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Educar para ser resilientes

Cuando alguien intenta explicar qué es la resiliencia a neófitos en esta materia suele narrar casos como el de Boris Cyrulnik. Como nos contó nuestra compañera Carmen Paniagua en el artículo Resiliencia: Cuando la vida no consigue derribarnos, este pequeño huérfano francés consiguió escapar de un campo de concentración nazi cuando tenía sólo cinco años de edad y, a pesar de la experiencia traumática que vivió durante sus primeros años de vida, terminó convirtiéndose en un reputado neurólogo. Cyrulnik ejemplifica la capacidad de las personas para desarrollar competencias a lo largo de su vida y para construir proactivamente en su crecimiento personal.

Si nos adentramos en el contexto de la educación formal, las investigaciones más recientes sobre la resiliencia ponen de manifiesto que ésta también juega un papel muy relevante en el desarrollo formativo y personal del alumnado y que, además, constituye un elemento clave de atención a la diversidad. Pero, ¿cómo se interrelacionan resiliencia y escuela?

La escuela constituye un entorno propicio para formar individuos resilientes capaces de afrontar factores de riesgo como la desventaja sociocultural y familiar. Fuente: Flickr (pierre pouliquin)

La escuela constituye un entorno propicio para formar individuos resilientes capaces de afrontar factores de riesgo como la desventaja sociocultural y familiar. Fuente: Flickr (pierre pouliquin)

La escuela como entorno seguro

En la sociedad actual, la escuela se configura como uno de los principales agentes de socialización y uno de sus objetivos principales es impulsar en el alumnado la construcción de su identidad y su desarrollo personal. Este crecimiento no implica sólo adquirir una serie de conocimientos teóricos y prácticos que les permitan desenvolverse en el mundo, sino también alcanzar un importante conjunto de habilidades y competencias que les van a servir para vivir en sociedad haciendo frente a las exigencias que ésta plantea.

Sin embargo, la realidad es que no todos los individuos que pasan por la escuela alcanzan el éxito académico y social del que venimos hablando. Las últimas líneas de investigación que se encargan de estudiar esta temática sugieren que el fracaso escolar constituye una situación muy preocupante y creciente en nuestro país. Un estudio realizado en 2015 por la Fundació Jaume Bofill en colaboración con la Universidad de Barcelona desveló que, en España, el 32% del alumnado de entre 12 y 24 años ha repetido curso o abandona los estudios, destacando que el 79% de los que abandonan su formación procede de hogares socioculturalmente desfavorecidos. Esto nos hace pensar que la privación sociocultural puede constituir un factor de riesgo para el alumnado actuando como posible precursor del fracaso escolar y, en definitiva, minando el desarrollo personal de los individuos y perpetuando las desigualdades sociales y económicas.

Si tenemos en cuenta esta situación y la analizamos desde una perspectiva holística cabe pensar que la escuela constituye un entorno propicio y adecuado para formar individuos resilientes capaces de afrontar factores de riesgo como la desventaja sociocultural familiar, entre otros.

A un nivel más amplio, tomando como referencia el continente europeo, diversas investigaciones como el estudio comparativo realizado por la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), exponen su preocupación ante el fracaso y el abandono escolar temprano y destacan la importancia de implementar estrategias globales que abarquen medidas preventivas, de intervención y de compensación. Dentro de estas medidas, la enseñanza y el aprendizaje de la resiliencia dentro de las escuelas como elemento de empoderamiento del alumnado está cada vez más en boga y se remarcan los beneficios que supone trabajar directamente con los estudiantes a través del desarrollo de programas específicos que parten de una perspectiva proactiva y que, además, son accesibles a todos los alumnos y alumnas, independientemente de su condición sociocultural y económica.

Hasta aquí nos queda claro que la resiliencia puede enseñarse en las escuelas. Sin embargo, por el propio carácter abstracto del concepto cabe preguntarse cómo enseñarla e incluso qué enseñar.

Enseñar habilidades para la vida diaria es uno de los pilares fundamentales para fomentar la prosperidad y el desarrollo de los más pequeños en entornos desfavorecidos. Fuente: Flickr (USDAgov)

Enseñar habilidades para la vida diaria es uno de los pilares fundamentales para fomentar la prosperidad y el desarrollo de los más pequeños en entornos desfavorecidos. Fuente: Flickr (USDAgov)

Ya conocemos que los estudios sobre resiliencia se encargan de buscar factores de protección que diferencian a las personas con un perfil de adaptación positiva de aquellos que muestran un peor ajuste, por lo que resulta evidente que lo más importante a tener en cuenta en el proceso de cimentación de la resiliencia en las aulas escolares es promover dichos factores protectores. Estudios recientes señalan como relevantes factores como la empatía, la resolución de conflictos a través del diálogo, el entender el aula como un lugar seguro para un aprendizaje interactivo donde todos aprenden de todos, el desarrollo de la autonomía desde el entramado del grupo y la sustitución de las emociones negativas por las emociones positivas a través de su manifestación verbal.

Por otro lado también se destaca como elemento positivo en la promoción de la resiliencia el que ésta se trate también desde la Orientación Educativa y la Tutoría, abogando por el desarrollo de programas de intervención psicopedagógica que giren en torno a la educación emocional y que comprendan dicha actuación en un contexto de colaboración con los tres sistemas principales que conforman la comunidad educativa para una mayor eficacia. Estos tres sistemas son las familias, la propia institución educativa y el alumnado. Así, la resiliencia constituye un cambio de paradigma que aborda la vulnerabilidad y el riesgo priorizando su intervención en el desarrollo de las fortalezas del alumnado, dejando a un lado el enfoque del déficit o de la dificultad.

Educando en la escuela para afrontar la vida

Un ejemplo reciente de aplicación práctica de la resiliencia en la escuela es el estudio desarrollado en la ciudad de Cali, Colombia, en el año 2010. Se trata de una investigación de corte cualitativo cuyo objetivo principal es entender e interpretar los fenómenos que tienen lugar en el seno de la escuela al poner en práctica talleres y programas cuyo eje vertebrador es la resiliencia. Dichos programas fueron aplicados en contextos escolares en situación de marginalidad y pobreza.

Para su aplicación se estimó esencial el papel de los docentes y su competencia teórico-práctica en cuanto al constructo que aquí estudiamos, por lo que participaron en un programa previo de capacitación en resiliencia educativa. Posteriormente cada uno de los docentes participantes trabajó con pequeños grupos de alumnos y alumnas la puesta en práctica de procesos que ayudaron a fortalecer sus conductas resilientes. Estos procesos se basan, en primer lugar, en mitigar el riesgo, enriqueciendo los vínculos sociales, dejando límites claros y firmes, así como enseñando habilidades para la vida. En base a esto, la intervención se centra en favorecer la resiliencia brindando afecto y apoyo, estableciendo y transmitiendo expectativas elevadas, y promoviendo oportunidades de participación significativa.

Como resultados del estudio se destaca la mejora emocional, cognitiva y social del alumnado en el aula, especialmente de aquellos que reconocen al docente como una fuente de apoyo y entienden la escuela como un elemento que les brindará prosperidad y desarrollo. También se señala la importancia de ofrecer al alumnado oportunidades para participar de forma activa en el aula de manera que se fortalezca su sentimiento de capacidad y, por consiguiente, la autoestima de los chicos y chicas. En la misma línea, los docentes manifestaron que mantener la esperanza en el alumnado propició trabajar en base a unas altas expectativas y que ello contribuyó a impulsar procesos de cambio, a ser optimistas, a fortalecer los valores de los alumnos y a desarrollar en ellos actitudes de afrontamiento de los retos de la vida.

Si bien es cierto que los resultados de este estudio no pueden ser generalizados por su carácter cualitativo, es decir, que no implicó una intervención experimental que cuantificara los resultados de forma numérica, y por tratarse de una investigación a pequeña escala, cabe pensar que existen posibilidades muy interesantes para la formación e intervención con docentes en el campo de la resiliencia y sus aplicaciones en las escuelas.

Enriquecer los vínculos sociales y fomentar un clima de afecto y apoyo entre iguales favorece la cooperación, la resolución de conflictos y que se alcancen metas comunes. Fuente: Wikicommons.

Enriquecer los vínculos sociales y fomentar un clima de afecto y apoyo entre iguales favorece la cooperación, la resolución de conflictos y que se alcancen metas comunes. Fuente: Wikicommons.

Hemos visto la importancia de la que goza hoy en día la resiliencia y el gran valor de los programas de intervención directa en la escuela cuya implementación puede reducir la brecha existente entre diferentes contextos socioculturales. No debemos olvidar que, a pesar de no empezar con los medios apropiados, todo ser humano es capaz de evolucionar y superarse y, en nuestra sociedad actual, la escuela debe ser uno de los elementos claves para promover esas fortalezas.

Sobre Macarena Paneque Folch

Pedagoga especializada en Orientación Educativa. Actualmente desarrolla su labor profesional en el ámbito de la educación y la formación no reglada como terapeuta y educadora en un Gabinete Psicopedagógico en Sevilla.

1 Interacción

  1. 27/06/2016

    […] Educar para ser resilientes […]

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