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Manadas humanas

La Real Academia de la Lengua define la pasividad como: “falta de acción o actuación o dejar que los demás sean los que desarrollen dichas acciones”, pero en la práctica también engloba a quien activamente hace lo que se espera de él. Es algo que tiende a verse socialmente como poco atractivo (monótono, poco espontáneo y decidido) y, sin embargo, se nos inculca desde que somos pequeños. Premiamos a los niños que están quietos, callados y que siguen todas las instrucciones del profesor… Perseguimos a quienes incumplen las leyes, escritas o no, acerca de cómo debemos comportarnos. Tenemos un sistema lleno de instituciones que nos ayudan a fomentar cierta manera de ser con los demás, o más bien, de no ser. Y sin embargo, culturalmente, nos fascinan quienes se rigen únicamente por sus normas, relativizando las comunes.

Los grupos ejercen un efecto homogeneizador en la conducta, desde cómo nos vestimos hasta cómo pensamos (Fuente: Flickr- sandeepachetan)

Los grupos ejercen un efecto homogeneizador en la conducta, desde cómo nos vestimos hasta cómo pensamos (Fuente: Flickr- sandeepachetan)

Un perro que tira de la correa al pasearlo aunque lo regañemos, un niño que no se acuesta cuando se lo decimos, un adolescente que vuelve a casa más tarde de su hora establecida, un conductor que se salta las señales en la autopista… La transgresión existe desde que se crean las normas, y no entiende de especie, género o edad. Tampoco la pasividad. Aún así, somos una sociedad contradictoria: educamos a nuestras mascotas, hijos, amigos y mayores para que se comporten de acuerdo a nuestra voluntad aunque la rebeldía resulte atractiva y, a veces, también la reforcemos.

Entonces, ¿por qué invertimos tanto esfuerzo en intentar reprimir esa conducta que destaca y se separa del resto? Fácil: el control facilita nuestras vidas y los humanos somos seres gregarios que nos desarrollamos en comunidad. En un sentido evolucionista, la pasividad resulta adaptativa. Que la conducta de los miembros de un grupo sea similar facilita su integración, la colaboración en las tareas y, en última instancia, la supervivencia de la especie. Para ser justos, también se combina en su contexto natural con cierto individualismo, como el del macho aspirante que reta al dominante para ocupar su lugar y obtener sus privilegios. A pesar de ello, esta “rebelión” es un fenómeno continuo en la manada, tan frecuente que casi podría cuestionarse que resulte un acto real de insurrección.

Pero dejemos la cultura a un lado y centrémonos en lo que más compete a la Psicología en el tema: las manadas humanas o grupos. Nuestra vida, a lo largo de sus etapas, se traduce en grupos de referencia (con los que nos identificamos), y para ingresar y permanecer en ellos se nos pide que nos comportemos de acuerdo a sus normas y nos diferenciemos de los que no forman parte de ellos. Ser “pasivo” resulta útil para adaptarnos a los grupos, ya sean familiares o de amigos. Ser “un compañero cumplidor o un hijo obediente” es algo que nos premian e implica precisamente sumisión.

En Psicología social se emplean los términos endogrupo y exogrupo para describir las distintas esferas en las que vivimos y desarrollamos nuestra conducta. Aunque nos pueda parecer extraño, nos comportamos de forma distinta continuamente dependiendo de nuestro entorno. Piensa en el tipo de bromas que sueles hacer con tus amigos y ahora plantéate si utilizarías ese mismo humor con tus compañeros del trabajo o tu familia… lo más probable es que no sea así. Esto es algo lógico y natural, ya que distintos ambientes suelen implicar distintas exigencias y los distintos grupos pueden abarcar esferas complementarias de nuestras vidas. Pero si algo nos reclaman los distintos grupos en los que estamos es pasividad. Puede que no sea en el sentido coloquial de quedarnos quietos y sin iniciativa, pero sí en comportarnos de acuerdo con lo que los miembros del grupo esperan de nosotros. Esto suele afectarnos incluso a nosotros mismos, haciendo más probable que nos comportemos de acuerdo a lo estas expectativas.

Another brick in the wall

Para hacernos una idea de lo potente que puede resultar la presión del grupo para moldear nuestra conducta (que nos gusta pensar que es libre) basta con echar la vista atrás hacia dos de los experimentos más famosos de nuestra ciencia. El primero, el experimento de Asch, resulta el ejemplo paradigmático de pasividad ante la opinión del grupo, aunque sus miembros nos resulten desconocidos. En 1951, el investigador Solomon Asch convocó a participantes para un estudio sobre la visión. En él, se reunía a un grupo variable de entre 7 y 9 sujetos en un aula, se les proporcionaba un papel con una línea negra que tenían que comparar con las 3 líneas de otro papel, de distinta longitud entre sí. Cuando el investigador preguntaba al grupo cuál de las tres líneas era del mismo tamaño que la línea del primer papel todos salvo uno sabían que responder, y para la sorpresa de ese participante, escogían una línea equivocada. ¿Qué pensaba esa persona?: “¿Me estará fallando la vista?, ¿Cómo puede ser que todos menos yo vean que es la B y no la C? Voy a compararlas otra vez, que ahora lo dudo. Seguramente sea la B, debo de estar viéndolo mal y no quiero llamar la atención equivocándome…”. Lo cierto es que todos los participantes salvo nuestro dubitativo amigo formaban parte del experimento y estaban confabulados con el experimentador para dar una respuesta pactada. El objetivo era comprobar cuáles eran las condiciones mínimas para que una persona cualquiera renunciara a su juicio personal y se rindiera al grupal.

Así, la conclusión de Asch fue rompedora y generó un enorme interés en replicar su experimento (Baumrind, 1964; Codol, 1970; Allen y Levine, 1971; Allen, 1977; McGuire, 1978; Petty y Cacciopo, 1987; Castell, 2002). De media, un 40% de sujetos aceptan fácilmente la opinión equivocada del grupo como correcta y sólo un 25% se mantuvo sin rastro de pasividad, dando siempre una alternativa distinta. Por último el resto de participantes cedieron en algunas preguntas pero no en todas. Muchos autores explican esta conformidad con el juicio de otros mediante la teoría de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957). Grosso modo, la incongruencia entre lo que pensamos que es correcto y cómo actuamos nos hace sufrir, por lo que cambiamos nuestras convicciones para adecuarlas a nuestras acciones. Un concepto similar en términos más profanos sería el autoconvencimiento.

“Continúe, por favor”

¿Qué pasaría si en lugar de unas inocentes líneas negras fuera la seguridad de un desconocido lo que estuviera en juego? Otro clásico experimento sobre la pasividad vió la luz en 1961, inspirado en parte en el estudio de Asch. Stanley Milgram, investigador de la Universidad de Yale, anunciaba su experimento “sobre el aprendizaje y la memoria” y el pago por participar en él, lo que atrajo a numerosos sujetos de distintas edades y condición. El procedimiento estaba formado por tres personas en cada ensayo: el investigador que conducía la investigación, un participante “maestro” y otro participante “alumno”. Investigador y maestro compartían habitación con un espejo unidireccional (los conocerán mejor de las escenas de interrogatorios en las comisarías) con vistas a una segunda habitación, donde se encontraba el alumno. Las instrucciones del investigador al maestro eran simples: “cada vez que el alumno falle una pregunta dele una descarga eléctrica con estos botones”. Se explicaba además que el voltaje podía llegar a ser muy doloroso pero que no dejaría secuelas al alumno. A lo largo del ensayo, el maestro tenía que leer una lista de palabras emparejadas que el alumno debía memorizar. Tras un pequeño intervalo, el maestro leía sólo una de las palabras esperando que el alumno diera la que se emparejaba a ella entre cuatro opciones. Cada fallo al contestar iba seguido de una descarga de creciente intensidad que el maestro tenía que activar, con las respectivas muestras de dolor del alumno. Si el maestro, ante el sufrimiento del alumno, se quejaba o preguntaba si podía parar, el investigador le presionaba para que continuara, llegando a decirle que no tenía alternativa. Tras las descargas y el dolor in crescendo llegaba un punto en el que el alumno sufría espasmos y quedaba tendido sobre la silla, inmóvil. Todos los maestros acabaron negándose a continuar y parando el experimento, pero un 65% de ellos lo hicieron después de que el alumno quedara inconsciente. Un porcentaje alto, no en balde se conoce este experimento como el de “obediencia a la autoridad”.

Para ser justos, la gran mayoría de los maestros mostraron enorme malestar al “tener que” aplicar las descargas, pero la obediencia al experimentador fue más fuerte, hasta el punto de dañar seriamente a un tercero. Por suerte para estos terceros, los alumnos eran contratados por el investigador para fingir el dolor y sufrimiento que le provocaban las descargas. Sin embargo, de nuevo la polémica estaba servida… ¿Cómo era posible que personas corrientes accedieran a hacer daño a otras sólo porque una figura de autoridad lo exigía? Lo vimos en el controvertido experimento de la cárcel de Stanford, del que ya os hablamos. En una línea parecida, el estudio de Milgram trataba de dar respuesta a esta pregunta, formulada casi veinte años antes… ¿cómo cientos de miles de alemanes no mostraron duda o remordimiento en masacrar a los que antes habían sido sus vecinos durante la Segunda Guerra Mundial? Milgram obtuvo su respuesta, al menos en parte, y extrajo conclusiones tanto de la investigación de Asch como de la suya:

Teoría del conformismo: un sujeto que no tiene (o no cree tener) la habilidad o el conocimiento para tomar decisiones las delegará en su grupo de referencia o su jerarquía.
Teoría de la cosificación: las personas se ven a veces como instrumentos de los deseos de otros, a los que considera responsables de esos hechos. Por tanto, la culpa de que estos deseos conlleven un daño a otras personas no tiene que pesar sobre la conciencia de los subordinados que la hacen posible.

Estas dos teorías y los experimentos de los que surgieron resumen bien los efectos perniciosos que puede llegar a tener la pasividad que los grupos provocan en nosotros. Sin embargo, como sucedió con varios experimentos de Psicología ya clásicos, el estudio de obediencia a la autoridad no fue del todo como nos contaron… Los compañeros de Rasgo Latente publicaron un estupendo artículo prácticamente simultáneo a este, y en él relativizan, con numerosas evidencias, la versión oficial que Milgram ofreció al mundo. Además de ocultar que el experimentador se desviaba a menudo de las directrices que él mismo daba tampoco salió a la luz que muchos de los “maestros” que aplicaban las descargas no llegaron a creerse que las descargas fueran reales, tomándose el experimento como un juego. El mismo experimentador acudió a la sala donde se aplicaban las descargas a comprobar cómo se encontraba el actor para tranquilizar a los maestros más alterados, que se negaban a continuar si no lo hacían. Estos detalles y otras investigaciones que lo han replicado el procedimiento de Milgram hacen pensar que la influencia de la autoridad puede que no sea tan fuerte como pensábamos hasta ahora. Griggs y Whitehead encontraron que cuando el experimentador adoptaba un tono más serio y autoritario resultaba precisamente cuando menos caso le hacían los maestros, negándose a dar la descarga. Menos oposición mostraban con frases más parecidas a sugerencias o basándose en la importancia de hacer avanzar la ciencia, lo que parece invalidar la misma esencia de la teoría de Milgram: el peso de la autoridad. Otras muchas diferencias en los resultados surgían al aplicar escrupulosamente el procedimiento, que como acabamos de ver, ni siquiera se cumplió en el estudio original.

Las figuras de autoridad parecen no tener un peso tan señalado en nuestra conducta como los grupos de referencia. Queremos encajar en ellos y nos esforzamos hasta plegar nuestra propia voluntad (Fuente: Flickr - Dietmar Temps)

Las figuras de autoridad parecen no tener un peso tan señalado en nuestra conducta como los grupos de referencia. Queremos encajar en ellos y nos esforzamos hasta plegar nuestra propia voluntad (Fuente: Flickr – Dietmar Temps)

Aunque las figuras autoritarias no parezcan influirnos tanto, las personas somos seres sociales, que nos integramos en distintos grupos durante toda la vida y que, al hacerlo, modificamos nuestro comportamiento para adecuarlo a lo esperan de nosotros. Pero si los grupos nos vuelven pasivos ¿eso significa que cuanto más grande sea el grupo más pasivo nos vuelve? Lo veremos en el futuro artículo: Mareas humanas.

Sobre Alfonso Muñoz

Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Es además Experto Universitario en análisis del terrorismo yihadista, insurgencia y movimientos radicales.

2 Interacciones

  1. 11/12/2015

    […] Manadas humanas […]

  2. 27/03/2016

    […] un artículo anterior pudimos ver cómo los grupos pueden influirnos hasta hacer cosas de las que no nos creeríamos […]

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