Neurotransmisores: el cóctel cerebral - Psicomemorias
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Neurotransmisores: el cóctel cerebral

Oímos en los anuncios términos como “la hormona de la felicidad” y similares pero, como no mucha gente controla demasiado esta materia, ¿creemos realmente que la felicidad puede deberse a una sustancia concreta? Nos gusta pensar que nos conocemos a nosotros mismo pero, ¿sabe el común de los mortales realmente cómo funciona nuestro cerebro? Va a ser que no. Y para colmo, cuando los especialistas van a divulgar al respecto, los medios deforman la información para hacerla más atractiva…

Aún siendo el cerebro la estructura más compleja y enigmática que conocemos, poco a poco vamos descifrando sus secretos. Gracias a estos avances, a la mayoría ya le sonarán en mayor o menor medida las neuronas y, de forma básica, cómo se comunican (a dos niveles: uno eléctrico y otro químico), pero cuando nos vamos a la parte química la cosa se complica. En este artículo vamos a ofrecer algunas pinceladas sobre algunas de las sustancias que forman parte de nuestro peculiar “cóctel” cerebral.

¿En qué medida afectan estas sustancias a nuestra forma de pensar y sentirnos? Lo primero que tenemos que zanjar, antes de entrar en faena, es esa visión artificiosa tan extendida de que la química es algo ajeno a “nosotros” y quienes somos. Estas sustancias no llegan a nuestro organismo desde fuera, por ejemplo en el agua del grifo, sino que las producimos nosotros y son tan parte nuestra como nuestro pelo (el que lo tenga), uñas o lunares. Como tal, afectan a nuestra conducta, siendo parte inseparable de ella. Son, al fin y al cabo, una parte capital de la comunicación entre neuronas.

La comunicación de neuronas tiene muchas formas. Una de las más conocidas es la que se produce en los “botones sinápticos” (resumida en la imagen) pero hay muchas más.

Pensemos en nuestro cerebro como si fuera España vista desde el cielo. Para llegar, por ejemplo, de Cádiz a Alicante tendremos que tirar de carreteras o de vías de tren: esto serían nuestras conexiones neuronales, los caminos que unen unas zonas con otras. Pero ese trayecto es largo hasta parecer infinito, aburrido y poco eficiente. ¿Qué hacemos para acelerarlo? Nos saltaremos las vías y buscaremos coger un avión, que tiene un trayecto directo aun no existiendo un camino como tal. Bien, nuestros cerebros están así de bien diseñados, mucho mejor que el entramado de carreteras y de Renfe (por suerte) y tiene estos aviones particulares, los neurotransmisores, para llevar la comunicación de forma más eficiente. Pero no creamos por ello que todos los neurotransmisores funcionan únicamente “en largas distancias”. No en balde, todas las neuronas, por cercanas que estén, usan estas sustancias para comunicarse.

Otro aspecto que tenemos que aclarar es que resulta casi imposible hablar de la complejidad de este tema sin pecar de simplismo (el párrafo anterior puede ser un ejemplo de ello), así que no vayáis corriendo a recoger vuestro título en psicología o neurociencia tras leer este artículo. Por el contrario, también estarán los que hayan leído hasta aquí y piensen “Puf, yo soy de letras”. Tranquilos, yo también y, como nunca ha sido bueno eso de mezclar aquello que no controlamos, para tranquilidad de todos vamos a ver algunas de estas sustancias importantes, una a una.

Dopamina: sexo, drogas y… Parkinson

Comencemos a destripar lo que sabemos. La mayoría conocerá la dopamina, de oídas, a través del marketing. Puede que incluso nos venga a la mente algún anuncio de coches con una voz de fondo, definiéndola como “la hormona del placer”. Bueno, te compres o no el coche, lo cierto es que tienen razón. La dopamina es, nada más y nada menos, que la sustancia principal que producimos cuando sentimos un “refuerzo” tras hacer algo. ¿Ese chute después de correr? Gran parte dopamina. ¿Algún orgasmo que otro? Dale las gracias a la dopamina, y a quien te haya ayudado a tenerlo. ¿El colocón a cervezas que te cogiste el sábado? De nuevo, está presente la dopamina, así como en que encuentres tan interesantes las charlas que tienes durante ese rato.

En la adicción a las drogas, ni que decir tiene que la dopamina es la auténtica droga; lo que te estés metiendo interactúa con tus neuronas dopaminérgicas (generadoras de dopamina), que se disparan y provocan ese subidón tan adictivo pudiendo llegar, incluso, a hacer que se mantenga activa más tiempo antes de que se “recapte”. ¿Qué es esto de recaptar? Piensa en una maceta; tienes que echarle agua, pero no demasiada o te la cargarás. Por esto la mayoría de macetas tienen agujeros al fondo, para que la planta absorba solo lo que necesita. Las neuronas son iguales, tienen una cantidad justa de neurotransmisor para llevar a cabo la comunicación y si no se “recapta” el sobrante a tiempo pueden incluso deteriorarse y morir.

Pero, ya dijimos antes que íbamos a intentar evitar el simplismo que tanto nos gusta ejercer en las cenas de navidad y, quedarnos en el papel placentero de la dopamina, sería justo eso. ¿A qué otras funciones cerebrales afecta? Pues a muchísimas, entre ellas la atención, el aprendizaje (donde el refuerzo y la sensación de recompensa juegan un papel central) o el movimiento. Es precisamente en este último donde haremos un apunte interesante. La dopamina se produce principalmente en dos lugares: el área tegmental ventral y el sistema nigroestriatal. Espera, no cierres aún la página. Esto es interesante porque estas dos zonas productoras exportan por caminos diferentes. La primera hacía las zonas más implicadas en las emociones y el aprendizaje y la segunda en las centradas en el control del movimiento. De hecho, la enfermedad de Parkinson se debe al daño en estas últimas que no pueden “armonizar” los movimientos que producen zonas cercanas. Ya se sabe: cuando el jefe no mira la cosa se desmadra.

¿Quieres leer lo que escribimos sobre Parkinson? Clica aquí.

Noradrenalina: ¡Corre cerebro, corre!

La noradrenalina es un primo cercano de la dopamina. Tan cercano, tan cercano, que se crea a partir de la misma dopamina. ¿Y qué es eso de nor-adrenalina? ¿Es lo mismo que la adrenalina? No, no son lo mismo, aunque sí muy parecidas. Ambas, adrenalina y noradrenalina, tienen como función acelerarnos en casos de estrés, miedo o incluso lucha. Sin embargo, mientras que la primera se produce en unas glándulas sobre los riñones, la segunda lo hace en el cerebro. Ambas actúan en el territorio de la otra, pero no son exactamente intercambiables.

Vayamos al lío… Como acabáis de leer en el spoiler de arriba la noradrenalina actúa en situaciones, digamos, poco agradables. Como parte de un complejo sistema, al recibir información de que nos encontramos fuertemente estresados o incluso amenazados, se produce tanto adrenalina como noradrenalina, inundando el cerebro y el resto del cuerpo, lo que nos brinda una fuerza, velocidad y concentración poco comunes, pero muy útiles en situaciones peligrosas. ¿Alguna vez has pasado por un mal trago y has dicho eso de “parecía que todo iba a cámara lenta”? Ese es tu cerebro poniéndose las pilas para funcionar más rápido y afrontar o huir lo que te amenaza. También está relacionado con la vigilia (estar despierto) y mantener la atención, que al fin y al cabo también conllevan cierto estrés.

¿Y de dónde sale esta “bengala de emergencia” química? Sobre todo del locus cerúleo (vaya con el nombrecito), que en latín significa “sitio azul”. Este nombre se lo dieron los investigadores al ver en microscopio que había gran acumulación de puntos azules, que son en realidad melanina. Sí, la misma que tenemos en la piel para ponernos morenos. No te aprendas el nombre si no quieres, pero qué menos para una sustancia que puede salvarte la vida.

Acetilcolina: neurotransmisor sano in corpore sano

Pasemos ahora a un neurotransmisor que puede parecer más aburrido que los anteriores, pero que acumula muchas curiosidades. La acetilcolina es la responsable principal de que las neuronas motoras funcionen. ¿Motoras? Correcto, las que conectan con nuestros músculos. ¿Neuronas en los músculos? ¿Fuera del cerebro y el cerebelo? Así es. Seguro que ahora no verás de la misma forma a los tíos hinchados de tu gimnasio, sabiendo que están ejercitando duramente sus neuronas.

Al encontrarse fuera del cerebro de forma tan abundante fue el primer neurotransmisor en descubrirse, y uno de los que más ampliamente (si no el que más) se ha estudiado. Imagínate si está extendida la acetilcolina que hasta los insectos la usan para moverse. Por ello, muchos insecticidas usan un compuesto que destruye la acetilcolina, paralizando y matando a estos molestos vecinos. ¿Alguna vez has leído en el bote la nota de peligro si lo ingieres o lo respiras directamente? Los mamíferos tenemos antídotos naturales en forma de enzimas que previenen que esto pase. Aún así, tampoco te lo apuntes a la cara.

¿Te acuerdas del cerebelo? Clica aquí para leer sobre el “motor desconocido” en uno de los primeros artículos de Psicomemorias

Algunos organismos tienen venenos que implican a la acetilcolina de una u otra forma, como el veneno de la viuda negra, que provoca una inundación del neurotransmisor en el cuerpo, haciendo que todos los músculos se contraigan a la vez y de forma sostenida, produciendo calambres intensos y otros problemas. Como si te dieran con un taser y se olvidaran de soltar el botón.

Por otro lado tenemos la toxina botulínica, producida por una bacteria, que impide que nuestra querida acetilcolina produzca la contracción muscular. “No podría moverme ¿y qué?” ¿Te suenan el corazón y los pulmones? Tienen la manía de ser necesarios para vivir, y son músculos que pueden pararse en seco con este veneno. De hecho, es tan potente que ni los nazis se atrevieron a usarlo en bombardeos. También puede sonarte por ser un tratamiento cosmético, que en dosis microscópicas se inyecta en determinados músculos faciales para prevenir que se muevan, evitando que se produzcan arrugas. Un veneno tan letal que ni los nazis quisieron usar y la gente paga para que se lo inyecten… El ser humano es extraordinario.

Serotonina: activa tu relajación

Bautizada por la brocha gorda del marketing como “la hormona de la felicidad”, quizás sería más correcto atribuirle un papel central en la relajación. Ya que la felicidad es un concepto mucho más intenso y difícil de medir, por mucho que venda, vamos a desecharlo desde ya. ¿Recuerdas que hace mucho hablamos de la oxitocina y como la habían llamado “hormona del amor”? Algo muy parecido pasa con nuestra amiga.

¿Recuerdas nuestro artículo de la oxitocina? ¿No? No sufras, aquí lo tienes.

En principio, la serotonina parece ser un neurotransmisor excitatorio, es decir, que activa. Entonces, ¿cómo es que interviene en la relajación? Lo cierto es que el cerebro y su nivel de alerta es más complejo que un botón en on o en off, no habiendo demasiadas sustancias que tengan papeles tan generales. Por ello, puede parecer contradictorio que la relajación sea un proceso que necesite activarse, en lugar de la ausencia de activación. Tres cuartos de lo mismo pasa con las ideas populares sobre el sueño que ya hemos aclarado en Psicomemorias.

En cualquier caso, algunas investigaciones la relacionan con conductas automáticas, como masticar y otras que cuesta llevar a cabo cuando estamos estresados (y la noradrenalina y su banda campan a sus anchas). Aunque, dado el rápido avance en estos campos, puede que tengamos que desdecirnos o concretar lo que sabemos muy pronto.

Retomando su papel relajador, hoy en día está presente, de forma indirecta, en la mayoría de fármacos antidepresivos que hay en el mercado, como el Prozac. Muchos de ellos funcionan como “inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina”. ¿Te acuerdas de eso de la recaptación y la maceta? Lo que se consigue al impedir que se recapte la serotonina es que ésta siga a lo suyo durante más tiempo, no dejando que algunos circuitos estresores se activen.

Y, ¿dónde vive este codiciado compuesto? Pues en otro lugar de nuestro cráneo con nombre difícilmente pronunciable: los núcleos del rafe (que en griego significa “costura”, por la forma que tiene). Desde ahí, disparan a prácticamente todo el encéfalo (cerebro + cerebelo) a través de dos vías, llamadas sistema D y sistema M. Ya vemos que los científicos o se curran mucho los nombres o muy poco.

Adenosina y a dormir

Por último, voy a hablaros brevemente de un neurotransmisor considerado generalmente mucho menos importante que los anteriores, pero al que considero muy interesante: la adenosina.

Piensa en tus neuronas como una máquina que, al funcionar, necesita de alimentación (corriente eléctrica, carbón…) y que emite calor como residuo, sobre todo si se fuerza. Las neuronas funcionan de la misma forma, recibiendo alimento en forma de glucosa de manos de unas células de soporte o “mayordomos”, llamadas astrocitos, que se ocupan de que las neuronas tengan todo lo que necesitan para funcionar bien. Pues bien, los astrocitos tienen unas reservas finitas de este alimento y cuando las neuronas trabajan a marchas forzadas durante mucho tiempo acaban consumiendo las reservas más rápido de lo que pueden renovarse…

Pero, “¿pueden seguir trabajando sin energía?” podrías decir, aterrado porque se acercan los exámenes y necesitas las neuronas bien alimentadas. La respuesta puede parecer obvia: apagando estas neuronas hasta rellenar las reservas. Este “apagado de emergencia” lo lleva a cabo nuestra querida adenosina que, cuanto más se acumula en las zonas más activadas anteriormente parece provocar más sueño en general, y uno especialmente intenso. Pensemos en una sesión de entrenamiento fuerte que nos provoca contracturas en las zonas que más esfuerzo han soportado… la adenosina sería nuestro “fisio” particular que relajará particularmente estas maltratadas partes.

Además, algunos autores también la relacionan con las molestias que se producen cuando hay falta de sueño prolongada, como falta de concentración y emociones negativas. Eso sí, no creas que es la responsable del sueño en general, ya que es un proceso infinitamente más complejo de lo que hemos hablado aquí y podríamos llenar Psicomemorias solo con artículos sobre el tema. La adenosina juega sus cartas mejor en el sueño selectivo de zonas muy activadas recientemente.

Venga… la última y me voy a casa

Como todo buen cóctel espero que os haya dejado buen sabor de boca conocer algunas de las minúsculas sustancias que hacen posible que puedas leer este artículo sin desfallecer, por ejemplo. Tenemos una “farmacia” inagotable en nuestro cerebro activa en todo momento y conocer sus tempos e interacciones no solo es interesante, sino un campo de investigación de enorme expansión y aplicaciones.

Esperamos que la próxima vez que veas un anuncio vendiéndote “la hormona de la felicidad”, o algo parecido, no solo no caigas en la trampa, si no que comentes las curiosidades que hayas encontrado interesantes sobre nuestro enorme cóctel cerebral.

Si os ha gustado volved a por más que Psicomemorias os seguirá sirviendo ¡y gratis!

Para saber más…

Sobre Alfonso Muñoz

Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Es además Experto Universitario en análisis del terrorismo yihadista, insurgencia y movimientos radicales.

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