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Mamá, quiero irme a casa

Ser ingresado en el hospital no suele ser una experiencia agradable para nadie, de hecho está comúnmente aceptada como algo negativo y especialmente cuando es un niño el que la sufre. La hospitalización está llena de factores negativos que influyen en el comportamiento de los pequeños y que, hasta cierto punto, pueden suponer un cambio en su vida. Ser hospitalizado no solamente significa dejar de dormir en tu cama para tener que compartir habitación con otros, también significa aislamiento, restricciones, muchas normas que cumplir y muchas instrucciones que seguir.

Ya en los años 50 los profesionales sanitarios empezaron a darse cuenta de que un niño no es simplemente un adulto en un formato más pequeño, sino que son seres individuales y requieren otro tipo de atenciones que van más allá de una dosis menor de medicamentos.

Para los pequeños, la hospitalización significa salir de la seguridad del hogar para entrar en un entorno extraño.

Pero no es hasta los años 80 cuando realmente se les da importancia y se empieza a investigar formalmente el efecto que supone la hospitalización para los niños. Durante dicha década se llevaron a cabo numerosos estudios en los que se analizaban las principales preocupaciones y miedos de niños que ingresaban en el hospital, hasta que finalmente en 1989 se celebró la Convención de los Derechos del Niño por las Naciones Unidas y se estableció que el niño no es un ser pasivo, sino que participa activamente en la toma de decisiones. A partir de ahí se reconoce la necesidad de adaptar tanto el entorno hospitalario como los cuidados para facilitar el tratamiento de los más pequeños.

¿Qué cambios supone la hospitalización? Miedos de los niños

Como ya se ha mencionado, la hospitalización no consiste en unas vacaciones pagadas donde te dan cama y comida. Para un niño, el hogar supone un lugar seguro, donde tu familia está siempre cerca para ayudarte. El hospital es un sitio extraño, lleno de gente extraña y donde se hacen cosas extrañas. Genera un sentimiento de amenaza constante y la libertad está muy limitada. Pero, ¿es que hay algo positivo de estar en el hospital?. En el año 2006 en Dublín se preguntaron lo mismo, así que decidieron hacer un estudio y preguntar directamente a los niños qué pensaban de la hospitalización.

¡Me aburro! – El aislamiento y pérdida de rutina

Cuando se les preguntaba a los niños, las preocupaciones más frecuentes se relacionaban con tener que separarse de la familia, sus amigos y su entorno. Muchos hicieron comentarios sobre lo mucho que echaban de menos la cama y habitación propias, y algunos incluso mencionaron a sus mascotas. La mayoría de los niños se quejaban de la comida, bien porque era repetitiva y con poca variedad, o bien porque se parecía poco o nada a la comida de casa.

Una parte importante de la vida durante la infancia son las relaciones sociales con otros niños, especialmente en los jóvenes en edad pre-adolescente y adolescente (entre 7 y 14 años), ya que las relaciones y amistades son particularmente importantes para este grupo de edad. Algunos de los jóvenes mencionaban los deportes o la música como las actividades que más echaban de menos en el día a día, mientras que a los mayores les preocupaba más el colegio y los deberes, el no poder seguir el ritmo de clase y que se viera reflejado en su aprendizaje y las notas.

La falta de entretenimiento fue otro tema recurrente de conversación. ¿Qué haces para llenar el tiempo en un hospital, donde los minutos parecen interminables? Varios jóvenes comentaban que, aunque en las plantas suelen tener una gran variedad de libros y juguetes, todo suele estar enfocado a los más pequeños. Poca cosa había para los mayores, si bien es cierto que sus demandas muchas veces involucraban consolas de videojuegos o películas, unos requerimientos difícilmente asequibles.

Pero, ¿es todo tan malo y aburrido? Pues bien, para sorpresa de todos, varios de los entrevistados transmitieron experiencias positivas como, por ejemplo, recibir muchas visitas y regalos de los familiares o más atenciones por parte de los padres. ¿Lo mejor? Que de situaciones así surgen grandes amistades. La mayoría de los chicos y chicas valoraban muy positivamente las relaciones con los demás niños de la planta, y todos estuvieron de acuerdo en que compartiendo experiencia con los demás se hacía la estancia más llevadera.

¿Qué me vais a hacer? – El miedo a lo desconocido

El hecho de estar en un entorno no conocido y el no saber qué va a ocurrir crea sentimientos de ansiedad en el niño, sobre todo si es la primera vez que ingresa o si sus experiencias anteriores han sido negativas. Aunque, ojo, no porque el niño esté familiarizado con las rutinas del hospital los miedos desaparecen por completo. Durante las entrevistas se les preguntó por lo que más les asustaba de la hospitalización en sí para conocer de dónde surgían esos temores. Las respuestas daban a entender que las fuentes son muy variadas: desde experiencias propias o de familiares cercanos hasta historias que oyen o ven en las películas.

Un ejemplo de lo anterior es cuando uno de los chicos de 9 años contó que tuvo mucho miedo de ir al hospital porque en su colegio le contaron que, antiguamente, los niveles de higiene eran tan bajos que “al final te tenían que cortar la mano entera”. Esto nos muestra que la información que ellos captan puede llevar a ideas erróneas sobre los hospitales y los procedimientos, generando un nivel más alto de ansiedad y una mala experiencia que finalmente cierra el círculo del miedo, todo por la falta de información.

¡No quiero que me pinchen! – Tratamientos y pruebas

En lo relativo a tratamientos y pruebas, los menores indicaron una serie de miedos relacionados con la posibilidad de causar daño físico, dolor o, incluso, la posibilidad de la muerte. Expresaron aversión a todo lo relacionado con procedimientos invasivos, como las extracciones de sangre para analíticas, las inyecciones o cirugías, porque les causaban dolor. Como es de esperar, los niños que ya habían pasado por esto y que recordaban muy bien el dolor experimentaban un rechazo mayor por miedo a volver a pasar por lo mismo.

Los menores que requerían un procedimiento quirúrgico manifestaron temores relacionados no solo con la cirugía en sí, sino con todo el proceso, desde ponerse el “pijama” proporcionado por el hospital, el camino hacia el quirófano, la espera hasta la anestesia hasta el despertar y el dolor post cirugía. En particular tenían miedo de aquellas operaciones en las que el resultado podía afectar a la imagen corporal, a verse diferentes a los demás, marcados permanentemente por cicatrices. Miedo también a que se viera reducida su capacidad de movimiento, la independencia para realizar cualquier tipo de actividad, como comer, ir al baño, caminar o lavarse. Todos estos factores son de gran importancia en el desarrollo de los niños, y el que se vean afectados pueden influir en cómo los chicos y chicas perciben la hospitalización.

Todos los tratamientos y pruebas diagnósticas pueden generar ansiedad y temor a los niños y niñas hospitalizados.

¡Solo cinco minutos más! – La pérdida de control

Los niños y niñas entrevistados experimentaban una pérdida de control sobre sus decisiones, y parecían no tener poder alguno en cosas como cuándo levantarse por las mañanas, vestirse, ir al baño, o simplemente pasear por la planta. No les parecía justo tener que pedir permiso para todo, aunque visto de esa manera, a nadie nos gustaría que nos impusieran normas para todo.

Muchos hospitales, además, tienen tanto movimiento que no son raros los cambios de habitación. Si al hecho de estar en un entorno desconocido le añadimos que, una vez que nos hemos acostumbrado un poco a él, nos cambian a una planta nueva, donde el personal es nuevo y los compañeros de habitación son distintos, no es raro que tengamos como resultado una persona (en este caso, un niño) que se muestre irritada y no quiera colaborar.

Aunque la mayoría de los chicos y chicas finalmente se acostumbraban a las rutinas de la planta, al final comentaban que les hubiese sido más fácil y llevadera la estancia si hubiesen tenido algún tipo de control sobre ciertas decisiones.

¿Qué podemos hacer para ayudar?

Una vez repasados los principales problemas y preocupaciones que afrontan los niños y niñas al ser hospitalizados, nos preguntamos, ¿hay algo que podamos hacer para ayudarles en el proceso? A primera vista parece que es una experiencia que los niños tienen que sobrellevar y ya está, pero si analizamos de cerca cada una de sus preocupaciones descubrimos que, en realidad, hay mucho por hacer.

En primer lugar, y para reducir los niveles de ansiedad de los pequeños, hay que prepararles para la situación. Dado que muchos se quejaban de no saber lo que estaba pasando, lo lógico sería pensar: ¡pues démosle la información que buscan! La respuesta es ligeramente más compleja:

  • La información que los niños reciben debe estar adaptada a su edad y capacidad de entendimiento. No podemos esperar que un niño de tres años entienda lo que significa un procedimiento quirúrgico o la anestesia. Se debe adaptar a lo que ellos pueden entender.
  • Junto con la información se pueden utilizar demostraciones de los procedimientos. Por ejemplo, cuando un niño necesita anestesia general, se puede usar equipamiento como las mascarillas de oxígeno para simular lo que pasará, así cuando suceda el niño estará más familiarizado con los instrumentos y el procedimiento.

A los chicos mayores o aquellos con madurez suficiente se les debe incluir en la toma de decisiones. Cosas tan simples como preguntarles en qué mano prefieren la cánula muchas veces ayudan a que sientan que tienen control sobre la situación.

Durante la infancia se necesitan elementos que proporcionen seguridad, como el apoyo de padres y madres, amigos y familiares.

Con respecto a la pérdidas de rutinas, todo dependerá del tipo de tratamiento que el niño necesite. Pese a la diversidad, los esfuerzos de los padres pueden ir dirigidos sobre todo a maximizar el contacto del niño con familia y amigos y a hacer la planta lo más familiar posible, como por ejemplo, llevando su juguete favorito, mantas o sábanas que le recuerden a su habitación, etc. Se debe alentar siempre la independencia del pequeño, ayudándole cuando lo necesite, pero sin asumir que no puede hacer nada.

Durante los últimos años el cuidado de los niños ha ido incluyendo más y más a los padres, y esto se ha visto reflejado en cómo los pequeños reaccionan mejor si los tienen cerca. Pese a que la medicina pediátrica ha mejorado enormemente, todavía hay mucha investigación por hacer en cuanto a cuidados se refiere, tanto enseñando a los profesionales de salud que los niños tienen necesidades específicas de su edad, diferentes a las de los adultos, como educando a los padres y tutores para que hagan de una experiencia así algo positivo.

¿Y tú? ¿Has estado hospitalizado alguna vez o conoces algún caso?

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