro del cráneo, al inicio de la cabellera. La barra medía 1,10 metros, tenía 3,2 centímetros de diámetro y pesaba casi 6 kilos. La fuerza de la explosión la impulsó a más de 30 metros de donde había quedado tirado el cuerpo del joven obrero, manchado de sangre y líquidos cerebrales. Pero, curiosamente, Phineas había sobrevivido.

A los pocos minutos del accidente, recuperó la consciencia. Fue capaz de ponerse de pie y montar a caballo hasta la ciudad, donde se presentó en un consultorio médico diciendo: “Doctor, creo que voy a darle bastante que hacer”, como bien nos relata el neurólogo y escritor Oliver Sacks en el capítulo que le dedica en su libro Un antropólogo en Marte (1995).

El doctor John Martyn Harlow, quién se ocupó del caso, escribió que “Se afeitó el cuero cabelludo, se retiró un coágulo con tres pequeñas piezas triangulares del hueso frontal, y en la búsqueda para determinar si había cuerpos extraños en el cerebro, pasé el dedo índice de la mano derecha por toda la extensión de la abertura, en la dirección de la herida en la mejilla, que recibió el dedo índice izquierdo de la misma manera, apenas se sentía la introducción del dedo en el cerebro. Aparte de las piezas triangulares ya mencionadas como eliminadas, había otras dos piezas separadas del hueso frontal, la anterior de dos y media por dos pulgadas, y la posterior de una y media por dos pulgadas, dejando el diámetro antero-posterior de la abertura en el cráneo completamente tres pulgadas y media”. Más adelante nos relata que: “a las 7 de la mañana, el día 14, ha dormido un poco durante la noche; parece estar dolorido; habla con dificultad; presenta tumefacción de la cara considerable y creciente. Reconoce a su madre y tío. Sangrado en la boca continúa. Pregunta quién es el capataz en su pozo. No ha vomitado desde la medianoche. Al día siguiente, el día 15, la hemorragia cesó por completo. Durmió bien la mitad de la noche y pudo ver objetos indistintamente con el ojo izquierdo”.

Unas semanas después tuvo un absceso (acumulación de pus) en el lóbulo frontal y mucha fiebre, pero se le curó al poco tiempo. También perdió el ojo izquierdo. Aunque una parte de sus lóbulos frontales había desaparecido, fue capaz de recobrar la mayoría de sus habilidades mentales y en 1849 fue declarado “completamente recuperado”.
Gracias a los escritos de Harlow profesionales de la psicología, la neuroanatomía, la neurofisiología y las neurociencias han podido estudiarlo a la luz de las nuevas teorías y descubrimientos.

Tras escasas 10 semanas las funciones del cerebro de Gage parecían haberse recuperado, como si los tejidos celulares del cerebro hubiesen sabido reorganizarse para compensar la ausencia de varios centímetros cúbicos de lóbulo frontal. Sin embargo, al doctor Harlow le llamó la atención una cosa: aunque el capataz no parecía tener déficits intelectuales, su personalidad había cambiado a raíz del accidente y no volvería a ser el mismo durante el resto de su vida. Al respecto escribió: “el 15 de septiembre, dos días después del accidente, el paciente perdió el control de su mente, y se volvió decididamente delirante, con intervalos ocasionales de lucidez. Ese día se introdujo una sonda metálica en la abertura en la parte superior de la cabeza y hacia abajo hasta que alcanzó la base del cráneo, sin resistencia ni dolor, y el cerebro no era sensible”.
Cuando Gage retomó al trabajo, sus compañeros comenzaron a notar que ya no se trataba de la persona amable, cordial y eficiente que siempre había sido, sino que ahora tenía mal carácter, se irritaba con facilidad, era grosero, derrochador, con una visión muy cortoplacista de la vida, caprichoso, violento y egoísta, comenzó a beber en exceso y provocaba peleas en los bares.

El doctor Harlow escribió sobre estos cambios en la conducta de Gage: “Sus contratistas, que lo consideraron el capataz más eficiente y capaz en su trabajo antes de su lesión, consideraron el cambio en su mente tan marcado que no podían darle su puesto de nuevo. El equilibrio o balance general, por así decirlo, entre sus facultades intelectuales y las propensiones animales, parece haber sido destruido. Es irregular, irreverente, complaciéndose a veces con la más grosera blasfemia (que antes no era su costumbre), manifestando poca deferencia por sus semejantes, impaciente de contención o consejo cuando entra en conflicto con sus deseos, a veces pertinazmente obstinado, pero caprichoso y vacilante, diseñando muchos planes de operación futura, que tan pronto como estén abandonados, a su vez se vuelven más factibles. Un niño en su capacidad y manifestaciones intelectuales, tiene las pasiones animales de un hombre fuerte. Antes de su lesión, aunque no estaba entrenado en las escuelas, poseía una mente bien equilibrada, y era considerado por aquellos que lo conocían como un hombre de negocios astuto e inteligente, muy enérgico y persistente en la ejecución de todos sus planes de operación. En este sentido, su mente cambió radicalmente, tan decididamente que sus amigos y conocidos dijeron que «ya no era Gage»”.

Pronto dejó su puesto en el ferrocarril y comenzó a trabajar en el Barnum´s American Museum (Manhattan, New York) y en diversos espectáculos circenses, exhibiéndose junto a la barra de metal que le había atravesado la cabeza. En los años posteriores estuvo viviendo en Valparaíso (Chile), donde trabajó como conductor de carruajes de caballos. También pasó un tiempo en Inglaterra. Finalmente regresó a los Estados Unidos, donde vivió con su madre y su hermana en California. Su salud ya estaba deteriorada y comenzó a sufrir fuertes ataques epilépticos, que lo llevarían a la muerte el 21 de mayo de 1860, a la edad de 37 años.

Años más tarde, el doctor Harlow pidió permiso a la hermana para exhumar el cadáver y recuperar el cráneo. Este, junto con la barra de hierro del accidente, terminó expuesto en el Museo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, institución en donde el doctor Harlow dictó varias conferencias y publicó artículos sobre el caso.

Una consecuencia nefasta

Lamentablemente, el caso Gage ayudó a desarrollar una técnica brutal que se aplicó durante décadas a personas con enfermedades psíquicas y neurológicas: la lobotomía. Esta técnica consiste en la destrucción total o parcial de las fibras nerviosas de los lóbulos frontales sin ablación, en caso contrario hablaríamos de lobectomía. Si bien se utiliza el concepto de lobotomía en un sentido amplio, debe llamarse propiamente lobotomía a la destrucción de las vías nerviosas sin extirpación y lobectomía cuando sí hay extirpación.

En 1879 el médico David Ferrier presentó, en sus famosas Conferencias Gulstonianas, un tipo diferente de síndrome que observó cuando extirpó los lóbulos frontales a unos monos: “A pesar de la aparente ausencia de síntomas psicológicos, pude percibir una muy resuelta alteración del carácter y comportamiento de los animales (…) En lugar de estar, como antes, activamente interesados en su entorno, y fisgonear en todo lo que aparecía en su campo de observación, permanecían apáticos, o apagados, o adormilados, y respondían sólo a las sensaciones o impresiones del momento, o transformaban su apatía en un vagar sin propósito de un lado a otro. No estaban privados realmente de inteligencia, pero habían perdido, según todos los indicios, la facultad de observar atenta e inteligentemente”.

Para la década de 1880 quedó demostrado que los tumores en los lóbulos frontales producían síntomas de apatía, indolencia, lentitud en la actividad mental, pérdida del autocontrol y, en algunos casos, cambios en la personalidad y “locura crónica” (según la expresión del neurólogo británico William Gowers). En 1884 se realizó la primera operación para extirpar un tumor del lóbulo frontal, y en 1888 se hizo otra con la única intención de aliviar los síntomas positivos de la esquizofrenia (es decir, las alucinaciones, delirios y trastornos del pensamiento y de movimiento).

Tales destrozos no se repitieron hasta la década de 1930, cuándo el médico y político portugués Antonio Egaz Moniz patentó la técnica de la lobotomía. En 1935 realizó su primera operación en la Universidad de Lisboa con ayuda del cirujano Almeida Lima. En 1949 Moniz ganó el Premio Nobel de Medicina, pese a la protesta de familiares de personas lobotomizadas que comenzaban a cuestionar los efectos de esta práctica. Entre 1935 y 1967, cuando se realizó la última lobotomía legal, se calcula que entre 45 y 50 mil personas fueron lobotomizadas (la mayoría en los Estados Unidos). Si bien tras la operación las personas disminuían su conducta violenta y antisocial, también perdían muchas funciones cerebrales y se evidenciaba una clara desconexión con el ambiente.

La lobotomía representa una violación a los derechos y libertades de las personas con sufrimiento mental padecimientos mentales y fue utilizada por los gobiernos como una estrategia de control social.

¿Qué nos enseñó el accidente de Phineas Gage?

La importancia del caso de Phineas Gage para la psicología y las neurociencias radica en que fue el primero en demostrar la relación entre los lóbulos frontales y la personalidad, y la capacidad del cerebro para compensar las lesiones al realizar las partes sanas del cerebro parte de aquellas funciones que antes realizaban las que ahora están dañadas, lo que hoy se conoce como neuroplasticidad. La frenología del siglo XIX consideraba que cada parte de la corteza cerebral era la sede de una facultad intelectual o moral concreta, pero en las décadas de 1830 y 1840 surgió una reacción en contra, hasta tal punto que el cerebro se veía a veces cómo algo tan indiferenciado como el hígado. De hecho, el gran fisiólogo Pierre Flourens había dicho que “el cerebro secreta pensamiento igual que el hígado secreta bilis”. La aparente ausencia de cambio en la personalidad de Gage en los días posteriores al accidente parecía sustentar esa idea. El desarrollo posterior mostró lo erróneo de ambas posturas extremas.

El accidente de la barra de metal también sirvió para señalar las bases biológicas en las que se sustentan procesos psicológicos como la memoria, el control de las emociones, la toma de decisiones y la conducta social.

El caso de Phineas Gage fue recuperado en 1994 por otro neurólogo portugués, Antonio Damasio. En su “Teoría del marcador somático” sostiene que existe una relación entre los lóbulos frontales, la emoción y la toma de decisiones. Así mismo considera, en su libro El error de Descartes (1999), que este caso es histórico por creer que fue el comienzo del estudio de la base biológica del comportamiento. Tras estudiar el cráneo conservado en Harvard y realizar simulaciones computarizadas junto con la investigadora Hanna Damasio, llegó a la conclusión de que: “Gage tuvo daños graves en la zona ventromedial prefrontal, porción de un área que nuestras recientes investigaciones han definido como crucial para la toma de decisiones (…) La reconstrucción de Gage reveló que ciertas zonas que se consideran vitales para otros aspectos de la función neuropsicológica no habían sido dañadas. Las capas corticales de la zona externa lateral del lóbulo frontal por ejemplo, cuyo deterioro disminuye la capacidad de atención, de cálculo o de cambio apropiado de un estímulo a otro, estaban intactas. Esta investigación moderna autoriza ciertas conclusiones: Hanna Damasio y sus colegas podían afirmar con fundamento que la incapacidad de Gage para planificar su futuro, para conducirse de acuerdo a las normas sociales de comportamiento aprendidas previamente y para decidir un curso de acción que en definitiva fuera beneficioso para su supervivencia, se debía a un daño selectivo en las capas corticales prefrontales de su cerebro”.

Pero fueron John Darrell Van Horn y su grupo de la Universidad de California (UCLA) quienes analizaron el caso con los más avanzados métodos de análisis de imágen para seguir la trayectoria del daño que la barra de hierro causó en el cerebro de Phineas Gage. Reconstruyeron su trayectoria y la compararon con escaneos cerebrales de personas sanas de parecida edad y físico con Gage. Así pudieron localizar las zonas dañadas: había destrucción en el hemisferio cerebral izquierdo pero no en el derecho, aproximadamente el 4% de la corteza del lóbulo frontal izquierdo había sido atravesado por la barra y en su paso por el cerebro y salida por la parte superior de la cabeza se había afectado el 10% de la sustancia blanca que contiene fibras (no cuerpos neuronales) que conectan unas zonas del cerebro con otras. Los investigadores sugieren que algunas zonas del cerebro, que no están afectadas directamente por la barra, pueden fallar porque ha desaparecido su conexión con el resto por esa destrucción de sustancia blanca.

Una explicación alternativa es la que ofrece Zbigniew Kotowicz, quien se opone a las interpretaciones que consideran que Gage sufrió un cambio de personalidad (de educado y sociable a psicopático) como consecuencia del daño cerebral. A partir de un examen detallado de su historia llega a la conclusión de que, en primer lugar, no había nada psicópatico en su comportamiento y que los cambios en su vida se explican por el impacto social que suponía estar desfigurado y ser visto por los demás como alguien a quién le falta un pedazo de cerebro. Para Kotowics, el nuevo paradigma de la psiquiatría orientada a las neurociencias puede conducir a una erosión del conocimiento clínico y el caso Gage sería un ejemplo de esto.

Algo similar sostiene Alfred Adler con su concepto de “Inferioridad de Órgano”, que presentó en un trabajo de 1907. Por entonces sostenía que las personas que nacen o adquieren una parte del cuerpo más débil que las demás buscarán responder a esa inferioridad con una compensación orgánica o psicológica. Pero quienes no consiguen lidiar con esa dificultad vivirán su vida con un malestar crónica que afectará su personalidad. Aunque más tarde la abandonó, esta idea siguió teniendo influencia en la medicina psicosomática y el tratamiento de algunos trastornos psicológicos.

Si bien el carácter orgánico de la lesión de Gage no se puede negar, es importante no descartar las influencias del ambiente social y los factores psicológicos en el posterior comportamiento de una persona afectada por un terrible accidente.

Hoy se consideraría a Phineas Gage como un caso de síndrome prefrontal, que afecta las funciones cognitivas más complejas y evolucionadas del ser humano tras una lesión en los lóbulos frontales. La sintomatología es muy variada y se relaciona con la localización, el tamaño, la profundidad y la lateralidad de la lesión. En este sentido, podemos hablar de trastornos en el razonamiento, en la capacidad de generar estrategias que permitan solucionar problemas, el lenguaje, el control motor, la motivación, la afectividad, la personalidad, la atención, la memoria y la percepción.

A 170 años del trágico accidente que sufrió el joven Phineas Gage, su caso sigue siendo objeto de estudio y ha aportado al conocimiento del órgano más enigmático y complejo de nuestro cuerpo: el cerebro.

Para saber más:

Eduardo Angulo: “El caso de Phineas Gage”, Cuadernos de Cultura Científica.
Esperanza Bausela Herreras: “Síndrome Frontal: sintomatología y subtipos”, Revista de Psicología Científica
Antonio Damasio: “El error de Descartes. La razón de las emociones”, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1999
John Martyn Harlow: “Recovery from the Passage on a iron bar through the head” (1869).
Zbigniew Kotowicz: “The Strange case of Phineas Gage”, History of the Human Sciences, vol. 20, N° 1, febrero de 2007, pp 115- 131.
Ursula Oberst, Virgil Ibarz y Ramón León: “La Psicología Individual de Alfred Adler y la Psicosíntesis de Oliver Brachfeld”, Revista de Neuropsiquiatría, N° 67, 2004, pp. 31- 44.
Oliver Sack: “Un antropólogo en Marte. Siete relatos paradójicos”, Barcelona, Anagrama, 2005.

Sobre Luciano Andrés Valencia

Escritor argentino Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de La Pampa y actual estudiante de Psicología por la Universidad Nacional del Comahue. Autor de 'La Transformación Interrumpida' (2009) y 'Páginas Socialistas' (2013). Entre sus obras colectivas y antologías en las que participó se encuentran, entre otros: 'Poemas Vivos' (2005), 'Historia de La Pampa' (2008 y 2014), declarada de Interés Legislativo por la Cámara de Diputados de la provincia de La Pampa (resolución 83/03), 'Un Quijote en La Pampa' (2011), seleccionada en Certamen 2010 del Fondo Editorial Pampeano y 'Cuentos obstinados' (2018). Publica artículos y textos literarios en revistas y medios alternativos de Argentina y el extranjero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Quizás también te guste...

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. Saber más

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar