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Lucha de sexos: Sin argumentos en el frente

En el contexto actual de reivindicación del papel de la mujer, a menudo se han criticado, y con razón, algunas viejas y falsas afirmaciones concernientes a la grandes diferencias entre sexos, entre ellas la capacidad mental. Desde arcaicas falacias, como la de que los hombres son superiores intelectualmente a las mujeres, hasta argumentos en sentido opuesto que sitúan a los hombres como autómatas violentos, se hace hincapié en las diferencias entre la naturaleza de ambos sexos. Pero, a parte de las evidentes diferencias físicas ¿En qué se diferencian cerebral y psicológicamente hombres y mujeres?

¿Qué nos hace hombres o mujeres, y cuando? Analizando el tema de cerca conviene pensar que la diferencia fundamental entre que un embrión se desarrolle como masculino o femenino se basa en la exposición a ciertas hormonas durante la gestación. De base, el embrión humano tiende a desarrollarse femenino, y sólo la exposición hormonal de andrógenos revierte este desarrollo, convirtiéndolos en varones. Posteriormente, durante la adolescencia, un segundo bombardeo químico terminaría de diferenciarnos tanto física como conductualmente.

Se han esgrimido muchas falacias y argumentos trasnochados para discriminar a personas de ambos sexos, pero... ¿qué es lo que de verdad nos diferencia a hombres y mujeres?

Se han esgrimido muchas falacias y argumentos trasnochados para discriminar a personas de ambos sexos, pero… ¿qué es lo que de verdad nos diferencia a hombres y mujeres?

En Psicomemorias, conscientes de que las diferencias entre hombres y mujeres es un tema complejo y polémico, no nos detendremos a detallar este complicado proceso de dimorfismo sexual, ni a participar en debates sociales o morales acerca de la igualdad. Por ello, nos centraremos en lo que nos interesa: lo que la ciencia sabe del dimorfismo cerebral.

Cerebro sexualizado

El impulso químico diferenciador al que somos sometidos durante las primeras semanas de embarazo incide en el cerebro y lo moldea, lo que generará ciertas diferencias con el cerebro del sexo opuesto y su funcionamiento. Sin embargo, estas peculiaridades fisiológicas intersexuales se reducen a unas pocas zonas:

  • El núcleo supraquiasmático, nuestro “reloj cerebral”. Esta zona está más desarrollada en mujeres que en hombres, apreciándose también diferencias de tamaño en función de la orientación sexual.
  • El área preóptica, una zona del hipotálamo relacionada con multitud de funciones, entre ellas, la ingesta alimentaria y el apareamiento. Se ha encontrado que su tamaño suele ser dos veces mayor en hombres que en mujeres, conteniendo el doble de células. De momento se desconoce qué influencia concreta puede tener esta diferencia de proporciones en la conducta.
  • La comisura anterior y el cuerpo calloso. Estas dos estructuras son “puentes” entre los dos hemisferios cerebrales que les permite comunicarse entre sí, coordinándose en sus procesos. Ambos nexos suelen ser mayores en mujeres que en hombres, lo que podría explicar por qué el funcionamiento cerebral en mujeres tiende a compartir los procesos entre ambos hemisferios en mayor medida que el cerebro masculino, más lateralizado. Sin embargo, en otras investigaciones se ha hallado que estas estructuras eran mas grandes en hombres que en mujeres.

Estas pocas zonas son las que se han detectado como significativamente distintas en algunas investigaciones sobre dimorfismo sexual cerebral, aunque revisiones posteriores sobre multitud de estos trabajos afirman que las diferencias no son significativas. Entonces, si estas zonas “diferentes” no lo son tanto, ¿es igual el cerebro de hombres y mujeres?

Si las zonas concretas de nuestros cerebros no siempre son significativamente diferentes, pero nuestros cerebros funcionan de forma distinta debe de ser por cómo estas zonas se comunican y trabajan, es decir, su conectoma.

Al menos este fue el punto de partida de un estudio realizado por neurocientíficos de la Universidad de Pensilvania y publicado en la PNAS (siglas en inglés de Actas de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU). En dicha investigación se analizaron los entramados de conexiones cerebrales (conectomas) de 949 personas de distintas edades y sexos, llegando a la conclusión de que el conectoma de ambos sexos es muy similar hasta llegar a la adolescencia.

Ciertas partes del encéfalo difieren de tamaño en función del sexo. Una de ellas parece ser el cuerpo calloso (en rojo), que comunica ambos hemisferios.

Ciertas partes del encéfalo difieren de tamaño en función del sexo. Una de ellas parece ser el cuerpo calloso (en rojo), que comunica ambos hemisferios.

Sería en esta etapa del desarrollo (especialmente desde los 13 años) cuando la influencia hormonal y social tienen un peso decisivo sobre nosotros, configurando esas diferencias que se seguirán mostrando en un futuro en nuestro comportamiento.

El trazado neuronal en mujeres demuestra que se extienden muchísimas conexiones entre ambos hemisferios del cerebro, repercutiendo en un uso más veloz de capacidades como la verbal y ciertos tipos de memoria, funciones enormemente complejas que necesitan de gran coordinación entre diversas áreas. Por contra, la comunicación neuronal en hombres se da mayoritariamente dentro de zonas del mismo hemisferio cerebral, lo que podría explicar el mejor rendimiento en tareas matemáticas y espaciales, en las que la actividad cerebral no se extiende demasiado, sino que “se concentra” en ciertos puntos.

Como curiosidad, en el caso del cerebelo parece suceder justo lo contrario. En hombres,hay muchas más conexiones entre los dos pequeños hemisferios cerebelares que entre distintas zonas de cada hemisferio. Y lo contrario pasa en el caso femenino, cuya mayor número de conexiones se observa entre distintas áreas de cada hemisferio, y no tantas entre ambos.

¿El tamaño importa?

Incontables veces se ha usado de forma negligente la ciencia para justificar lo injustificable. Desde el racismo, el maltrato animal, la xenofobia y hasta la discriminación de sexos y orientaciones sexuales han intentado apoyarse en ideas cientificas erróneas, peligrosas o simplemente ignorantes y rocambolescas.

Una de ellas, era que el hombre es superior intelectualmente a la mujer y por ello ésta no debe ocuparse de la ciencia, sino de la crianza y el cuidado del hogar. ¿En que se justificaba esta supuesta menor inteligencia? Algunos estudiosos lo fundamentaron en un hecho observado en innumerables ocasiones, es que el cerebro de la mujer es más pequeño que el del hombre.

¿Es cierto que este órgano es menor en la mujer? De media, los hombres poseen un cerebro algo más grande que las mujeres (unos 100 gramos más de masa), pero esto no repercute en que sean más inteligentes, sino en una simple cuestión de espacio. Resulta enormemente intuitivo pensar que si los hombres tienen un cráneo mayor, también tendrán un contenido mayor. Sin embargo, si la inteligencia tuviera relación directa con el tamaño cerebral, las ballenas, que poseen el cerebro más grande del mundo, habrían demostrado ser muy amables dejándonos llevar la voz cantante en nuestro planeta. Con esto queremos dejar claro que un cerebro más grande no significa que exista una mayor inteligencia, ni siquiera dice mucho sobre el número de neuronas que pueda albergar.

La arquitectura cerebral depende de otras peculiaridades como la existencia de surcos, el número de sinapsis establecidas y muchos otros factores además del tamaño del cerebro, así como también lo hace la inteligencia, un concepto mucho más complejo y dinámico que el simple recuento de neuronas.

Igual inteligencia: Habilidades diferentes

Antes de los recientes descubrimientos sobre los conectomas masculinos y femeninos, otros autores, como Lynn y Stumpf, han intentado medir qué componentes de la inteligencia difieren según el sexo, usando baterías de test. Tras su aplicación encontraron diferencias en el rendimiento, sobre todo, en habilidad verbal y la viso-espacial, que son las que tradicionalmente proporcionan resultados más diferenciados según el sexo. Los hombres obtenían resultados superiores en tareas espaciales (orientarse en el entorno, percepción de objetos…etc) y matemáticas. A su vez, las mujeres demostraron un nivel superior al llevar a cabo ejercicios de lenguaje y memoria (recordar listas de palabras, mayor fluidez verbal).

Arriba el conectoma de hombres, en los que la mayoría de conexiones son intrahemisféricas (azul). Abajo, el conectoma femenino, con más conexiones interhemisféricas que intrahemisféricas (naranja).

Arriba el conectoma de hombres, en los que la mayoría de conexiones son intrahemisféricas (azul). Abajo, el conectoma femenino, con más conexiones interhemisféricas (naranja) que intrahemisféricas.

Parece claro que en la “lucha de sexos” ambos tienen sus propias “armas”, sin que ello acabe significando una mayor inteligencia general en ningún género. Para ahondar en el tema de estas habilidades diferenciadas los científicos se han centrado en dos hipótesis: La primera de ellas, la evolutiva, afirma que estas diferencias cerebrales y de rendimiento habrían sido seleccionadas en beneficio de la supervivencia de la especie (es de sobra conocida la referencia al hombre cazador y la mujer nodriza). La mejor orientación espacial de los varones y su mayor agresividad los convertiría en mejores cazadores, mientras que las mujeres se encargarían de la cría y la gestión social de los primeros asentamientos humanos, función que se beneficiaría de sus habilidades lingüísticas.

¿Es esta teoría descabellada? En absoluto, a menudo recurrimos a nuestra herencia genética para explicar parte de nuestro presente funcionamiento social y psicológico. La mayoría de críticas a esta corriente teórica se refiere al inmovilismo y determinismo de esta postura, que contempla dos sexos muy diferenciados entre sí en todos los aspectos posibles, minimizando las diferencias individuales.

A menudo, los que realizan estas críticas a la explicación evolutiva esgrimen en su lugar una teoría más centrada en lo psicosocial, según la cual, la mayoría de la influencia proviene de la educación que hayamos recibido, y de cómo la sociedad la moldea. Hasta ahora, los hombres tenían que resultar masculinos (traduciéndose en agresividad y dominancia) y las mujeres comportarse de forma femenina (entendiéndolo como ser atentas y sumisas). Gran parte de estos estereotipos de género siguen influyendo aún en pleno siglo XXI sobre nosotros, mediante las ideas preestablecidas de los padres sobre cómo educar y cómo deben de comportarse sus hijos e hijas. Estas ideas tienen una influencia enormemente importante en el futuro comportamiento de niños y niñas, así como la influencia de las expectativas de género en el colegio o durante la adolescencia, donde la presión social y hormonal constriñe aún más los posibles comportamientos que no sean propios del género al que se pertenezca.

Hacia una sintomatología igualitaria

Precisamente con esta etapa anterior se relaciona otro punto importante, las consecuencias de ser sometidos a estas presiones. El estrés asociado puede llegar a producir trastornos psicológicos o conductuales, que además calan en los distintos géneros en desigual medida. Así, las mujeres sufren más trastornos de ansiedad y depresión que los hombres, que desarrollan más trastornos de personalidad antisocial y violentos.

Por otra parte, la progresiva homogeneización de la educación para ambos sexos y el derribo de tabúes de conducta está asemejando ya no cómo se relacionan y comportan ambos sexos, sino también cómo sufren trastornos psicológicos. La sociedad de la imagen ya exige a los hombres que cumplan unos cánones de belleza casi inalcanzables, lo que hace que la anorexia y la bulimia, por poner dos ejemplos, empiecen a aumentar entre hombres. También los trastornos de ansiedad y depresión comienzan a tomar un papel protagonista en la salud mental “masculina”, puede que por estar cada vez más aceptado que los hombres puedan manifestar sus emociones.

Aún con ciertas diferencias entre nuestros cerebros, y por ende, ambos sexos compartimos mucho más de lo que ciertos sectores nos han intentado hacer ver.

Aún con ciertas diferencias entre nuestros cerebros, y por ende, conducta, ambos sexos compartimos mucho más de lo que ciertos sectores nos han intentado hacer ver.

Lucha de sexos: sin argumentos en el frente

Como vemos, la liberación de ambos sexos puede tener también consecuencias negativas, pero casi nadie duda de que si conseguimos reducir la discriminación sobre las personas que no se ajustan a los estereotipos de su sexo, lograremos que la violencia de género y estos trastornos desciendan. Al fin y al cabo, existen más diferencias dentro de distintos sujetos del mismo sexo, que entre ambos sexos.

La forma de comunicarse de nuestros cerebros varía según el sexo, pero las presiones y retos que nuestras circunstancias nos imponen actualmente son cada vez más igualitarios. ¿Existe una diferencia real en niveles de inteligencia entre hombres y mujeres? No, ambos géneros demuestran niveles de inteligencia virtualmente idénticos, aunque las habilidades que la sustentan varíen.

De nuevo, ante las voces que intentan discriminar un sexo en beneficio del otro la ciencia muestra pruebas al respecto, y nos da un discurso integrador que bien le vendría a la sociedad asimilar por fin.  Esperemos que la sociedad aprenda de la evidencia científica y se pongan de acuerdo para enterrar definitivamente esta lucha sin argumentos.

Para saber más…

  • Un artículo de El País  y otro de Naukas sobre el conectoma en hombres y mujeres.
  • Un vídeo: Redes entrevista a Louann Brizendine sobre el cerebro masculino y femenino
  • Un libro: Cerebro de hombre, cerebro de mujer
  • M. Ingalhalikar, R. Verma, et al. Sex differences in the structural connectome of the human brain, PNAS December 2, 2013 doi: 10.1073/pnas.1316909110
  • Perelman School of Medicine, University of Pennsylvania. Brain connectivity study reveals striking differences between men and women. ScienceDaily. December 5, 2013.

Sobre Alfonso Muñoz

Psicólogo formado en Italia en Psicología Clínica y Jurídica. Anteriormente estudiante interno de Evaluación Psicológica, participó en una tesina sobre psicopatología en militares y una investigación en el Laboratorio de Conducta Animal, Aprendizaje, Cognición y Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Es además Experto Universitario en análisis del terrorismo yihadista, insurgencia y movimientos radicales.

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