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Felicidad ¿elección u obligación?

Por Carmen Mateo Pérez

Vivimos, en mi opinión, en la sociedad del éxito, de la inmediatez, de la alegría, de la competición, de la búsqueda de sensaciones placenteras, de la ocultación de la dificultad (entendida como flaqueza). De este modo, parece aceptarse a la felicidad y la expresión de emociones positivas como objetivo vital. Emociones como la tristeza, la frustración o el desconsuelo no suelen estar bien consideradas.

Tal es el punto que, con demasiada frecuencia, podemos observar la medicalización de la tristeza. Titulares como “La tristeza no debe tratarse con fármacos, aconsejan médicos y psicólogos” (Periódico digital La Nueva España, 30/11/2016) o “La tristeza y la ansiedad no son enfermedades, ni deben tratarse con pastillas” (www.clarin.com, 22/11/2016) refuerzan nuestra hipótesis de la tendencia absoluta a la eliminación del malestar.

Huellas en la playa.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en el objetivo a alcanzar por gran parte de la sociedad actual Fuente: Pixabay.com

Es conocido por todos el fenómeno actual de varias empresas de vender productos tales como tazas, láminas, agendas u otro tipo de enseres personales (¡hasta paragüas!) plagados de mensajes positivos. No hay más que realizar una búsqueda sencilla en internet para comprobar la cantidad de recursos que existen que abogan por la felicidad, la transmisión de frases positivas y el no dar cabida al dolor y al sufrimiento.

Incluso la propia literatura, en unas ocasiones con tintes científicos y, en otras, con objetivos simplemente divulgativos, está llena de felicidad. “El secreto de la felicidad”, “La felicidad en la familia, en la educación, en las empresas”, “La felicidad desde la espiritualidad”, “Ese instante de felicidad”, “Vivir con felicidad”, “Esperando la felicidad”, “Arquitectura para la felicidad”, “El camino de la felicidad”, etc. son solo algunos de los títulos de la mucha bibliografía existente en este sentido.

Si bien el fenómeno de la felicidad no es, en absoluto, una novedad (ya fue estudiado por filósofos antiguos como Aristóteles, quien la definía como el “bien supremo”, el fin al cual están destinadas todas nuestras acciones, el objetivo de la vida de los seres humanos), existe en nuestra sociedad (que no en otras) un ensalzamiento extremo de la felicidad. Evidentemente, la felicidad es una elección personal, y todos los esfuerzos que se destinen a que las personas consigan alcanzar el bienestar en todos los sentidos, propio de la naturaleza humana, son bien recibidos. Pero, ¿qué pasa si el deseo de felicidad se convierte en una exigencia?

A diferencia de los temas de conversación de nuestros abuelos (visualícese a dos personas mayores que se encuentran por la calle y tratan de discernir cuál de las dos tiene más problemas de salud), la exaltación de la felicidad en la actualidad se refleja también en las interacciones que establecemos a través de las redes sociales. Todos estamos acostumbrados a ver publicaciones de agradecimiento, demostraciones de amor, satisfacción con la vida, con otras personas… a través de las redes cuando, en muchas ocasiones, la persona a la que va destinado el mensaje no va a acceder al mismo (por ejemplo, personas ya fallecidas, niños de corta edad, personas que no están en las redes sociales…), manifestaciones que, en la mayoría de los casos, y cuando es posible, ni siquiera son trasladadas a la persona real. Entonces, me pregunto: ¿cuál es su objetivo? ¿La visibilidad de la felicidad? ¿Parecer que estamos felices y agradecidos a la vida constantemente?

Chicas en la playa haciéndose un selfie.

La exaltación de la felicidad a través de su publicación en las redes sociales: demostrar siempre que se es extremadamente feliz Fuente: Pixabay.com

Y sigo preguntándome: ¿Tiene que ser feliz una madre que acaba de perder a su hijo? ¿Tiene que ser feliz una persona con dificultades económicas a la que despiden de su trabajo? ¿También debe ser feliz alguien que ha roto una relación afectiva importante? ¿Es que acaso la tristeza, la pena, el sufrimiento,… no tienen cabida en esta sociedad?

Dentro de la terapia psicológica de orientación cognitiva, y desde la creación de la misma a finales de los años 70, nos encontramos con una serie de distorsiones cognitivas. Estas se pueden definir como esquemas equivocados de interpretar los hechos que generan múltiples consecuencias negativas. Estos esquemas pueden llevar a las personas al padecimiento de trastornos del estado de ánimo (ansiedad y depresión, frecuentemente). Entre otros, David Burns, en su conocido libro “Sentirse bien” (1980), realiza una descripción de éstas, pudiendo encontrarnos con algunas distorsiones como las siguientes:

Pensamientos todo o nada

Tendencia a evaluar las propias cualidades recurriendo a categorías extremas, blanco o negro. (…) Por ejemplo, un estudiante que siempre obtenía la más alta calificación, al conseguir otra solo un poco menos alta llegó a esta conclusión: “ahora soy un fracaso total“. Las formas de pensamientos todo o nada constituyen la base del perfeccionismo. Hacen que usted tema cometer cualquier error o imperfección porque entonces se considerará un absoluto perdedor, y se sentirá un inútil sin valor. El nombre técnico de este tipo de error de percepción es pensamiento dicotómico. Usted ve todas las cosas en blanco o negro, los matices grises no existen.

Generalización excesiva

Cuando usted generaliza en exceso llega arbitrariamente a la conclusión de que algo que le ha ocurrido una vez volverá a sucederle una y otra vez, que se multiplicará. Como lo que sucedió es invariablemente desagradable, usted se siente abatido.
El dolor del rechazo es consecuencia casi totalmente de una generalización excesiva. Si no existe esta, una afrenta personal podrá ser temporalmente decepcionante, pero nunca demasiado perturbadora. Un joven tímido reunió todas sus fuerzas para pedirle una cita a una muchacha. Cuando ella le dijo cortésmente que no podía porque tenía otro compromiso, él se dijo a sí mismo: “nunca voy a poder salir con una chica. Ninguna chica querrá salir conmigo. Me quedaré solo y triste toda la vida“.

Enunciaciones “debería”

Usted trata de motivarse diciendo: “debería hacer esto” o “debo hacer eso“. Estas enunciaciones le hacen sentirse presionado y resentido. Paradójicamente, termina por sentirse apático y sin motivación alguna. Albert Ellis llama a esto “musturbation” (juego de palabras intraducible del idioma inglés en el que must (deber) es conjugado en la palabra masturbación). Yo lo llamo el enfoque “debería” de la vida.

Las enunciaciones “debería” generan muchos trastornos emocionales innecesarios en su vida diaria. Cuando la realidad de su conducta no logre cumplir sus propias normas, sus “debería” y “no debería” le producirán autoaversión, vergüenza y culpa. Cuando los resultados demasiado humanos de otras personas no satisfagan sus expectativas, como sucederá inevitablemente de vez en cuando, se sentirá amargado o se convertirá en un cínico. Tendrá que cambiar sus expectativas para acercarse a la realidad, o de lo contrario se sentirá siempre humillado por la conducta humana.

Estos pensamientos negativos han estado normalmente asociados a circunstancias propias de las personas que los presentan (su modo de interpretar la realidad). Pero, ¿qué ocurriría si la incipiente exaltación de la felicidad llevara a entender la misma como una exigencia? Pues que podríamos encontrarnos con personas que se autoexigieran la felicidad, que sintieran que deben ser felices (y no pueden serlo a pesar de contar con unas buenas circunstancias para ello), y que la felicidad debe ser absoluta (o soy completamente feliz, o soy un desgraciado). Ya me he encontrado, en mi práctica profesional, con varias personas que se sienten frustradas porque creen que deberían ser felices (al fin y al cabo, cuentan con todo lo indispensable para ello, según su propio criterio, y en comparación con los demás). Esta sociedad del bienestar y la felicidad, ¿está consiguiendo realmente hacernos más felices? Tengo mis dudas al respecto.

La propia Psicología no se queda al margen de esta tendencia. Desde la aparición de la Psicología Positiva tras la conferencia inaugural que pronunció Martin E. P. Seligman al comenzar su etapa como presidente de la APA (Asociación Americana de Psicología) en 1998, se inició una corriente psicológica centrada en hacer que las personas tuvieran una vida más productiva y plena (Vera, 2008). Este mismo autor (Seligman, 2011), mostraba pasados unos años de aquella conferencia que se puede llegar a vivir dentro de los límites más elevados del rango fijo de felicidad de cada persona, tratando de aumentar las emociones positivas vivenciadas por las personas.

A diferencia de la multitud de bibliografía existente para encontrar la felicidad (muchas de ellas, sin ninguna base científica), yo apuesto por otro título de creación propia como: “¿cómo librarse de la felicidad impuesta?”. Y así lo han hecho otros autores en obras como “(I.B.D.) La ley de la felicidad: prohibido no ser feliz” (Novo, I., 2015), “La industria de la felicidad: cómo el gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar” (Davies, W., 2016), “La búsqueda de la felicidad: por qué no serás feliz hasta que dejes de perseguir la perfección” (Tal Ben-Shahar, 2011), “Felicidad flexible: atrévete a romper tus propios esquemas” (MoixAguilar, J., 2011), o “La trampa de la felicidad: deja de luchar, comienza a vivir” (Harris, R. 2010).

No debemos olvidar que, a pesar de que era y sigue siendo adecuado dedicar investigaciones, intervenciones y recursos en tratar que cada persona alcance su bienestar, no todas las emociones (incluidas las mal llamadas “emociones negativas”) son adaptativas. Pero sentirse mal, y expresarlo, no está de moda. Hay que estar bien, y si ocurre algún incidente negativo, hay que olvidarlo lo más pronto posible, y transformarlo, y todo esto sin caer en aflicciones. Y el malestar es natural y universal. Pero nos empeñamos en reprimirlo. Desde pequeños, educamos a nuestros hijos en la no manifestación de ello. “No pasa nada, no llores, sé fuerte, pronto pasará, tienes que tirar para adelante, trata de ser positivo”, y así seguimos, con estas frases, en nuestra adultez. Y, como decía Carl Gustav Jung, psicólogo suizo de corriente psicoanalítica, la palabra “Felicidad” perdería sentido sin la tristeza.

Chica con mecha.

Para que exista un poco de luz, ésta debe destacar entre la oscuridad Fuente: Pixabay.com

Y, mientras escribo, observo en mi escritorio un bolígrafo que aboga por la eterna sonrisa, y al consultar un mensaje de WhatsApp me fijo en la imagen de mi perfil, que me recuerda la importancia de ser feliz. Sí, yo también he sucumbido en el marketing de la felicidad. Pero, para mí, la felicidad no es una obligación, sino una ELECCIÓN.

Para saber más…

Burns, D (1980). Sentirse bien, Editorial Altaya, España (1995), pp. 46 a 54. Seligman, M. (2011). La auténtica felicidad. Barcelona: Zeta Bolsillo Vera, B. (2008). Psicología Positiva. Una nueva forma de entender la Psicología. Madrid: Calamar Ediciones.

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3 Interacciones

  1. carmen dice:

    Que hay que ser feliz a pesar de lo que uno tenga en la cabeza. .

  2. Rocio dice:

    Muy interesante, acertado y bien fundamentado bibliograficamente, realizado por una excelente psicóloga.

  3. Nieves dice:

    Me hace reflexionar sobre lo que consigue esta sociedad consumista en la vivimos, convertir en un producto de moda hasta la “felicidad”. Enhorabuena a la autora! Genial artículo.

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