¿Obesidad o sobrepeso? ¿Tengo que ir al psicólogo?
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¿Obesidad o sobrepeso? ¿Tengo que ir al psicólogo?

Tengo que conseguir hacer esto antes de que llegue el verano…no pienso pisar la playa… qué vergüenza… Por mucho que digan que la belleza está en el interior, ja, me río yo de eso como siempre se han reído de mí… ya no sé qué hacer…así nadie va a quererme nunca

La obesidad es conocida como la epidemia del siglo XXI. La obesidad y el sobrepeso son definidas como una acumulación anormal o excesiva de grasa que causa con frecuencia deterioros en diferentes ámbitos de la salud. A nivel mundial los datos son epidémicos. En 2014 se estimaban 1900 millones de personas con sobrepeso, de las cuales 600 millones eran obesos. Esta problemática afecta a más de 41 millones de niños menores de cinco años. A pesar de que puede prevenirse, las cifras de la obesidad aumentan año tras año en todo el mundo y en todas las clases sociales. En España, el 40 % de los adultos presenta sobrepeso y el 20 % obesidad. En la infancia y la adolescencia los datos no tranquilizan, calculándose que el 30 % tiene sobrepeso y el 15 % obesidad. Esta situación es un reto para la salud pública, desde diferentes organizaciones de la salud y la nutrición se exigen medidas para mejorar esta situación que conlleva multitud de problemas y enfermedades.

 

Unas pautas alimenticias saludables son esenciales en la obesidad y el sobrepeso (Google Images)

Más allá del deseo de cambio

Los problemas de salud son múltiples en relación a la obesidad y el sobrepeso. A nivel médico las principales enfermedades son diabetes, cáncer, hipertensión, cardiopatías o accidentes cerebrovasculares. Estas últimas son las principales causas de muerte en nuestro país. ¿No son suficientes para darnos cuenta del riesgo y poner medidas?

La población infantil, como siempre, es la más vulnerable. Los niños no eligen en qué contexto viven ni qué alimentos consumen, teniendo también limitada su capacidad para comprender las consecuencias de sus comportamientos a largo plazo. Los niños con obesidad tienen más probabilidades de sufrir diabetes tipo 2, problemas óseos, asma y disfunciones cardíacas, así como de presentar obesidad en la edad adulta, muerte prematura o discapacidad. Es misión de todos, desde familiares hasta gobernantes, el ponernos manos a la obra para ofrecer una mejor salud a los más pequeños.

Por si todos estos problemas médicos fueran insuficientes, la obesidad y el sobrepeso conllevan multitud de problemas sociales y psicológicos que pueden padecer desde los más pequeños hasta los adultos. Ahora que puede que seamos un poco más conscientes del problema al que nos enfrentamos como sociedad, es necesario resaltar el sufrimiento de las personas que lo padecen. Ir más allá de “unos cuantos kilos de más” arrastra dificultades en las relaciones sociales, aislamiento, problemas de autoestima y alteraciones en el estado de ánimo como depresión y ansiedad, entre otras. Las personas con obesidad y sobrepeso sufren el estigma social de la voluntariedad. Esto quiere decir que son habitualmente criticados por su estado. Piensa en cómo te sentirías si quisieses cambiar pero constantemente oyeses frases del tipo “si estás gordo es porque quieres”, “no seas flojo y ponte a hacer deporte” o “¿es que no te ves? Das asco”. La gran mayoría de las personas con obesidad viven en una lucha constante, pues la obesidad es una enfermedad multicausal que no puede ser atribuida exclusivamente a la voluntad de cambio, ni al balance de la ingesta de calorías y su gasto.

 

Múltiples causas intervienen en la obesidad: Factores genéticos, prenatales, metabólicos y hormonales, psicológicos, fármacos, nutrición, actividad física , educación, industrialización, medios de comunicación y publicidad entre otros.

 

Hay muchas causas e influencias en la obesidad, una dieta saludable y un adecuado ejercicio físico es fundamental, pero no solo es responsabilidad de Luis o Marta o los padres de Pedrito. Es importante valorar todas esas influencias y, sobre todo, no hacer juicios sobre las personas que nos rodean sin conocer su historia. Los estigmas y la culpabilización no ayudan a solucionar el problema. Los factores sociales, culturales y psicológicos conforman los que se conoce como ambiente obesogénico. Hay que mirar un poco alrededor de nosotros y fijarnos en los detalles para verlo, porque están ahí, pero no es tan fácil darse cuenta de ellos. Pensemos en nosotros mismos o en nuestros compañeros de trabajo, ¿vamos todos andando o en bicicleta? ¿Cuántas veces elegimos las escaleras frente al ascensor o las escaleras mecánicas? O si nos metemos en creencias alimenticias socialmente aceptadas… ¿Cuántos días al mes decimos “una vez al año no hace daño”? Quizás empiecen a fallar las cuentas… Esto es parte de nuestra conducta, personal e individual, pero no existe en el vacío. Hay un ambiente a nivel macro y microsistémico que nos influye, nos refuerza y nos fomenta una serie de conductas, emociones y pensamientos relacionadas con nuestro estilo de vida. Es importante pararnos a ver ese contexto.

La familia, los amigos o los compañeros de clase y trabajo son personas que tienen una influencia directa sobre cada uno de nosotros. Los comportamientos que desarrollamos frente a la alimentación se adquieren a través de la experiencia directa con la comida. Esta experiencia se vive prácticamente siempre en compañía. Pensad en un viernes noche, tus amigos deciden cuando quedáis que lo mejor es ir a comer a un restaurante de comida rápida, ya es tarde y sino no llegaréis a tiempo a esa fiesta que lleváis planeando semanas… ¡Es difícil negarse y mover a todos a otro tipo de establecimiento a la hora que es! Por otro lado, la familia es el motor principal desde la infancia, y es la que va a proporcionar la mayoría de aprendizajes, en este caso con la comida. La conducta alimentaria puede ser visto como un proceso interactivo, los hábitos de los padres llevan a los hijos a desarrollar estrategias específicas de alimentación. Un efecto detonante es el aprendizaje vicario, es decir, los niños hacen lo que ven. Los padres y hermanos son modelos de conducta. Si, en casa, papá y mamá picotean a menudo entre horas alimentos poco saludables o el postre siempre es un lácteo azucarado, asumimos que eso es lo que se debe hacer. Los niños no tienen capacidad para decidir qué alimentos consumir o no, son los padres y sus patrones educativos los que tienen la batuta. Los pequeños no van a quejarse si cada día el desayuno del cole es un batido de “brick” y unas galletas con formas de dinosaurio (¡Eh! ¡Están avaladas por la Asociación Española de Pediatría!). Quizás puede parecer que no es un mal desayuno, pero… es que la educación nutricional que recibimos los mortales es nula o de muy baja calidad. Es difícil como padres tomar buenas decisiones. Aquí os dejo un vídeo divulgativo sobre la famosa “dieta equilibrada” que espero ayude eliminar algunos de los muchos mitos que se expanden como la pólvora.

 

 

Mirando desde un poco más lejos, pensad cuántas máquinas expendedoras se ven habitualmente en centros de trabajo, estudio, ocio o incluso sanitarios. Ahora pensad en su contenido, ¿cuántas tienen frutas y cuántas alimentos dulces o ultraprocesados? ¡Exacto! ¡La disponibilidad de los productos es importante! Hablando de disponibilidad, ¿podríais recordar dónde están las escaleras normales en centros comerciales o grandes superficies? Es difícil, en muchos de los que yo he estado al menos, habría que recurrir a las escaleras de emergencias y puede que hasta meterte en un lío con el vigilante de seguridad. Hay muchos ejemplos, pero es obvio que los diseños urbanísticos y arquitectónicos son relevantes de cara a la disponibilidad y opciones para elegir una conducta u otra. Además de la disponibilidad es importante el coste, tanto económico como de tiempo, a la hora de tomar una decisión. A menudo es más eficaz comprar algo precocinado y envasado para llevar al trabajo que pararnos cada noche a cocinar también el almuerzo del día siguiente. Es fácil y está al alcance de la mano de forma bastante económica, al igual que estamos rodeados de establecimientos de comida rápida y barata o aquellos “snacks” de la máquina que se comentaba más arriba. Es más fácil y económico tener hábitos de vida poco saludables. El contexto lo facilita.

 

Efectos psicológicos de la obesidad

La obesidad no es considerada a día de hoy un trastorno mental. A pesar de ello, en el DSM-V (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) se hace referencia a ella en el apartado de “Otros problemas que pueden ser objeto de atención”. Siendo la obesidad o el sobrepeso un problema que principalmente se ha considerado una enfermedad médica, es relevante que su intervención también la llevan a cabo profesionales de la nutrición, de ciencias del deporte o de la psicología. La complejidad de esta problemática, así como su multicausalidad parece no dejar lugar a dudas. A nivel psicológico, como ya se ha comentado más arriba, las dificultades, tanto derivadas como causantes de la obesidad o el sobrepeso, son múltiples.

Comer emocional

Desde hace un tiempo se está hablando de este concepto, ¿qué es comer emocional? ¿Tengo un problema psicológico por ello? Comer emocionalmente está vinculado a la relación y las pautas que se desarrollan con la comida, aunque no necesariamente con la obesidad o el sobrepeso. Ocurre cuando se utilizan alimentos para afrontar emociones en vez de para calmar el hambre fisiológica. Y pensareis… “pero eso lo hacemos todos, ¿no?” Y no voy a quitaros la razón. Cualquiera puede tener un mal día en el trabajo, llegar a casa, cenar y de postre querer darse un “capricho” como unas onzas de chocolate. Si esta conducta está cubriendo o regulando un estado emocional, sí que es comer emocional. Esto no significa que sea nada grave, disfrútalo. ¿Qué pasa cuando como porque estoy ansioso por un examen? ¿Y si lo hago porque estoy deprimido porque acabo de tener una pelea con mi pareja? Además de los problemas de salud derivados cuando el comer emocional es algo habitual, el problema llegará cuando acabes de comer de este modo: tu malestar y esos sentimientos que realmente desencadenaron esta ingesta siguen ahí, ¡y encima te sientes culpable! Como casi siempre en psicología, esto es una complicación cuando conlleva un malestar significativo en tu vida, cuando es algo habitual o cuando se desarrolla dentro de un problema de obesidad o sobrepeso.

El comer emocional no es algo nuevo, aunque ahora se está comenzando a tomar conciencia y darle un nombre. Estos patrones conductuales, que pueden provocar una mala relación tanto con la comida como con nuestras emociones, se enseñan desde muy pequeños. No es raro ver niños a los que tras un logro se les refuerza con un dulce. El rizo se riza cuando se oyen cosas como “si te comes todas las verduras puedes tomar esta chocolatina de postre”, ya no es solo que el reforzador es un alimento superfluo, sino que el alimento que realmente es nutritivo para él es considerado como un “obstáculo” al que el niño debe sobreponerse si desea el premio. Otra cara de la misma moneda es “si dejas de llorar puedes comprarte unas gominolas en el kiosko”. Ni qué decir tiene que no solo a los niños se les educa así. La publicidad o el cine están plagados de patrones conductuales en los que las emociones son manejadas o escondidas a través de la comida: ese padre que al llegar su hija a casa tras una ruptura con su pareja lo soluciona ofreciéndole una pizza (le faltó darle helado, como en todas las películas). El manejo emocional brilla por su ausencia.

 

La imagen que tenemos de nosotros mismos puede afectar a la perspectiva global de lo que somos. (Google Images)

Autoestima. Imagen corporal

¿Te conoces? ¿Te quieres? Son dos preguntas diferentes, con dos respuestas diferentes y que implican conceptos psicológicos distintos. El autoconcepto, aunque parece que ya queda definido por su propio nombre, es ese conjunto de ideas, creencias y atribuciones que hacemos de nosotros mismos, tanto física como psicológicamente. Esto no significa que seamos objetivos ni realistas. Puede ser que creamos que somos muy organizados o muy secos con los demás y no sea cierto, pero sigue siendo el conocimiento que tenemos de nosotros, ya sea a nivel de formas de pensar, sentir o actuar con nosotros y los demás. La gran diferencia con la autoestima, es que una cosa es cómo nos veamos y otra muy distinta cómo nos valoramos. Las combinaciones de estos conceptos son muchas, puede ser que nos consideremos muy inteligentes y valoremos positivamente esta idea o que creamos que somos muy pesimistas y también lo consideremos algo positivo que nos ayuda a protegernos de los males del mundo. Ambos constructos suelen verse afectados cuando entramos en el campo del sobrepeso o la obesidad. Debido a los intentos por bajar de peso o por el hecho de haber subido unos kilos en la báscula, muchas personas pueden tener conceptos de sí mismo distorsionados, teniendo creencias distorsionadas o erróneas sobre cómo son. “Es que soy muy flojo, no puedo acabar nada de lo que empiezo” o “No valgo para nada, si no puedo controlarme con la comida cómo voy a conseguir ese ascenso”. Si estás pensado que este último ejemplo es de autoestima, estás en lo cierto. Puede producirse un malestar a ambos niveles, con nuestro autoconcepto y autoestima.

Obviamente, no solo la visión y valoración de uno mismo psicológicamente está afectada, la imagen corporal toma un papel protagonista en nuestra historia. La imagen corporal es la percepción que tenemos de nosotros mismos físicamente, nuestra apariencia, eso con lo que de primeras nos movemos con el mundo. Todos conocemos la frase:“lo que importa es el interior” pero en la sociedad en la que vivimos, a efectos prácticos, ¿cómo de importante es nuestra apariencia? Para las personas con sobrepeso y obesidad, su imagen se vuelve objeto central de sus pensamientos y preocupaciones, a menudo, más que su propia salud, aunque no debería ser así. El sobrepeso y la obesidad deben preocupar porque, independientemente de nuestras ideas sobre el físico, son un enorme riesgo para nuestra salud. De este modo, su autoestima empieza a girar alrededor de su cuerpo, su peso y su figura. Esto provoca un gran malestar y una insatisfacción que, como veremos, puede afectar a su estado de ánimo y a esas creencias distorsionadas entre otras esferas psicológicas.

 

Depresión

“Me siento muy inútil, no voy a poder y toda la culpa será mía”. ¿Quién puede pensar esto? Son pensamientos que podría tener cualquier persona en un momento difícil de su vida o alguien que presente un trastorno depresivo, pero también una persona con obesidad. A menudo, cuando se dan factores como una percepción negativa de nosotros mismos, creencias distorsionadas de nosotros y el mundo, dificultades en las relaciones sociales o el no conseguir una meta propuesta, suelen llegar alteraciones en el estado de ánimo. Así, se pueden encontrar sentimientos de culpa, frustración, tristeza, desgana o incapacidad de disfrutar del resto de las esferas de la vida. Por otro lado, tal y como se comentaba más arriba, estos sentimientos pueden intentar regularse a través del consumo de comida de manera poco saludable, lo que no hace más que crear un círculo vicioso de mayor culpabilidad y sensación de incontrolabilidad.

 

Ansiedad

Toda la sintomatología psicológica que puede desencadenar (y a la vez causar) problemas de relación con la comida, de obesidad y sobrepeso está muy relacionada. La sensación de falta de control y la preocupación por el peso y la figura provocan un elevado nivel de estrés y ansiedad, que puede llegar a ser muy incapacitante. Cuando se presenta un deseo por perder peso, complementado con la necesidad de cambios en las rutinas y dietas restrictivas poco adecuadas con alimentos prohibidos, los niveles de inquietud y frustración pueden ser muy elevados, disparándose la ansiedad y pudiendo dar lugar a atracones alimenticios.

 

La obesidad y el sobrepeso puede generar un elevado malestar psicológico que afecte a otras esferas de nuestra vida. (Google Images)

Aislamiento social

La sociedad marca unos cánones de belleza muy fuertes. El ideal de belleza lleva complementariamente una serie de atribuciones psicológicas y sociales deseables. Casi sin darnos cuenta, a la persona atlética y delgada le atribuimos otra serie de capacidades y actitudes deseables como fuerza de voluntad, responsabilidad, constancia e incluso inteligencia. Por el contrario, a las personas con obesidad o sobrepeso se les considera carente de este tipo de cualidades. La discriminación es algo palpable para estas personas.

Como en casi todos los ámbitos, los niños y los adolescentes son los más vulnerables. No será extraño recordar cómo el niño “gordito” era el último en ser elegido en clase de educación física o cómo acababan de porteros cuando había que jugar a algún deporte de equipo como el fútbol. Esta discriminación, así como las burlas y los insultos respecto a su físico, afecta a su autoestima, su estado de ánimo y la seguridad en sí mismos. No es de extrañar que acaben aislándose y restringiendo sus actividades deportivas por vergüenza o miedo al rechazo, lo que sienta las bases para mantener esta problemática. No solo los niños, en el mundo adulto, las personas obesas también sufren esta discriminación en el ámbito laboral, existiendo trabajos a los que directamente no pueden optar por no cumplir las expectativas sociales establecidas. Todo ello, sumado a una baja autoestima, la ansiedad que provoca la evaluación de los demás, el miedo al fracaso, al rechazo o al ridículo crean un cultivo para el aislamiento forzado o voluntario al que se ven expuestas las personas con obesidad o sobrepeso. Es complicado salir a ligar con tus amigos si crees que probablemente acabes solo en la fiesta o ir a la playa a exponerte literalmente. Este aislamiento aumenta la probabilidad de refugio en la comida con las consecuencias negativas que ello conlleva.

Además de estos efectos psicológicos de la obesidad, es importante comentar que existen trastornos mentales, estos sí considerados como tales, vinculados con la obesidad y el sobrepeso. No es raro encontrar personas con episodios o trastornos por atracón, así como trastornos de ingesta nocturna, de forma paralela a la temática que hoy hemos abarcado. Especial cuidado hay que poner, de nuevo, en niños y adolescentes. El sobrepeso y la obesidad infantil, con la consiguiente preocupación por el peso, la internalización del ideal de delgadez, comportamientos inadecuados para perder peso, historiales de dietas, baja autoestima y dificultades emocionales son los ingredientes “perfectos” para el desarrollo de un trastorno de la conducta alimentaria como pueden ser la anorexia o la bulimia.

 

Entonces, ¿tengo que ir a un profesional?

Como a estas alturas ya sabréis, el sobrepeso y la obesidad son campos muy complejos y en el que se entremezclan factores de ámbitos como la nutrición, el deporte, la medicina o la psicología. Desde la perspectiva psicológica se han comentado los principales efectos que tiene la obesidad, el sobrepeso y algunas conductas relacionadas con la alimentación en las personas que las padecen. Es obvio que existen multitud de consecuencias y causas que deben ser abordadas desde el campo de la psicología siempre con apoyo del resto de ciencias que puedan aportar a las que personas un abordaje completo y más eficaz para alcanzar un buen estado de salud.

Entonces, si tengo sobrepeso u obesidad, ¿tengo que ir al psicólogo? ¿O es cosa de locos? Una vez leí que lo que sí sería de locos es no pedir ayuda si se necesita. Así, que si te encuentras en una situación que no puedes manejar por ti mismo o no encuentras cómo solucionarla, lo ideal es que acudas a los profesionales especialistas de tu problema. Un psicólogo en estos casos puede ayudarte para establecer una relación sana con la alimentación a través de: pautas psicoeducativas relativas a la comida, trabajar creencias erróneas respecto a ti mismo, respecto a tus conductas con la alimentación o creencias sociales interiorizadas como el peso o la talla, manejo de emociones, cambio de hábitos de vida, manejo estrés y la ansiedad, mejora autoestima, tolerancia a la frustración, adherencia a la dieta o técnicas de autocontrol, entre otras cosas.

 

Mira más allá

La obesidad o el sobrepeso son problemáticas más complejas de lo que a simple vista puede parecer. Es importante conocer para poder opinar, pero sobretodo hay que tener cuidado con no juzgar a las personas de las que no conocemos todo su proceso, ni por lo que están pasando. Llevar unas pautas alimenticias saludables y un adecuado ejercicio físico es la piedra angular en esta problemática, pero saber un poco más sobre la multitud de causas que pueden provocar o mantener la obesidad y las dificultades a las que se enfrentan estas personas día a día permite mostrar mayor comprensión y apoyo. Pero no sólo a ellos, sino que entre todos podemos apostar por hábitos de vida más saludables y exigir un contexto más favorecedor para la salud.

 

 

Para saber más:

Una organización: Organización Mundial de la Salud (OMS)

Un libro: Jiménez, L., (2014), Lo que dice la ciencia para adelgazar, Ed.  Plataforma.

Una web divulgación: https://www.midietacojea.com/

 

Sobre Marga García Fernández

Psicóloga Sanitaria con experiencia en evaluación e intervención psicológica en la Unidad de Psicología Clínica del Hospital Virgen Macarena y la unidad de Salud Mental Comunitaria del Hospital Virgen de Valme. Ha colaborado en la Asociación de Padres y Familiares de Personas con Trastornos Mentales Graves (ASAENES) y se ha formado como experta en trastornos de la conducta alimentaria y obesidad. En la actualidad forma parte del GIPED como Psicóloga de emergencia además de ejercer la Psicología sanitaria como profesional independiente en Sevilla.

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