Por qué no llegas a cumplir tus propósitos de Año Nuevo - Psicomemorias
¿Quieres estar a la última en Psicología y Psicomemorias? Únete a nuestra página de Facebook
Vale, quiero estar informado

Por qué no llegas a cumplir tus propósitos de Año Nuevo

Ha pasado ya poco más de un mes desde el inicio del 2017. Durante el mes de enero, los gimnasios se llenan de gente, las despensas se vacían de productos azucarados, y las personas nos cargamos de propósitos de año nuevo. Los hábitos de vida saludable siempre encabezan las listas de objetivos más comunes. Y sin embargo, es bien sabido que la mayoría de personas no lograr perseverar en sus propósitos.

Pongámonos en situación. Ese coulant de cremoso y caliente chocolate tiene buena pinta, pero me había propuesto estar en forma. El problema es que ambas opciones son, grosso modo, mutuamente excluyentes: si cada vez que se me antoja un coulant me dejo llevar, tendré que renunciar a la posibilidad de estar en forma; y si quiero estar en forma, tendré que renunciar a comer chocolate a cada momento. Ambas opciones parecen respetables. Si alguien me pregunta, podría decir que “la vida son dos días” y abrazar una existencia llena de dulces. O podría ponerme en forma y adquirir unos hábitos alimenticios que, si bien no me van a prohibir que alguna que otra vez me dé un capricho, no incluyen tomar chocolate con la frecuencia que me gustaría.

niño_malvavisco

Resistir la tentación no siempre es fácil. Especialmente cuando la tienes ahí, delante de la cara. Fuente: IgniterMedia

Sin embargo, a veces nos comprometemos con una de las dos opciones y, a medio camino, cambiamos de opinión. ¿Por qué resulta tan complicado mantenernos firmes con una elección cuya recompensa tarda en llegar? Muchos psicólogos intentan averiguar qué nos hace persistir cuando nos comprometemos con objetivos a largo plazo. Quizá si lo logran podríamos aprender a facilitar este tipo de compromisos en situaciones que habitualmente resultan difíciles.

Lo bueno, si breve, dos veces bueno

Durante las décadas de 1960 y 1970, el psicólogo americano Walter Mischel llevó a cabo una serie de experimentos en la Universidad de Stanford para estudiar cómo se comportan los niños de edad preescolar ante distintas situaciones en las que tendrían que elegir entre recompensas a corto y a largo plazo. En uno de estos experimentos, los niños tenían la posibilidad de recibir un pequeño premio inmediatamente (como una esponjita o nube de chuchería), o recibir dos premios si esperaban un tiempo, aproximadamente unos quince minutos.

Si crees que la situación es un poco tonta y que los niños, evidentemente, elegirían esperar un poco si va a significar que reciban una recompensa mayor, mejor échale un ojo a este vídeo en el que replican el experimento original de Mischel:

La clave para entender lo que le pasa a estos niños es la incertidumbre. Estos niños tienen que elegir entre una nube de esponjita que podrían tener ya –siempre está ahí disponible– o dos esponjas que saben que pueden conseguir si esperan lo suficiente. Pero, ¿cuánto es lo suficiente? Los investigadores no les han dicho exactamente cuánto deben esperar para obtener la recompensa mayor.

Existen situaciones en las que las personas muestran una gran capacidad para perseverar. Nadie se pasa dos días en la calle haciendo cola para ver a su grupo de música favorito o para ser de los primeros en tener el nuevo modelo del smartphone de moda, y abandona antes de conseguirlo. Está claro que deben existir factores que faciliten o dificulten que seamos persistentes, como el valor que tiene aquello que queremos conseguir o nuestras creencias sobre el tiempo que necesitamos invertir para conseguirlo.

Más vale esponjita en mano…

Psicólogos como Burrhus F. Skinner, considerado uno de los padres de la Psicología, plantearon algunas respuestas a estas preguntas sobre el valor de los reforzadores (es decir, los premios) y a los factores implicados en ellos. Entre otros, explicaron los fenómenos de conducta de elección y de autocontrol. Utilizaron una serie de elementos: Privación, Magnitud, Calidad, Duración y Demora.

 – Privación: El tiempo que ha estado el sujeto (persona, animal, grupo, etc.) sin acceso a un determinado reforzador. Por ejemplo, si llevo días sin comer, decimos que estoy en un estado de privación. Esto hará que la comida tenga un gran valor para mí. O dicho de otra manera, no tendrá el mismo valor un trozo de pizza si me comí una ayer, que si llevo meses sin probar la pizza.
 – Magnitud: Es la cantidad o intensidad del reforzador. En el caso del dinero, imagina que por devolver una cartera perdida con 1000 € te dan una recompensa de 10 €. Habrá quien piense que tiene más valor robar el dinero.
 – Calidad: Es difícil separarlo de la magnitud, ya que realmente la intensidad del estímulo influye en su calidad. Pero podríamos usar de ejemplo el proporcionar jamón blanco o ibérico.
 – Duración: Íntimamente relacionado con los anteriores, funciona en el mismo sentido. A mayor duración de la consecuencia (positiva o negativa) mayor es el efecto que produce. Por ejemplo, si puedo estar comiendo durante treinta minutos, la comida tendrá un valor más reforzante que si sólo tengo cinco.
 – Demora: Es la única propiedad que tiene una relación inversa con el reforzador. A mayor demora, menor poder reforzante. Por ejemplo, si me van a dar los 1000€ ahora o dentro de 10 años.

Todos estos elementos generaron una pequeña fórmula que consiste en dividir la magnitud de un reforzador entre la demora que tenemos que esperar hasta conseguirlo. O en otras palabras, el valor de una esponjita será mucho más alto si me dan dos pero tengo que esperar dos minutos en conseguirla, que si me dan tres esponjitas pero tengo que esperar cuatro minutos.

Pero no solo el valor de la esponjita se mediría por esta fórmula, sino que tendríamos que tener en cuenta desde cuándo no tengo acceso a las esponjitas, cuál ha sido mi historia previa con ellas (puede que a mí en particular no me gusten), si son de una marca que adoro o es una marca blanca, o cuánto tiempo tengo para conseguir todas las esponjitas que quiera.

Podríamos englobar todas estas descripciones sobre elecciones en un solo término: autocontrol, que podríamos definir como la capacidad de elegir una recompensa grande demorada sobre una recompensa pequeña inmediata.

En un experimento ya clásico de los años 70, los investigadores Howard Rachlin y Leonard Green decidieron estudiar cómo un grupo de palomas se comportaban ante la posibilidad de elegir entre dos opciones: una pequeña recompensa inmediata o una recompensa muy grande demorada, generando dos situaciones posibles. En la primera las palomas tenían dos teclas que podían pulsar. Si pulsaban la izquierda, automáticamente se le daba un trocito de comida sin necesidad de esperar nada. Sin embargo, si pulsaban el botón de la derecha, tenían que esperar cuatro segundos y se les darían muchos más trozos de comida. ¿Qué ocurrió? Pues que prácticamente todas las palomas después de muchos ensayos elegían siempre la opción izquierda (pequeña recompensa inmediata) que la opción con una recompensa de mayor magnitud.

experimento eleccion palomas

En el experimento de Rachlin y Green, las palomas tienden a elegir la recompensa pequeña inmediata. No obstante, los investigadores descubrieron que algunos factores pueden hacer a las palomas cambiar de opinión.

Para comprobar cómo podían influir en esta decisión, los investigadores decidieron añadir un segundo experimento que consistió en añadir una tarea adicional. En ella, las palomas tenían que pulsar en izquierda o derecha como antes y, tras ello, esperar cuatro segundos hasta que volviese a aparecer la pantalla de elección (izquierda: refuerzo automático, derecha: refuerzo tras demora). Es decir, ahora tenían que esperar en ambos casos un mínimo de cuatro segundos, y entonces se les daba la posibilidad de mantener su respuesta o cambiarla.

¿Y qué ocurrió ahora? Un gran número de palomas preferían seguir esperando para recibir la recompensa grande después de esperar en la primera ronda, y picaban en la opción derecha. De este modo, Rachlin y Green descubrieron que las preferencias de las palomas (y posiblemente el resto de animales) cambian si se les va a hacer esperar igualmente. En este caso, escogen esperar un poco más en favor de la recompensa de mayor magnitud.

El que espera, desespera

La investigación animal es tremendamente valiosa en Psicología. Gracias a ella podemos comprender los principios básicos que explican cómo los humanos y otros animales adquirimos nuevos comportamientos. Resulta curioso, sin embargo, que ciertos aspectos que a menudo suponen un incordio a la hora de experimentar con personas, otras veces nos resultan de gran interés. Es el caso de nuestras creencias sobre cómo funcionan las cosas. Y a la hora de comprometernos con propósitos de año nuevo y demás metas a largo plazo, el tiempo que estimamos que tendremos que esperar hasta conseguir la recompensa puede jugar un papel nada desdeñable.

Antes comentábamos que existe un gran componente de incertidumbre en este tipo de situaciones en las que tenemos que elegir entre una recompensa a corto plazo y otra a largo plazo. La primera la puedo tener ya, en cuanto quiera. Pero, ¿cuánto habré de esperar para tener un cuerpo 10? ¿Cuánto tardaré en dominar el inglés como para ligar en las fiestas Erasmus?

Existen estudios que muestran que esta incertidumbre no es algo prefijado. Es decir, distintas personas pueden percibir de forma muy distinta cuánto van a tardar en alcanzar sus metas a largo plazo. O por lo menos, eso es lo que piensan los investigadores de la Universidad de Pensilvania Joe Kable y Joe McGuire. En concreto, estos científicos señalan que muchas situaciones de nuestro día a día en las que tenemos que esperar por algo se pueden clasificar en dos grupos: distribución del tiempo de gaussiana o de tipo ‘heavy-tailed’:

tipos de distribuciones

En la distribución gaussiana (izquierda) el valor medio coincide con el más frecuente. Sin embargo, en una distribución heavy-tail (derecha) esto no pasa.

Distribución gaussiana: Imagina que te da por medir la altura de miles de españolas. Lo más probable es que encuentres que hay muchísimas mujeres que miden en torno a los 163 cm, y a medida que te vas a alejando por arriba y por abajo, verás que hay menos mujeres que miden 173 o 153 cm, aún menos que miden 183 o 144 cm, etc. Es decir, hay un valor medio en torno al cual se agrupan la mayoría de valores (la altura de las mujeres en este caso), y a medida que nos alejamos de este centro de la distribución, es menos probable encontrar valores extremos. Pues esto es una distribución gaussiana.

Distribución heavy-tailed: en este tipo de distribución, los valores no están repartidos de forma simétrica en torno al centro, sino que pesa más uno de los lados. Un ejemplo práctico es la distribución salarial. Si representamos en un gráfico el salario de todos los españoles, obtenemos una distribución en la que el salario medio no representa lo más frecuente como en el caso de la altura de las mujeres. El salario más frecuente es más bajo. De esta forma, como podemos ver en el gráfico, mucha gente cobra alrededor de los 16.000€ brutos anuales, y entre los 0€ y los 40.000€ se agrupan la mayoría de ciudadanos. Sin embargo, sigue habiendo gente (cada vez menos) que cobra más de 60.000€ al año. Por eso decimos que la distribución no es simétrica o gaussiana, sino que está desviada fuertemente hacia una de las dos colas. Esto es lo que significa una distribución heavy-tailed.

Pues bien, como decíamos existen situaciones en la vida en la que tenemos que esperar, y no todas ellas las percibimos igual. Piensa, por ejemplo, que vas al cine y eliges una película al azar. Cuando llevas un rato, te das cuenta de que la película es un truño, y te preguntas cuánto le faltará. ¡Vaya! Como no sabías qué película verías, no has mirado cuánto dura. A pesar de esto, puedes pensar que es esperable que dure unas dos horas y media (media hora arriba, media hora abajo). Esta situación respondería a una distribución gaussiana del tiempo que necesitas esperar.

Piensa ahora en otro ejemplo. Estás trabajando y le mandas un email urgente a alguien. En muchos ámbitos laborales, es habitual esperar que la persona te responda en menos de media hora, y si al cabo de un par de horas no ha contestado… mejor vete olvidando de que lo vaya a hacer. Esta situación respondería a una distribución heavy-tailed del tiempo de espera: a más esperas, menos probable es que llegue el resultado esperado.

esperar

El paso del tiempo no es constante para nosotros. La forma en la que lo percibimos depende de muchos factores, como la experiencia previa que tenemos en situaciones parecidas. Fuente: Flickr (Xava du).

Pues bien, lo que Kable y McGuire descubrieron es que las personas podemos aprender a detectar si la situación en la que estamos sigue una distribución gaussiana o heavy-tailed si practicamos lo suficiente. Es decir, se nos da relativamente bien adaptarnos a las condiciones para sacar el máximo provecho de nuestro tiempo de espera.

Sin embargo, no contentos con eso, estos investigadores decidieron fastidiar a los participantes de sus estudios un poco y diseñaron otro experimento en el que las condiciones cambiaban. El resultado de estos experimentos muestra que cuando las personas creemos de forma errónea que el tiempo de espera sigue una distribución determinada y, en realidad, sigue otra, nos volvemos tremendamente improductivos. En este escenario es probable que abandonemos la espera antes de tiempo, y aunque hayamos invertido un tiempo ya en esperar por nuestra recompensa a largo plazo, al final desistamos.

Quizá te preguntes cómo puede ayudarte esto a perseverar con los propósitos de año nuevo que te habías planteado. Bueno, en primer lugar, a estas alturas habrás aprendido que no debes fiarte de unos tal Joe Kable y Joe McGuire de Pensilvania si te llaman para participar en un estudio. Por otro lado, estos estudios muestran que es importante saber hasta qué punto es razonable esperar. Puede que creamos que al hacer dieta estamos en una situación con una distribución heavy-tailed y, por tanto, que tras perseverar unas semanas o unos meses el coste de la espera es demasiado alto y no nos merece la pena, pues la recompensa podría no llegar. Sin embargo, si creemos que nuestra dieta sigue una distribución gaussiana, cada minuto y cada día que pasa nos estaría acercando más a la meta. Simplemente tenemos que ser razonables a la hora de estimar cuánto tendremos que esperar de media. Si llegados a ese punto no hemos alcanzado nuestra meta, no pasa nada: sigue intentándolo, pues ya sabías que es probable que recompensa tarde un poco más en llegar. Pero llegará.

Sobre Daniel Alcalá López

Psicólogo, Máster Oficial en Fisiología y Neurociencia y estudiante de doctorado por la Universidad Técnica de Aquisgrán (RWTH Aachen, Alemania). Anteriormente en París (Francia), colaborando con el grupo PARIETAL en el NeuroSpin, un centro de investigación en neuroimagen centrado en el modelado de la estructura, función y conectividad cerebral. Su investigación se centra en el uso de herramientas de aprendizaje automático (machine learning) para explorar la conectividad cerebral asociada al procesamiento de la información social y afectiva.

2 Interacciones

  1. Isabel dice:

    Muy interesante

  1. 28/02/2017

    […] Por qué no llegas a cumplir tus propósitos de Año Nuevo – Psicomemorias […]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Quizás también te guste...