Educando en discapacidad intelectual - Psicomemorias
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Educando en discapacidad intelectual

El día 3 de diciembre se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Como queremos poner nuestro granito de arena a este reconocimiento, en Psicomemorias vamos a hablar en esta ocasión de uno de los colectivos menos visibles: las personas con discapacidad intelectual. Para ello contamos con Manuel Pérez-Cerezal Muñoz, psicólogo y psicoterapeuta con experiencia trabajando con este colectivo.

Discapacidad

El concepto de discapacidad a lo largo de la historia

Hasta el día de hoy, las personas con discapacidad han sufrido distintas formas de rechazo y discriminación. Una de estas formas (quizás una de las más sutiles) radica en la manera en la que se ha llamado a estas personas: “lisiados”, “deformes”, “inválidos”, y un largo y triste etcétera.

La discapacidad intelectual también ha sufrido este tipo de definiciones. En el siglo XVI aparece una de las primeras, en la que se denominaba a este colectivo como “idiotas” y la definición es la siguiente:

«…Es idiota de nacimiento una persona que no puede contar o numerar 20 peniques, ni puede decir quién fue su padre o su madre, ni decir su edad, con lo que puede parecer que no tuviere entendimiento de lo provechoso y lo nocivo para él».

Tras pasar por otras explicaciones peyorativas como “imbéciles” o “anormales”, con el paso del tiempo se llega a otras definiciones más avanzadas. Durante la primera mitad del siglo XX ya se empieza a manejar el concepto de retraso mental, que sigue vigente todavía, aunque seguía siendo una explicación bastante alejada de la actual, ya que consideraba el retraso mental como un rasgo absoluto de la persona (que afecta a la todas las áreas de su vida) centrándose en la puntuación conocida como C.I. (cociente intelectual), y estableciendo categorías según el nivel: ligero, medio, severo y profundo.

En el año 2006, la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad aprobada por la ONU, establece la definición que se utiliza actualmente:

Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.

¿Qué significa esta definición? Lo más importante es que se cambia a un modelo social de la discapacidad, pasando de una concepción en la que el problema “está en la persona” a considerar que el problema se encuentra en la interacción entre la persona y el entorno. También se presta una mayor atención a aspectos como los tipos de apoyo que necesita la persona para progresar, aquellas habilidades y áreas que hay que potenciar y desarrollar, y sobre todo apoya la idea de considerar a la persona con discapacidad como a cualquier otro individuo de nuestra sociedad.

Como se incluye en la definición, se establecen distintos tipos de discapacidad:

  • Discapacidad Física: aquellos que la padecen tienen afectadas las habilidades motrices, teniendo limitaciones en la realización de movimientos.
  • Discapacidad Sensorial: aquí se incluyen las personas con deficiencias en sus sentidos, como la discapacidad auditiva y visual.
  • Discapacidad Psíquica: una persona con discapacidad psíquica es aquella que presenta trastornos psicológicos que afectan permanentemente a su adaptación.
  • Discapacidad Intelectual: discapacidad que se caracteriza por limitaciones en el funcionamiento intelectual y en la conducta adaptativa.

Qué es y qué no es la discapacidad (retraso mental, síndrome de Down…)

Como ya se ha comentado, las personas con discapacidad intelectual conforman uno de los colectivos con menos visibilidad en nuestra sociedad. Esto puede deberse a que en muchos casos no conllevan ninguna enfermedad o problema físico, por lo que no destaca a simple vista y pueden pasar más desapercibidos. Aún así, en nuestro país actualmente hay alrededor de 229.000 personas con discapacidad intelectual y en muchos casos necesitan de apoyo en varios aspectos de su vida.

Para establecer que una persona tiene discapacidad intelectual se utilizan tres criterios (según el manual DSM-V):

  • Que la persona tenga déficits en el funcionamiento intelectual: razonamiento, solución de problemas, planificación, pensamiento abstracto, toma de decisiones, etc. En las pruebas que se realizan para comprobar estos déficits, la persona tendría que obtener una puntuación C.I. de 70 puntos o menos, lo que implicaría tener retraso mental.
  • Que la persona tenga limitaciones en una o más habilidades adaptativas que se consideran básicas para la vida diaria. Desde cuestiones fundamentales como saber alimentarse, ducharse, llevar una higiene adecuada… a otras más complejas como el manejo de dinero, del transporte público, tener actividades de ocio o laborales.
  • Que lo anterior se produzca durante el periodo de desarrollo (antes de los 18 años).

Estos criterios están relacionados con una de las confusiones que se suelen producir con más frecuencia, utilizar discapacidad intelectual y retraso mental como sinónimos. En ellos se especifica que tener un C.I. inferior o igual a 70 (retraso mental) es uno de los criterios que se utilizan para tener discapacidad intelectual, por lo que son conceptos distintos.

Esta confusión no es la única que suele darse con este colectivo. En muchas ocasiones se suele considerar la discapacidad intelectual como un trastorno mental, como puede ser un trastorno psicótico o de la personalidad, cuando no es así. Un trastorno mental no conlleva necesariamente déficit en el funcionamiento intelectual, pudiendo presentarse a cualquier edad y siendo frecuentemente temporales.

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También suele reducirse el colectivo de personas con discapacidad intelectual a las personas con síndrome de Down, posiblemente debido a que este síndrome suele conllevar rasgos faciales característicos. Realmente es solo una de las posibles causas de esta discapacidad y las personas con síndrome de Down conforman un porcentaje pequeño del total.

La discapacidad intelectual puede ser la consecuencia de muy diversos factores. Por un lado, durante el momento de la concepción pueden ocurrir anomalías en la disposición de los cromosomas, como ocurre en el síndrome de Down y en otros menos conocidos como el de Prader-Willi o el de X-frágil. También podemos encontrar factores que provoquen discapacidad intelectual durante el embarazo, como es el consumo de sustancias o el padecimiento de alguna enfermedad como la meningitis por parte de la madre. El momento del parto resulta también de relevancia, pues los traumatismos craneales o la mala praxis durante el mismo pueden ser también causas. Por último, encontramos factores ambientales, que pueden darse en cualquier momento a lo largo de la vida de una persona, como es la falta de estimulación durante la infancia o el consumo prolongado de drogas.

Problemas asociados a la discapacidad intelectual y recursos para combatirlos

Sin duda el déficit de habilidades para la vida diaria, que ya hemos comentado, conforma los problemas que suelen darse con mayor frecuencia en este colectivo. Otra de las dificultades más comunes en las personas con discapacidad intelectual es la comunicación, tanto a la hora de expresarse como de comprender los mensajes que se le dicen. Hay que tener en cuenta que muchas de estas personas, aquellas que precisamente tienen más necesidad de apoyo, apenas pueden hablar o manejan muy pocas palabras. En cambio, hay otras personas con discapacidad intelectual que pueden mantener una conversación fluida y con facilidad, pero encuentran dificultades para entender mensajes complejos, expresar sus dudas, peticiones y emociones de manera adecuada.

También se dan en menor medida, pero más frecuentemente que en el resto de la población, problemas de conducta, como son aislamiento, lenguaje ofensivo o agresividad (tanto a otros como a sí mismo).

Y sin duda son muy importantes las necesidades afectivas. Los problemas para comunicarse y los que se dan con el entorno pueden generar problemas afectivos: saber cómo dar o cómo recibir afecto, cómo llevar una relación de pareja o buscar la atención de los demás de una manera excesiva.

Por suerte, existen una amplia gama de recursos a los que pueden recurrir estas personas y sus familiares, tanto públicas como privadas y concertadas. Desde recursos económicos (que están regulados por la famosa Ley de Dependencia) a otros sociales y sanitarios, como las asociaciones para personas con discapacidad intelectual, recursos ocupacionales y de apoyo a vida laboral, etc.

Son muy importantes los recursos residenciales, ya que muchas de estas personas no tienen las habilidades o los apoyos necesarios para vivir junto a sus familias o de forma independiente. En nuestro país existen distintos tipos de recursos según los apoyos que necesita la persona. Desde residencias para personas gravemente afectadas donde reciben ayuda para las cuestiones más básicas, residencias de menores y de adultos, hasta viviendas tuteladas, donde el apoyo de los profesionales se limita a algunas áreas concretas.

Discapacidad 3

Cuestiones para el futuro

Aunque se ha mejorado mucho en los últimos años en el trabajo con este colectivo, siempre hay que seguir mirando hacia delante, buscando áreas en las que mejorar. Una de ellas es la incorporación al mundo laboral de las personas con mayor nivel, o una mejor inclusión de los menores con discapacidad en el sistema educativo.

Otro aspecto sería el recibir una atención más especializada en sanidad, sobre todo en problemas psicológicos y psiquiátricos, ya que debido a la discapacidad y a los problemas comunicativos, en muchas ocasiones es un trabajo con unas características muy distintas al que se realiza con el resto de la población.

También hay otro concepto muy importante en el que avanzar, como es la normalización de la sexualidad de estas personas. En la sociedad es posible encontrarse con multitud de conceptos y opiniones erróneas, como que las personas con discapacidad intelectual “son angelitos” y no tienen deseo sexual, o totalmente al contrario, que suelen ser desinhibidos o peligrosos. Es necesario tratar la sexualidad de estas personas con normalidad, y en aquellos casos que existan problemas en este área (dificultades para expresarse sexualmente de manera adecuada, conseguir pareja o mantener una relación), proporcionar los apoyos que sean necesarios.

El último aspecto, pero no el de menor importancia, son las ayudas económicas del Estado que reciben tanto las personas como las asociaciones o los mismos recursos públicos. En muchos casos resultan insuficientes o varían año tras año, dificultando la estabilidad y la continuidad de los apoyos que se les brindan.

¿Qué puede hacer cualquier persona para ayudar?

Lo más sencillo es desterrar los mitos y las palabras inadecuadas de las que hemos hablado:

  • Hablar    de personas con discapacidad intelectual en vez de retraso mental o retrasados.
  • No confundir con enfermedad mental, ni tampoco pensar que estas personas no pueden tener una enfermedad mental (lo que también suele ocurrir con frecuencia).
  • No utilizar otras palabras ya obsoletas como oligofrenia, personas “diferentes” o “especiales”.

Pero sobre todo tratar a las personas con discapacidad (intelectual o de cualquier tipo) que tengamos alrededor como a uno más, y apoyarlas en aquellos aspectos que no dominan. Y por supuesto, si se quiere ayudar más, en las asociaciones de personas con discapacidad el trabajo del voluntariado es muy importante, por lo que animo a aquellos que les interese a acercarse a las asociaciones que conozcan para ayudar a estas personas.

Para saber más…

Sobre Manuel Pérez-Cerezal Muñoz

Psicólogo habilitado sanitario, psicoterapeuta y Máster en Psicología Clínica Aplicada a Adultos. Desde que terminó su formación desarrolla su profesión trabajando con personas con discapacidad intelectual.

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