El dolor: nuestro odiado aliado
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El dolor: nuestro odiado aliado

¿Por qué sufrimos dolor?

En la mayoría de los casos la razón por la que sufrimos dolor nos remite a su función adaptativa. Si no sufriéramos dolor no seríamos capaces de aprender qué estímulos pueden dañarnos e incluso poner en juego nuestra supervivencia. Si te dijera que el dolor que sufres al sentir el apéndice inflamado es beneficioso, probablemente en ese momento no te lo parecerá, pero será la alarma que evitará que la enfermedad se complique excesivamente.

El dolor surge como una respuesta de alarma ante una amenaza, ya sea real o potencial, hacia nuestra integridad física o mental (como por ejemplo, una ruptura sentimental), dando lugar a una movilización de la persona para intentar reducirlo o evitar que empeore.

El dolor es una respuesta de alarma ante una amenaza.

El dolor es una respuesta de alarma ante una amenaza.

 

En palabras de Butler: “[…] incluso cuando el dolor es crónico y horrible, duele porque el cerebro, de alguna manera, ha llegado a la conclusión, por una u otra razón, normalmente de una forma totalmente inconsciente, de que estás amenazado y en peligro. La clave es descubrir por qué el cerebro ha llegado a esta conclusión”.

Aun así, se trata de un proceso bastante más complejo que esto, pues no siempre un daño físico o la amenaza de éste producen dolor. Pensemos, por ejemplo, en el deportista que a pesar de estar sufriendo una lesión grave ha continuado el ejercicio o la competición sin notarlo. Otro ejemplo proviene de los soldados que volvieron de la Segunda Guerra Mundial, quienes a pesar de sufrir diversas heridas, algunas graves como la amputación de un miembro, no manifestaban dolor por ellas e incluso en sus relatos se podía observar una disminución de la importancia o emocionalidad que concedían a estos sucesos. Es como si su percepción dolorosa hubiera disminuido por el consuelo de haber sobrevivido a tal situación.

¿Qué es el dolor? ¿Es simplemente una sensación?

No cabe duda de que el dolor es un fenómeno curioso. Por nuestra propia experiencia sabemos que es algo más que una simple sensación, tiene un añadido de subjetividad, algo que lo hace difícilmente mesurable por una persona externa, distinta a la que lo padece. Si alguna vez has tenido una experiencia similar a la que está siendo causa de dolor para otro, te podrás hacer cierta idea de qué puede estar sintiendo, pero realmente no lo sabrás con certeza pues se trata de una experiencia personal, interna. De hecho, algo que para una persona puede causar dolor, para otra no. E incluso para una misma persona aquello que en un momento le causa dolor, en otro momento distinto puede no hacerlo.

Esto es así porque el dolor es una percepción y toda percepción es, al fin y al cabo, una interpretación de la realidad, de nuestra realidad, ya sea externa o interna. Dicha percepción se vuelve consciente después de que nuestro cerebro evalúe la información que proviene de los sentidos y sea interpretada como una amenaza, ya sea real o potencial.

En condiciones extremas, como la guerra, el daño no siempre se acompaña de la percepción del dolor.

En condiciones extremas, como la guerra, el daño no siempre se acompaña de la percepción del dolor.

La visión tradicional del dolor entendía éste como perteneciente al mundo de los tejidos, es decir, duelen los músculos, huesos, tendones, etc., limitando así el papel del cerebro al de un mero receptor de la información que proviene de los sentidos. Sin embargo, debido principalmente a los avances en neurociencia de las últimas décadas, esta visión ha ido siendo reemplazada por una mucho más amplia y moderna, que concede mayor importancia al papel del cerebro en el procesamiento de la información.

Para seguir avanzando en la comprensión de la experiencia de dolor, vamos a partir del punto de que ésta es una percepción o experiencia subjetiva configurada por tres componentes principales.

El primer componente a tener en cuenta es el sensorial, referido a la pura percepción de la intensidad del estímulo doloroso. El segundo componente es el motivacional-afectivo, relacionado con las consecuencias emocionales inmediatas, aquellas que lo caracterizarían como desagradable o aversivo dando lugar a la experiencia de displacer o molestia. En tercer lugar encontramos el componente cognitivo-evaluativo o de implicación emocional a largo plazo, es decir, en qué grado el dolor que está siendo experimentado supone una amenaza para nuestro bienestar futuro. Este último componente del dolor constituiría la integración a nivel superior de la experiencia de dolor, en la que además de la emoción intervendrían procesos tales como la memoria y la atención entre otros. No es de extrañar por tanto, que ya en 1968 autores como Melzack y Casey propusieran a este componente cognitivo como candidato a ser responsable de la subjetividad que acompaña a la experiencia de dolor. Constituye así además un componente especialmente relevante a la hora de intentar comprender el dolor crónico.

De esta manera, la percepción del dolor surge de una estimulación sensorial inicial – que como hemos visto no es requisito que sea real, basta con que sea imaginada o potencial- , una modulación afectiva y finalmente una integración superior a nivel de corteza cerebral. Sabemos por tanto que nuestro cerebro tiene un papel crucial en dicha percepción.

Entonces, ¿cuál es el papel concreto del cerebro en la percepción del dolor?

Los tres componentes mencionados (para abreviar: sensorial, emocional y cognitivo) han sido relacionados con tres mecanismos cerebrales distintos. Así, el componente puramente sensorial de percepción del dolor se ha considerado relacionado con la vía que va desde la médula a la corteza somatosensorial, un área encargada de la percepción de la estimulación en contacto con la piel y nuestros órganos internos. Por otro lado, la corteza del cíngulo anterior ha sido relacionada con la evaluación emocional y por lo tanto con el segundo componente. Por último, la corteza prefrontal se ha considerado como una zona clave para el componente cognitivo, pero éste es algo más complejo pues estaría, como hemos visto, influido por diversos procesos y evaluaciones a su vez.

Algunas de las áreas más importantes del cerebro implicadas en el dolor: la corteza cingulada (en azul), la corteza somatosensorial (en amarillo) y la corteza prefrontal (en verde).

Algunas de las áreas más importantes del cerebro implicadas en el dolor: la corteza cingulada (en azul), la corteza somatosensorial (en amarillo) y la corteza prefrontal (en verde).

 

Para comprender mejor qué papel tiene el cerebro en el procesamiento del dolor, Rainville y su grupo de investigadores llevaron a cabo un ingenioso experimento en el que indujeron sensaciones de dolor en sujetos humanos al introducir la mano en agua helada. Por medio de hipnosis lograron disminuir el displacer o molestias causadas aún sintiendo una estimulación intensa, -según informaban los participantes-. Pero lo más sorprendente fue el hecho de que por medio de técnicas de neuroimagen, que nos permiten ver la activación del cerebro en distintos momentos, pudieron observar que cuando los participantes estaban bajo hipnosis –y encontraban por tanto el dolor menos desagradable-, la activación en el cíngulo anterior disminuía mientras que la de la corteza somatosensorial se mantenía alta.

¿Qué quieren decir estos hallazgos?

Suponen un apoyo a la teoría antes mencionada, ya que el cíngulo anterior que se consideraba relacionado con el componente emocional, efectivamente veía disminuida su activación al disminuir la emocionalidad asociada («siente menos displacer o emoción desagradable»). Por su parte, la corteza somatosensorial que correspondería al componente más puramente sensorial se mantenía activada (“siente la estimulación”).

Más tarde, el mismo grupo de investigadores consiguió reducir por medio de sugestión la intensidad del componente sensorial, es decir, la intensidad del dolor en sí.

En resumen, en el primer experimento los participantes bajo hipnosis seguían sintiendo la estimulación aunque la calificaban como menos desagradable, mientras que en el segundo demostraron que al igual que el componente emocional, el sensorial también puede ser modificado por sugestión. Todo esto estuvo además acompañado por unos patrones de activación concretos y diferenciados a nivel cerebral.

Por último, el tercer componente, el cognitivo-evaluativo, se ha considerado en parte relacionado con la corteza prefrontal. Esto es así porque ha sido ampliamente evidenciado por estudios de lesión que esta área está relacionada con la elaboración de planes de futuro, evaluación de consecuencias y de reconocer el significado personal de las situaciones en las que se está implicado, entre otras muchas cosas. Por todo ello, parece ser un área especialmente relevante a la hora de comprender el dolor crónico y sus consecuencias.

Es importante recordar que aunque estas áreas de nuestro cerebro son partes o patrones de funcionamiento reconocidos como especialmente importantes para cada uno de los componentes del dolor, el cerebro funciona en su conjunto en todo momento.

El dolor es una interpretación de nuestra propia realidad.

El dolor es una interpretación de nuestra propia realidad.

En conclusión, el dolor es una percepción que se producirá siempre que nuestro cerebro interprete la información, ya sea interna o externa, como una amenaza para nosotros. Es un mecanismo complejo y formado por diversos componentes, basados en distintos patrones de activación cerebral. De esta forma, los avances en el ámbito de la neurociencia nos están ayudando a comprender mejor qué define el dolor y cómo se produce. Son aspectos clave, que pueden ser de gran ayuda de cara tanto a la prevención como a la intervención clínica en pacientes que padecen dolor (sobre todo si es crónico), donde además muchas veces es necesaria la colaboración de un equipo multidisciplinar formado por médicos, fisioterapeutas y psicólogos.

Sobre Bárbara Postigo

Psicóloga actualmente formándose en Neuropsicología Clínica. Ha participado en un proyecto de investigación sobre bases neurales del dolor crónico en el Hospital Universitario Radboud de Nijmegen (Holanda) y en un proyecto de evaluación psicofisiológica de un programa de rehabilitación cognitiva en pacientes con Esclerosis Múltiple en la Unidad de Psicofisiología Humana de la Universidad de Sevilla.

1 Interacción

  1. 01/09/2014

    […] al tema que nos ocupa, en muchas ocasiones las personas que tienen un miembro fantasma experimentan dolor. Sobre todo para casos en que se experimenta dolor en éste, y especialmente porque el miembro […]

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