Columna de opinión : No me gustan los preliminares
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No me gustan los preliminares

 

pesar de que cualquier revista hoy en día aconseja al menos veinte minutos de preliminares antes del sexo, no puedo evitarlo: la palabra me provoca aversión.

Me ocurre lo mismo siempre que oigo que alguien se refiere a los juguetes eróticos como “consoladores”. Sí, el origen del invento explica que esto sea así, pero no justifica que a día de hoy sigamos usándolo, y me parece tristemente retrógrado tener que emplear un término con connotaciones tan negativas para referirnos a algo que está pensado para dar placer. Las palabras que usamos influyen en la manera en que percibimos aquello que nombramos, y llamar “consolador” a un juguete lleva de alguna manera asociado el mensaje de que quien lo utiliza está desesperado y necesita consuelo. También perpetúa mitos como que el autoerotismo es una práctica a la que sólo acudimos cuando no tenemos pareja, o que quien se masturba teniendo pareja es porque se encuentra sexualmente insatisfecho.

Pues con los preliminares ocurre lo mismo. La palabra “preliminar” implica que “va antes de algo”, que es una mera preparación para lo que viene después. Consecuentemente, estamos quitando el foco de lo que está pasando en el momento presente (aunque sea placentero, divertido y maravilloso) para poner el acento a lo que esperamos que pase unos veinte minutos más tarde.

Me entran escalofríos cuando oigo a alguna persona decir “a mí es que me gustan más los preliminares que el sexo en sí”. ¡Es que los mal llamados preliminares ya son sexo en sí! Es que hay muchas cosas que son sexo, más allá del coito. Somos seres sexuados, con una capacidad inmensa de disfrutar, y estamos tan ciegos que, demasiado a menudo, no vemos ese mundo infinito que existe más allá de los genitales y la penetración. De la tarta erótica que podemos comernos, nos quedamos solo con la guinda.

No hemos evolucionado tanto como nos creemos a la hora de enfrentarnos al sexo. Nos creemos liberados, pero hemos pasado de un tipo de restricciones a otras. De un extremo en el que no se podía hablar de sexualidad libremente al extremo contrario en el que se habla mucho pero solo para imponer normas sociales. Abrid una revista cualquiera y encontraréis artículos del orden de “Cuánto sexo es recomendable practicar a la semana”, “Las posturas más sexies en la cama”, “13 trucos para masturbar a tu pareja” y por supuesto el famoso “20 minutos de preliminares antes del sexo aumentan la posibilidad de alcanzar el orgasmo”. Lo más triste es que no me he inventado ninguno de estos enunciados. Pero vamos a ver señores… ¡Que nos están diciendo cómo follar! ¡Y cuánto! ¡Y en qué posturas! Y nos están vendiendo que lo importante es la penetración y el orgasmo (irónico cuanto menos, ya que la penetración es la manera por la que menos porcentaje de mujeres alcanza el orgasmo). Es más, se habla de llegar al clímax como “terminar”, “acabar” o “final feliz”. Y punto. Ahí se acaba el sexo. Eso si es que llegas a ese punto (si no, parece que hay que sentirse mal por ello). Y al parecer lo de antes (los “preliminares”) tampoco cuenta como sexo. Así que cuidado, que si esto no funciona para que tú disfrutes, igual es que eres una frígida (término que curiosamente jamás he visto empleado sobre un hombre). Y si lo que te pone se sale de la norma, ojito, que puede que tengas una parafilia (porque aquí sólo se respetan las preferencias sexuales de la mayoría).

Vaya, que al final nos crean expectativas e ideas sobre cómo tenemos que ser y cómo tienen que ser con nosotros en la cama. Y esto afecta a tres momentos clave:

Antes del encuentro en vez de ilusión o excitación, tenemos ansiedad porque sabemos que vamos a juzgar y a ser juzgados. Que tenemos que rendir, que tenemos que corrernos, pero tampoco demasiado pronto. Eso no es sexo, maldita sea, es una competición deportiva.

Durante el encuentro, experimentamos el llamado “fenómeno del espectador”: empezamos a observarnos desde fuera… “¿Lo estaré haciendo bien?” “¿Esa cara que está poniendo es de placer o de dolor?” “¿Se me verá el culo muy gordo en esta postura?”. Etc., etc. Porque el erotismo sale por la ventana si dejamos que el marketing sexual se meta entre las sábanas.

Y por último, después del encuentro… Anda, si resulta que no se parecía en nada a lo que nos habíamos imaginado. ¡Cuánto daño hacen las expectativas!

A la larga, más allá del hecho de restarnos placer y diversión (que ya de por sí me parece bastante gordo), toda esta ansiedad de rendimiento, estas expectativas, estas frustraciones cuando no se cumplen… acaban derivando en problemas sexuales.

Claro que la solución no es únicamente cambiarle el nombre a los preliminares. La comunicación sexual asertiva es otra gran aliada. Pero mientras aprendemos a no dejarnos influenciar demasiado por las presiones externas para disfrutar de nuestro cuerpo como nos dé la real gana, es un pequeño paso reivindicar el valor de los besos, de las caricias, de las partes del cuerpo más alejadas de los genitales, del PLACER en mayúsculas, aunque éste no sea siempre sinónimo de orgasmo (por suerte, es mucho más amplio que esos pocos segundos de éxtasis).

En resumen, que yo no dejo que nadie me diga cuántos preliminares debo tener. A mí no me gustan y yo no tengo de eso. Yo tengo juego erótico, que es mucho mejor.

 

Sobre Laura Marcilla

Psicóloga por la Universidad de Sevilla, ha desarrollado conocimientos en el ámbito de la sexología gracias a su trabajo en una empresa de tapersex y en distintas ONGS, además de su formación como mediadora en educación afectivo-sexual. Actualmente, forma parte de Gambling Therapy, una organización de Reino Unido donde trabaja aportando consejo terapéutico para el tratamiento de la ludopatía, a la vez que cursa el Máster Oficial en Ciencias de la Sexología por la Universidad de Almería.

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